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¿Por qué pedagogía?

Los maestros, bien sea disciplinares o interdisciplinares siempre hablamos con un propósito y un lugar, y ése, nuestro lugar de enunciación, nos define la condición pedagógica.

Julio 13, 2018

¿Qué sucede en las aulas entre los niños, niñas y los maestros/as cuando alrededor de su institución suceden hechos asociados al horror de la guerra?, ¿Qué sucede con el pasado de los niños, niñas, las familias y de los maestros/as cuando éste se convierte en algo vivo, contrario a lo estático y repetitivo que invade a  los saberes que circulan en las aulas?, ¿Qué ocurre con las matemáticas, la historia, la filosofía, la literatura, la enseñanza de la lengua y otros tantos saberes que se arriesgan a trascender el presente, y pueden convertirse en explicaciones críticas y alternativas a los sentimientos y a las actitudes sociales,  a pesar de la cultura desenfrenada del consumo e indiferencia que domina a los ciudadanos de nuestro país?

Y, ¿qué pasa con los grandes medios de comunicación ocupados de informar banalmente los hechos cotidianos impregnados de la ilegalidad, de la corrupción, del asesinato, del robo, de los delitos  electorales, o de las tragedias del desamor, cuando emergen nuevas ciudadanías que exigen formas más incluyentes y democráticas de representar a la realidad del país?, ¿Qué ha pasado con la memoria y las huellas de  las historias de vida de quienes han actuado en las comunidades educativas a favor de otros valores, de la paz y la democracia profunda en el país, y en muchas ocasiones han sido afectados por el conflicto?

Estamos en una era de construcción de memoria histórica para la reconciliación del país, y la escuela debe jugar un papel ético aquí. La escuela debe aportar críticas a las instituciones y a la cultura por la forma cómo  han subjetivado a las nuevas generaciones para hacerlas funcionales a la realidad de exclusión y conflicto que nos ha dominado por tantas décadas.

En el escenario de la escuela es donde se expresan las profundas desigualdades, incertidumbres, asombros y expectativas de la sociedad colombiana, cambiante, incierta y compleja que a través de sus representaciones, imaginarios, metáforas y símbolos. Hoy estamos en un tiempo de cambio que intenta reconfigurar los sentidos de la pedagogía y la didáctica de lo que se enseña, y de las mismas relaciones que suceden en la cotidianidad del sistema educativo.

El presente de nuestra sociedad refleja los aprendizajes del sujeto a lo largo de nuestra historia personal y social, desde los aprendizajes en el almuerzo del domingo con la familia y en las experiencias formativas tenidas desde el preescolar hasta los estudios posgraduales si se quiere.

Todos esos aprendizajes tienen como referentes expresos a la escuela y al otro gran formador de la ciudadanía, que es la sociedad misma, comenzando por la familia y la comunidad. Como diría Ricoeur, es allí donde debe interpretarse lo humano y sus crisis, ver sinceramente las realidades de la escuela y de la familia es un problema de vernos a nosotros mismos; lamentablemente en esas reflexiones sobre las instituciones que forman a los sujetos, se ha olvidado el quién, y se ha reemplazado por un qué y un por qué, pues ha interesado a las disciplinas sociales más aspectos objetivos y positivos de lo social que una hermenéutica de cómo nos hemos construido.

El descubrimiento de los subjetivo y de ser otra forma de ciudadanía solamente se reafirma en el descubrimiento de nosotros mismos, de nuestras sensibilidades y de nuestros sentidos.

Hacer memoria es reconocer lo que hemos sido, las relaciones de poder y los patrones culturales que posibilitaron el oprobio a los derechos humanos y a la dignidad de miles de miles de personas.

Reconocer esa memoria social e histórica es la base para empezar a construirnos desde otros referentes que no sean el egoísmo infinito del mercado, la violencia como forma de imposición social, los valores basados en el éxito o en la desconfianza, en la idea de un progreso económico que no respeta límites ambientales o de un orden social donde sólo caben unas verdades y se excluye la pluralidad de pensamientos, de formas de ser, de concebir o de estar en el mundo.

