Creado el: Lun, 25/05/2015 - 00:00 por Palabra Maestra

Aquella mujer. Mi rectora, mi profesora

Aquella mujer que con dedicación y paciencia atendió sus necesidades, la que vestida de oscuro supo descubrir y elevar los ecncantos intelectuales de María Isabel Rueda

Cuando Compartir me pidió que escribiera una breve reseña de mi profesor favorito, se me pasó una larga lista de candidatos por la cabeza. De la etapa de la niñez en el colegio recuerdo pocos nombres y muchas caras. Por ejemplo, me acordé de mis profesoras del Colegio de las Hermanas Benedictinas: sister Anella, sister Carol y sister Florence. Dos de ellas santas y la tercera un demonio que aún hoy maltrata mis memorias infantiles. De la universidad, los recuerdos son más claros. Pero sería injusto mencionar a unos pocos por miedo a que se me quede por fuera alguno de esos profesores que me ayudaron a alcanzar mi meta de convertirme en doctora en jurisprudencia, nombre rimbombante con el cual nos graduamos los abogados en la Universidad del Rosario.

Estuve tentada a mencionar el nombre de alguno de mis profesores de periodismo, ya no desde la cátedra sino en la escuela de la vida, pero eso sí que me resultó imposible.  ¿En este oficio, ¿soy producto de los principios y el olfato periodístico que me inculcó Álvaro Gómez Hurtado? ¿Del instinto y agudeza reporteril de Yamid Amat? ¿O de esa deliciosa mezcla de periodismo moderno, analítico, travieso y universal que practiqué trabajando veintitrés años al lado de Felipe López Caballero? ¿O de todos en mayor o menor medida?

Entonces acudió a mi memoria otro nombre y que durante el bachillerato,  con su batuta, forjó la difícil etapa de mi adolescencia. Me acogió como rectora que era en el Colegio Británico, cuando al haber perdido el año en las Benedictinas, mitad por vagancia y mitad por indisciplina, mis padres se vieron obligados a salir volando a buscar otro colegio para la oveja negra.

Esa mujer, mi rectora, mi profesora, me abrió la puerta de inolvidables experiencias literarias, me obligó a aprenderme de memoria los únicos poemas que aún hoy recito, atendió con paciencia nuestros dolores menstruales, nos enseñó a barrer (el colegio, claro, pero sostenía que no sabíamos barrer). Nos dejaba hacer trampitas con el cigarrillo pero únicamente los viernes, y siempre y cuando fuéramos las de quinto o las de sexto.  Recuerdo sus anteojos colgados de una cadenita, siempre vestida con un sencillo traje oscuro, recorriendo el colegio para que no hubiera alguna alumna escapada de clase o un papel fuera de la caneca. Sabía regañar con cariño y comprensión, y sólo así logré superar los inamovibles de mis posibilidades de aprendizaje, como las matemáticas, la física y la química, pero en cambio me patrocinó mi gustazo por la historia y la filosofía.

La duda que me asalta es si ella hoy tendrá el mismo recuerdo cariñoso de mí. Incluso dudo de si, después de como salieron las cosas, cuando se atravesaron nuestros respectivos caminos, ella en el de papel de madre y yo en el de periodista, le interese recordarme.

¿Qué tal que se arrepienta de no haberme rajado? ¿Qué tal que hoy lamente haberme ayudado a terminar siendo quien soy? No me importa. Me voy a arriesgar a dar su nombre: Helena Pizano de Samper, madre de Ernesto y de Daniel Samper Pizano, y abuela de Daniel Samper Ospina.

La escojo como la maestra de mi vida.       

María Isabel Rueda

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