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El pionero de la práctica reflexiva

Los procesos de reflexión son trascendentales tanto en la enseñanza como en el aprendizaje, pero se requieren docentes que se mantengan atentos a lo que sucede dentro y fuera del aula.

Febrero 9, 2019

Si bien, John Dewey no propuso el término de Práctica Reflexiva, si le dio una gran relevancia a la reflexión en la práctica educativa.  A través de sus obras Democracia y Educación (1916) y Cómo pensamos (1933), este autor resalta la importancia de la reflexión tanto en la enseñanza como en el aprendizaje y nos demuestra cómo, a pesar del tiempo, su pensamiento sigue vigente en esta época.

John Dewey fue un filósofo norteamericano que nació en la segunda mitad del siglo XIX  (1859) y murió iniciando la segunda mitad del siglo XX (1952). Dewey vivió en una época de grandes  cambios históricos y contrastes culturales y sociales, que influyeron en su forma de pensar y actuar. Podemos situarlo en diversos movimientos como el instrumentalismo, pragmatismo, naturalismo y funcionalismo; sin embargo, siempre mantuvo su propia  perspectiva que en ocasiones concordaba y en otras le llevaba  a refutar los pensamientos de otros filósofos en esos mencionados movimientos.

Dewey hace diversas sugerencias que  pueden ser aplicables a los procesos de enseñanza-aprendizaje en cualquier nivel educativo, dando la pauta para seguir el proceso reflexivo a través de los siguientes elementos: indagación, observación e investigación. Sugiere que los docentes que conozcan a sus alumnos y alumnas, sus intereses, sus necesidades y el medio en que se desenvuelven, de manera que puedan encontrar elementos de interés que resulten atractivos y motivadores y que sean el punto de partida para que los propios estudiantes busquen información, se cuestionen y descubran elementos de aprendizaje de la asignatura y materias que estudian y puedan relacionarlas con otras y con su vida diaria. Revisemos la práctica educativa actual y seguramente esa recomendación sigue siendo válida para mejorar la profesión docente.

Al mismo tiempo, sugiere que los docentes, deben cuestionar sus conocimientos y concepciones, sus hábitos y las tendencias que siguen, estar abiertos a nueva información, sin aceptarla acríticamente, cuestionándose, investigando y reflexionando continuamente. Dewey recomienda que  los docentes se conozcan y reconozcan a sí mismos, a sus alumnos y comunidad escolar, al medio en el que se desenvuelven y al medio y cultura que quieren acercar al alumno. Al mismo tiempo, indica que, se espera que los profesores sean capaces de crear  ambientes de aprendizaje que propicien el interés por aprender los temas de estudio e ir más allá de lo propuesto o impuesto por un programa escolar. Volvamos la mirada de nuevo a nuestras aulas actuales y seguramente afirmaremos que sugerencia de Dewey no caducó.

Los errores que observa Dewey en la enseñanza de su tiempo, también se mantienen en la enseñanza de nuestros días, entre ellos, menciona que se tiende a generalizar (en lugar de cuestionarse y buscar  semejanzas y diferencias con la realidad del medio en que se vive), fragmentar conocimientos (en vez de enfocarse en procesos de aprendizaje integral), comenzar las clases dando definiciones y contenidos que los alumnos pudieran descubrir o interpretar por ellos mismos y que al dárselos ya no tendrán mayor interés por aprenderlos, o por el contrario, dejando todo el trabajo en manos de alumnos que no tiene conocimientos previos que los acerquen al tema de aprendizaje y que finalmente se sentirá desmotivado e incapaces de aprender.

Dewey previene el hecho de que a más civilizada sea una cultura, mayor será el aprendizaje mediante símbolos, material técnico o muy elaborado, de manera que no es asimilado en la vida diaria y se ignora su necesidad social, lo que ocasiona un aprendizaje artificial, que puede no resultar atractivo para el alumno. Si bien, el aprendizaje de una asignatura, puede abarcar situaciones desde las más simples, hasta las más complejas, no siempre puede observarse directamente ni parece necesario para sobrevivir en el lugar en que nos encontremos.  Esta situación puede ocasionar que muchos de los aprendizajes en las escuelas, se consideren artificiales, al no utilizarse directamente al salir del aula. Sin embargo, estos aprendizajes son útiles y tiene varias aplicaciones reales en diversos ámbitos, por lo que su estudio y aprendizaje facilita su comprensión y uso en un ambiente cada día más exigente y globalizado.

Dewey señala como elemento clave en los procesos de enseñanza-aprendizaje, la motivación de los alumnos que permita la comprensión y la libertad de pensamiento encauzada al descubrimiento y la creatividad, evitando los procesos mecánicos y rutinarios. Así mismo, está a favor de  la asignación de proyectos que sean parte juego y parte trabajo, a fin de mantener el interés dentro del proceso sin perder la finalidad del resultado buscado.

Desde la visión de John Dewey, la comunicación es el medio por el que aprendemos y el lenguaje es su instrumento principal para expresarnos. Al mismo tiempo, alienta una mayor conexión con la realidad y con actividades de tipo cooperativo, que permitan a los estudiantes aprender de forma activa y constructiva.

En conclusión, a partir del pensamiento de John Dewey se puede interpretar que los procesos de reflexión son trascendentales tanto en la enseñanza como en el aprendizaje. Se requieren docentes que se mantengan atentos a lo que sucede dentro y fuera del aula, que se conozcan a ellos mismos y a sus alumnos, sus necesidades e intereses, que sean capaces de asignar actividades que logren despertar el interés de los estudiantes y que les permitan ir construyendo sus propios conocimientos y criterios. Docentes que sean capaces de complementar los conocimientos teóricos con los prácticos y con su experiencia; y que además se mantengan alertas de su propia práctica, contexto y sucesos de su entorno, de manera que puedan tomar el rol de líderes dentro del aula, no así de trasmisores de información.

La educación que Dewey propone no solo es una versión progresista y pragmatista de su tiempo, también puede ser considerada una versión integralista, cognitivista y constructivista, por la manera en que entiende la formación del conocimiento, dentro de un contexto donde se relacionan diversos contenidos y materias en lugar de fragmentarlos y donde centra la enseñanza en el aprendizaje, siendo los estudiantes los actores principales, donde involucra la voluntad de los alumnos y parte de sus experiencias y conocimientos previos con el propósito de que investiguen y descubran nuevos conocimientos que logren internalizar y que sean significativos para ellos.  Además reconoce la importancia de las acciones, los pensamientos y los sentimientos en los procesos de aprendizaje y la influencia del medio social en las disposiciones mentales y emocionales, lo cual es relevante para el aprendizaje de cualquier asignatura, puesto que se busca no sólo el conocimiento sino también la libertad intelectual.

Por todo lo comentado, parece justificado concluir que Dewey sigue siendo actual y su pensamiento pedagógico sigue desafiando la práctica educativa del siglo XXI. Dewey es, si así pudiera decirse, un contemporáneo nuestro….

 

Referencias

  • Dewey, J., 1993. Como pensamos: Nueva exposición de la relación entre pensamiento y proceso educativo. Barcelona: Paidós.
  • Dewey, J., 1995. Democracia y educacion: Una introducción a la filosofía de la educación. 2a ed. Madrid: Ediciones Morata.
  • Westbrook, R., 1993. Espectativas: revista trimestral de educación comparada. Vol. XXIII,no. 1-2.París, UNESCO: Oficina Internacional de Educación. Págs. 289-305.
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Luis Miguel Bermúdez
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