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La docencia actual y los derechos de los niños

Nos olvidamos que el “no”, lleva a “nada” y que, siendo más dignos, gentiles y humanos, nos convierte en mejores personas para educar a otras personas en su integridad, razón y voluntad.

Mayo 23, 2022

Hace algunos años se viralizaron en el ramo educativo las controversias del escritor y magistrado español Emilio Calatayud, ya que, en su papel de juez de menores, solía dictar sentencias fundamentadas en la educación y el trabajo social en lugar de la privación de la libertad, tales como dar clases de computación por haber hackeado empresas, trabajar con bomberos por provocar incendios, visitar parapléjicos por haber conducido en estado de ebriedad, etc.

Contrario a ese tenor, los padres de familia y docentes, entre otros agentes a cargo de los niños y jóvenes, estamos muy acostumbrados a castigar de inmediato a nuestros hijos o alumnos, a aplicar el reglamento en la escuela o ir a las reprimendas comunes en casa: no televisión, no celular, no amigos, no salir, no, no y no. Nos olvidamos que el “no”, lleva a “nada” y que, siendo más dignos, gentiles y humanos, nos convierte en mejores personas para educar a otras personas en su integridad, razón y voluntad.

De ahí que los Derechos Humanos sean “un conjunto de prerrogativas sustentadas en la dignidad humana, cuya realización efectiva resulta indispensable para el desarrollo integral de la persona”, de acuerdo con la Comisión Nacional de los Derechos Humanos, que para la etapa infantil y juvenil le resulta de especial relevancia, ya que “durante la misma se define el desarrollo físico, emocional, intelectual y moral”. 

En consecuencia, se crea el famoso tratado que conocemos como la “Convención sobre los Derechos del Niño” que reconoce a las niñas y niños como agentes sociales y titulares activos de sus propios derechos, y define además las obligaciones de agentes como padres de familia, profesionales de la salud, de la investigación y, por supuesto, de los docentes, sobre la misma base de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

Todo un paquete de protección al menor que los docentes más pesimistas catalogarían de “complot” al verse rebasados por el miedo o temor a una denuncia, querella o demanda ante la acumulación de derechos de los menores. Docentes que se vuelven daltónicos y ya no ven sino las cosas que les amenazan. Docentes que han optado por instalarse en sus ideas y en su modo de ejercer. Docentes ejemplares de ayer, que hoy viven y profesan con timidez o cobardía, dada la fuerza apócrifa que muchos han dado a esos derechos. 

Sin embargo, estos tributos son para protegerles, no para extralimitar a nadie. Porque si se actúa como se debe: sabiendo mandar, sabiendo exigir, sabiendo apretar, pero con la justa medida concedida, con la autoridad conferida y con la convicción convenida, es porque evidentemente se está “educando”. No hay que olvidarnos de salir de nosotros mismos para que otros conduzcan por sí solos (yendo a la raíz de “educar”: ex-ducere). No hay que olvidarnos de ejercer y hacer cumplir las obligaciones, independientemente de los derechos. No hay que olvidar “darnos”, para recibir.

Es verdad que los usos y costumbres del proceso enseñanza-aprendizaje que ayer eran normales se van convirtiendo en desuso, que las ideas con que nos sosteníamos son socavadas desde todos los frentes y que la inseguridad se nos ha vuelto ley de vida. Pero esto no significa que, por recelo, dejemos en la esquina del salón el cartel de las “obligaciones”. Hay derechos y hay que respetarlos, pero igualmente hay deberes y hay que hacer que se lleven a cabo. La clave es el equilibrio entre ambos. 

Si se tiene presente el marco legal, no solo en el librero o cajón, sino en la mente y en el corazón (la Constitución, la Ley General de Educación, los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, etc.), entonces no hay nada que temer. Decía Aristóteles que “educar la mente sin educar el corazón no es educar en absoluto” pero “si se tiene miedo, todo son ruidos”, diría Sófocles. Y sin tanto filosofar: “el que nada debe, nada teme”: es cuestión de actuar y ejercer en conciencia.

Docentes, padres de familia, tutores, personal de asistencia, nanas, pediatras, en fin, todos los adultos que trabajamos, vivimos, convivimos o tenemos a cargo los niños, niñas y/o adolescentes, estamos invitados a darle prioridad a la protección y desarrollo del niño “de quien dependen la supervivencia, la estabilidad y el progreso de todas las naciones y, de hecho, de la civilización humana”, según la Cumbre Mundial de la Infancia. José Martí, en pocas palabras resume: “los niños son la esperanza del mundo”.

Referencias

  • CNDH (2010), Un viaje rumbo a la cultura de respeto a los derechos de las y los jóvenes. México.

  • DOF (2019). Ley General de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes, Artículos 46 a 59, 73, 103, 105, 116, 148 y 149.

  • UNICEF (2006). “Convención sobre los Derechos del Niño”, Unidos por la Infancia, 1946-2006.

 


imagen freepik.es

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Escrito por
Humanista, Filósofo y Educador. Máster en Marketing y apasionado promotor de valores entre los niños y jóvenes del Andes International School de San Luis Potosí, México
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Rubén Darío Cárdenas
Gran Rector Premio Compartir 2016
Concibo al maestro como la encarnación del modelo de ser humano de una sociedad mejor. Él encarna todos los valores que quisiera ver reflejados en una mejor sociedad.