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El culto a la calificación

Si continuamos enseñando y evaluando con una vieja tradición, fallamos al preparar a los jóvenes para el mañana. 

Septiembre 26, 2018

La calificación es un remanente de la era industrial. Una calificación en un ensayo tiene esencialmente la misma función que un sello de aprobación en productos de fábrica. Dice ‘‘este producto cumple con los requisitos’’. Las calificaciones aparecieron por primera vez, según Mary Lovett Smallwood, en 1813 en la Universidad de Yale como una medida del progreso estudiantil. La idea derivó de escritos anteriores en 1785.

Las calificaciones se usan hoy en día desde la escuela primaria hasta la educación superior. Obtenga calificaciones de manera constante superiores al 70% o más y recibirá un título de primera clase. 60%-69% y habrá obtenido un título de segunda clase y así sucesivamente en la escala. Las escuelas usan el sistema de letras, desde A (los mejores estudiantes) hasta F (fallar). Es fácil de administrar porque encaja perfectamente en el modo de evaluación al que se hace referencia en los criterios.

Parece extraño que la comunidad educativa esté dispuesta a adoptar nuevas tecnologías y desarrollar nuevas teorías y métodos de educación, pero no pueda dar con un modo de deshacerse de las calificaciones. La evaluación impulsa la pedagogía, por lo que si la evaluación no cambia, es difícil enseñar de nuevas maneras. La forma en que los maestros enseñan se define por la forma en que evalúan el aprendizaje. Si el resultado final de la evaluación es una calificación y los maestros son juzgados por la calificación promedio de sus clases, entonces no es sorprendente que solo vayan a enseñar para un examen.

Asignar un número o letra al trabajo de un estudiante puede ser contraproducente porque los estudiantes tienden a estar más interesados ​​en la calificación que en el aprendizaje. ‘‘¿Esta información estará en el examen?’’, se preguntarán. Si no es así, es posible que la ignoren. La calificación no dice nada sobre las otras habilidades que han adquirido y que no están representadas en el examen.

Todo lo que una nota nos dice es qué tan bien han aprendido a jugar el juego, es decir, qué tan buena es su memoria al recordar hechos cuando se les solicita. Como creía John Holt, la motivación externa, como la calificación, refuerza los temores de los niños de reprobar exámenes y recibir la desaprobación de los adultos. Los niños aprenden cómo evitar la vergüenza en lugar de aprender el contenido de las clases.

La atmósfera de miedo no solo restringe su amor por el aprendizaje y suprime su curiosidad natural, sino que también les genera miedo a tomar oportunidades y a correr riesgos, lo cual es un ingrediente necesario para el verdadero aprendizaje (Holt, 1982). Reducir el trabajo de un estudiante a un número o letra reduce sus esfuerzos a una estadística. Serán definidos por sus calificaciones. Es una mala pedagogía y necesita ser desafiada.

Sin embargo, la mayoría de la educación formal todavía está arraigada en el pasado porque ‘‘esa es la forma en que siempre hemos hecho las cosas’’, o ‘‘si no está roto, no lo arregle’’. Es difícil, cuando los líderes se resisten, que las instituciones salgan del viejo pensamiento tradicional sobre pedagogía. Es aún más difícil cuando hay una presión constante desde arriba (el gobierno y los organismos de financiación) y desde el lado (los padres y otras partes interesadas) para mantener la fe en el ‘‘culto a la calificación’’.

En la escuela, abarrotamos la cabeza de hechos y evaluamos la capacidad de sus recuerdos. Otorgamos una calificación que muestra dónde han sido medidos en términos de los estándares ‘‘esperados’’. Entonces estarán listos para ocupar su lugar en un mundo estandarizado, donde todos son iguales y donde la uniformidad y la sincronización son normas. Se convierten en un número en la guía telefónica, en una tarjeta del seguro nacional, en una licencia de conducir, en un pasaporte. Reduce a los estudiantes a un conjunto de números y esto los prepara para un mundo en el que ese principio se perpetúa.

Pero el mundo ha cambiado y, en la mayoría de los casos, el lugar de trabajo ya no es estático, estandarizado y uniforme. Si continuamos enseñando y evaluando con una vieja tradición, fallamos al preparar a los jóvenes para el mañana. Una calificación no les servirá de mucho cuando soliciten un nuevo trabajo o presenten su idea de negocio frente a un panel de inversionistas, pero se verá bien en su informe escolar y los organismos de financiación estarán satisfechos. Una calificación no tendrá relevancia cuando comiencen a trabajar y tengan que negociar con sus colegas, resolver problemas que puedan cambiar sus vidas o pensar críticamente sobre las decisiones que deben tomar, pero mantendrá felices a sus padres.

¿Qué pasaría si las empresas cambiaran su enfoque de reclutamiento y en lugar de centrarse en las calificaciones que los estudiantes lograron en la escuela, se concentraran en cambio en las habilidades y aptitudes que trajeron al lugar de trabajo? La evaluación tendría que cambiar rápidamente para satisfacer estas nuevas necesidades de la industria. Finalmente, para aquellos que piden alternativas, aquí hay una gran pieza de Terry Heick sobre 12 alternativas a la calificación en las escuelas. ¿Qué haría para sacar el culto a la calificación fuera de su escuela?

 


Referencia

  • Holt, J. (1982). Cómo fracasan los niños. Nueva York: Perseus Books.
  • El culto a la calificación por Steve Wheeler fue escrito en Plymouth, Inglaterra y está licenciado bajo la licencia Reconocimiento-NoComercial-CompartirIgual 3.0 Unported de Creative Commons.

 

Fuente: Steve Wheeler.

Traducción: Andrea Lugo

Escrito por
Consultor de innovaciones en el aprendizaje y ex Profesor asociado de Tecnologías de aprendizaje en el Instituto de educación de Plymouth.
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Fabián Moisés Padilla De la Cerda
Gran Maestro Premio Compartir 2016
Logré que el aprendizaje del inglés se convirtiera en una alternativa para la construcción de un proyecto de vida y el mejor aprovechamiento del tiempo libre