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Habilidades para el siglo XXI. ¡Enseñar a pensar sí es posible!

Las particularidades propias de este siglo han exigido renovaciones a los procesos educativos y han visibilizado la importancia de ciertas habilidades. ¿Cuáles y para qué?

Enero 17, 2020

Mucho hemos escuchado sobre las necesidades que el mundo actual impone al individuo en formación. En los diversos retos que se presentan, sobresalen las habilidades comunicativas, colaborativas, de solución de problemas y de innovación (Ritchhart, 2015), denominadas por algunos las habilidades para el siglo XXI (Trilling & Fadel, 2009). Estas constituyen –según los expertos–  la base para el éxito del individuo en las próximas décadas (Scott, 2015); aún más en contextos como el colombiano, sociedad con graves problemas de desigualdad y violencia.

Diversos estudios propios y de varios investigadores, nacionales e internacionales, plantean que los estudiantes egresados de nuestras instituciones de educación media no están preparados para tales retos, al menos en el contexto latinoamericano, y en particular el colombiano. Se plantea la hipótesis sobre el origen del bajo desempeño estudiantil en este tipo de tareas, sustentándola a partir de la pobre formación recibida en las etapas formativas básicas de los estudiantes. Pobre mediación, particularmente tendiente al desarrollo de las habilidades de pensamiento en el estudiante, implicadas en la solución de problemas y demás habilidades propias del siglo XXI. Al trascender la determinación del origen, se vislumbra una urgencia por emprender acciones en la búsqueda de la solución a la problemática.

Se debe resaltar aquí, que para que dichas habilidades estén presentes y se hagan explícitas en el individuo al enfrentar una situación, los procesos de mediación a los que han sido sometidos deben haber provocado su emergencia en el individuo, como cualquier habilidad física lo hace a través del ejercicio constante y en la forma adecuada (Feuerstein et al, 2013). Se considera también alarmante que las escuelas no consideren este aspecto de la calidad de la educación impartida y concentren sus esfuerzos en resultados de pruebas internas de los países, que tienen como objetivo clasificar a los estudiantes dentro del sistema educativo solo con fines económicos para las instituciones o de estatus social.

El primer elemento a desarrollar lo constituyen los contenidos en la educación. En este sentido se deja claro desde diversos discursos relevantes que continúan siendo importantes en cualquier contexto educativo; sin embargo, deben constituirse y reconocerse como herramientas o medios para llegar a lo fundamental: las habilidades necesarias para la construcción real de un profesional del siglo XXI y un ciudadano y elemento de un grupo familiar o social más delimitado. Estas habilidades deben ayudar al hombre o mujer en construcción a desenvolverse satisfactoriamente en la vida profesional del siglo XXI, pero debe construir también una persona feliz que ha adquirido tal confianza en lo que sabe, que es capaz de crear cosas nuevas, manipular, recrear, evolucionar y analizar cada información y artefacto que llegue a sus dominios. ¿Qué mejor satisfacción que aquella cuando se logra acceder a la comprensión de un tema considerado muy complejo? ¿Lo recuerda usted?

En segundo término, se debe construir un profesional reflexivo sobre su persona, su familia, su sociedad y su papel activo en cada instante de su vida. Esto no solo como aportante económico a un núcleo familiar o a una sociedad consumista, que le deja poco espacio para realizarse como persona, sino como individuo emocional que posee necesidades (no solo físicas) que su plan de vida debe considerar; también desde la elaboración de reflexiones, análisis, reconocimiento del otro, respeto por su entorno, entre otros elementos.

El camino –entonces–  se propone que sea el de enseñar a optimizar las habilidades de pensamiento propias del ser humano, del mismo modo que optimizamos nuestro valioso cuerpo físico a través del ejercicio. Es un error considerar que las habilidades de pensamiento se desarrollan de manera automática con el paso de los años de vida. Estas deben desarrollarse igual que nuestro desarrollo físico. La no atención a nuestra evolución de tales habilidades conlleva también la imposibilidad de hacer “ejercicios” mentales sofisticados, tal como si un ciudadano del común no lograra jamás correr los cien metros en menos de diez segundos.

El segundo elemento en este desarrollo es la propuesta de solución que surge de más de diez años de trabajo investigativo en campo y de indagación teórica en el contexto internacional. Esta evidencian la incidencia positiva en el rendimiento y en la motivación de los estudiantes de metodologías concretas y coherentes como las “Rutinas de Pensamiento”, “Culturas de Pensamiento”, “Hacer el Pensamiento Visible” (MTV) o “Hacer el Aprendizaje Visible” (MLV), entre otras. Todas ellas con elementos muy elaborados y de puesta en escena práctica al alcance de cualquier educador interesado en la optimización de su labor profesional y de las instituciones que deben asumir la vocería para su implementación.

Se ha evidenciado en este trabajo el hecho de la real posibilidad de hacer visible lo que el estudiante piensa, si hacemos visible lo que el estudiante aprende. Si convertimos en rutina el acto de pensar en nuestros espacios académicos, conllevando la formación de una comunidad de aprendizaje donde prime la cultura del pensamiento, podremos verdaderamente involucrar a nuestros estudiantes en la construcción de su propio conocimiento, convirtiéndolos en seres autónomos y críticos.

 


Imagen Tanaphong Toochinda on Unsplash

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Escrito por
Doctor en Educación de la Universidad de Granada, España. Maestro de la Escuela Tecnológica Instituto Técnico Central de Bogotá, Colombia.
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Martial Heriberto Rosado Acosta
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Sembré una semilla en la tierra de cada estudiante para que florecieran los frutos del trabajo campesino en el campo que los vio nacer