Creado el: Mié, 27/05/2015 - 12:00 por Palabra Maestra

La tolerancia como método

En un ambiente cálido y familiar David Luna Sánchez aprendió, de la mano de su maestro, a ser metódico con el estudio, a ver en la lectura un elemento indispensable de la formación y sobre todo a ser un caballero a carta cabal.

Imagino que la Fundación Compartir tomó la maravillosa decisión de crear el Premio al Maestro con el ánimo de rendirles un homenaje a las personas que han dedicado toda su vida a que las vidas de los demás, sus alumnos, puedan ser armoniosas, exitosas y, sobre todo, felices. Por esa razón, en mi condición de alumno y exalumno de Alfonso Casas Morales, me siento profundamente agradecido con la oportunidad que me ofrecen de recordar a quien considero, junto con mis padres, mi formador.

Contrario a lo que algunos puedan pensar, yo me levantaba absolutamente feliz para ir al colegio. Y lo hacía porque sentía que allá, en el Gimnasio Campestre, siempre me estaba esperando una familia, cuyo padre se esmeraba por llenarnos de argumentos para amar sobre cualquier cosa a nuestro país. El doctor Alfonso, como respetuosamente le decíamos, nos recibía todas las mañanas en el patio principal, ordenaba formarnos por cursos en estricto orden y agradecía a Dios con un padrenuestro y una avemaría el comienzo de un nuevo día. Terminadas las oraciones, nunca dejó de hacer una reflexión sobre nuestra misión con la sociedad, pero sobre todo con los más necesitados.

Nos informaba sobre sus posiciones a propósito de los hechos noticiosos del momento y hacía los llamados necesarios para el buen funcionamiento de la familia gimnasiana. Todo lo anterior me emocionaba, pero lo que me descrestaba era que en ese espacio siempre permitió el disenso, el debate y la controversia, eso sí, exigiendo tolerancia y respeto por el pensamiento o la postura del otro.

Alfonso Casas Morales me enseñó a ser metódico con el estudio, a ver en la lectura un elemento esencial de la formación y a compartir las largas jornadas de clases con actividades deportivas, lúdicas y periodísticas. Pero sobre todo nos enseñó a ser caballeros a carta cabal, principio que aplico día tras día.

El rector del Gimnasio Campestre dedicó cuarenta años de su vida a la difícil tarea “de educar juventudes”, siempre caracterizándose por “su honestidad a toda prueba, profundas convicciones religiosas y morales, gran sensibilidad social, amor por su familia, por su colegio, por sus alumnos, exalumnos, padres de familia y todos sus congéneres”, según lo destaca en su editorial de noviembre de 1987, el periódico El Tiempo.

Por lo anterior, por lo que nos dejó y por lo que aprendimos,  ¡gracias, maestro!

David Luna Sánchez

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