Esos referentes emergentes de nuevas ciudadanías para democracias plurales e incluyentes deben ser las bases también para la reflexividad pedagógica y didáctica que demanda una nueva escuela.

En estos contextos emergen las alternativas pedagógicas, la construcción de escenarios urgentes de dialogo que permitan no solo el tránsito hacia la creación de conocimiento, sino de ver las múltiples dimensiones humanas: ética, política, cognitiva, afectiva, trascendente, social y productiva.  

Los maestros, bien sea disciplinares, transdiscipliares o interdisciplinares siempre hablamos con un propósito y un lugar, y ése, nuestro lugar de enunciación, nos define la condición pedagógica al comprometernos con posturas en el horizonte de la transmisión, reconfiguración o transformación de los valores culturales propios de la sociedad.

Es decir, la razón fundamental de la escuela que convida a la transformación de los comportamientos ciudadanos, que se opone a los valores inmóviles y anacrónicos reproducidos por una pedagogía vertical y autoritaria, que ocupada más de la normalización y de la adaptación de las nuevas generaciones a las condiciones socio-económicas, no se ha planteado con seriedad la pregunta por las nuevas ciudadanías que se necesitan formar para la transformación cultural y social.  

En este sentido se requieren apuestas éticas y políticas por parte del profesorado, que posibiliten desarrollar mucho más que propuestas, sino concepciones pedagógicas en coherencia con una sociedad incluyente, pluralista y justa. Ello en contravía del proyecto homogenizante de aquellos que piensan al ciudadano marginal desprovisto de autenticidad y carente de lazos identitarios personales y colectivos con el territorio, la cultura y las nociones de país que se construyen.

De igual manera, es necesario el reconocimiento del conflicto en la escuela como base para la construcción de una sociedad incluyente de las diferencias (raza, etnia, genero, opción sexual, etc.), con capacidad de sostener el dialogo por encima de formas violentas, y con la conciencia de la riqueza que la diversidad implica.

Pero para hacer factible esa desconstrucción y reconstrucción de una nueva pedagogía para los cambios culturales y sociales que demanda el momento histórico del país, es necesario que la institución escolar no sólo evalúe críticamente su devenir hacia su propio centro, sino además mire a su entorno inmediato, para comprender que el derecho a la educación trasciende los problemas de uniformes, cupos, horarios, textos, etc., para situarse en un horizonte de construcción curricular que aporte al proyecto del buen vivir en Colombia, que no implica otra cosa diferente a la satisfacción plena de los derechos humanos integrales de los ciudadanos y ciudadanas.

Por último, no podría hacerse lo aquí propuesto de no cambiarse la cotidianidad de quienes vivimos en el mundo de la educación. En primer lugar, preguntar a las situaciones que se viven, leer las realidades próximas a los estudiantes, para identificar aspectos, características, si se quiere los datos del entorno que existe.

Luego procesar la información, jerarquizarla, priorizarla y relacionarla con el todo-las partes y viceversa. Todo ello para evaluar, ir y venir, retroalimentado todo el tiempo en la prospectiva de mejorar los procesos iniciados para volver a trazar en coherencia las actuaciones con las preguntas a la realidad que inicialmente se plantearon. 

Quizás así, la escuela -como espacio en el que cobran sentidos la interacción social-, pueda convertirse en la pedagogía como practica reflexiva-, y, la enseñanza como proceso pertinente de la práctica para proporcionar procesos de reconstrucción y transformación de la ciudadanía.

Si a lo anterior agregamos la posibilidad de acompañar procesos de construcción de identidad personal y social, construcción de espacios emocionales y físicos para las nuevas generaciones seguramente tendrán sentido construir desde la pedagogía la sociedad incluyente que clama el país.

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Gustavo González Palencia
Gran Maestro Premio Compartir 2008
ogré incentivar en niños y jóvenes el gusto por la música y la ejecución de instrumentos musicales.