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Relación filosofía y literatura: una interpretación a propósito de Blanchot

Pensar una escritura que se ausente de sí misma, implica pensar en la potencia de un concepto como el de presencia. 

Julio 17, 2018

La relación filosofía-literatura en la actualidad está sostenida el discurso, y en el vacío, en su fetiche. En la actualidad la articulación entre estos dos campos conceptuales es discursiva e instrumental.

Si bien, se puede pensar en una relación que establece articulaciones, que produce interpretaciones, comprensiones; su carácter instrumental radica en la pregunta por lo que significa, por la producción de horizontes de sentido si se quiere.

La línea en la que se mueve esta comprensión es unilateral, a saber: socaba en un desde- para. Por esta razón, su manera de establecer sentido, tiene que ver con lo que denomina Blanchot, el juego de la presencia, que en palabras de Nerval estaría identificado con: “¿Yo? Una imagen persigo nada más.” ( Nerval, 2016, p. 16)
Este concepto de presencia, que se sostiene teóricamente en la representación, dota a la relación filosofía – literatura de presencia en la escritura, es decir, le da a la escritura un carácter no solo formalista, sino que le da un carácter hermenéutico, es decir: todo lo que se escribe está dotado de presencia, de una presencia que proveniente de la filosofía cristaliza la escritura.

De ahí, que el problema de la presencia se pueda pensar en función de sus variables: el tiempo, la morada, la historia, y la la estética. “ El tiempo encarna una presencia, el poema es la casa de la presencia” plantea Octavio Paz en una serie de prólogos titulados Por Las sendas de la memoria.

La escritura de la presencia está justificada en la memoria, en el testimonio que se puede hacer del hombre y de la realidad, es el verbo que da un testimonio, el testimonio dramático de horas que pasan, de la imposibilidad, de los olores de la muerte, de los colores de la soledad, ese testimonio que no vuelve sobre las huellas para borrarlas (Blanchot, 1973,p.29), sino para marcarlas más, para acentuarlas más, deposita fracturas, limitaciones, infracciones en la escritura, en ultimas imposibilidades.

En este sentido, la escritura de la presencia se liga fácilmente al comienzo, es decir, en términos de escritura, es decir, la formalización de la presencia, su sistematicidad, y tal vez su acondicionamiento físico, corporal si se quiere está ligado al comienzo: “ Cuando comenzamos a escribir, o no comenzamos o no escribimos, escribir no va junto con el comienzo” (Blanchot, 1973, p. 30) Para Blanchot el comienzo, no es que sea sinónimo de una presencia, pero si la encarna. La escritura de la presencia está ligada al inicio y al final, de ahí, que su relación con la exterioridad siempre esté marcado por las huellas que deja en ella.

Por ello, Afirmar que una escritura de la presencia tiene relación con la imposibilidad es asumir una cierta exterioridad en la escritura, una exterioridad que dota a la escritura de comienzo. “ ¿Intentará Chen levantar el mosquitero? ¿Golpearía a través de él?” (Malraux, 1981,p. 9) la escritura dotada de comienzo sale fuera de sí misma; según Blanchot, es consciente de sí misma, pero su salida a la exterioridad no retorna a la escritura sino que se sitúa en la imposibilidad, en el fracaso, en la muerte de la escritura, en su insensatez.

Por eso para Blanchot quien representa la imposibilidad de la escritura es Mallarme cuando anuncia: “ Este juego insensato de escribir” ( Blanchort, 1973, p.25) juego insensato que no retorna a la escritura, sino al fracaso de la misma, es un acto con comienzo, una lucha ya no con la hoja en blanco, sino con la ausencia, con la imposibilidad de ausentarse de la presencia, por ello, su fin es trascendente, dado que hasta el desastre es un afirmación del absoluto. ( Blanchot, 1973, p. 33)

Por esta razón, se hace necesario pensar en una exterioridad en la escritura, se hace necesario un análisis de la escritura en términos de su afuera, es decir, una variación en la perspectiva que necesariamente se sostenga en una salida de la presencia, y en el efecto que ella produce en el campo de la educación.

El problema es que una relación filosofía- literatura en la que se yuxtaponga la filosofía, termina en una producción de escritura de la presencia que no es enseñable, que no tiene efectos afirmativos en el campo de la educación.

En este sentido, pensar una escritura que se ausente de sí misma, implica pensar en la potencia de un concepto como el de presencia, en la manera como se vuelve la herencia de la escritura, y le tributa a la exterioridad, pero de forma artificial, esto tiene lugar cuando la presencia duplica su herencia, y si bien se formaliza también en la exterioridad, lo hace sin producir entrecruzamientos o actos subversivos para con ella misma, no se ausenta de ella misma, vuelve a su matriz, signando imágenes, representaciones, repeticiones, de ahí que la vuelta a la unidad se haga imprescindible para conservar la herencia, pero sobre todo para conservar la imposibilidad de la escritura, que no es que se mida por la producción de escritura, dado que en la imposibilidad se producen relaciones para la unidad, para la obra o para el libro.

La pregunta que surge es: ¿Cómo escribir fuera de la escritura? La pregunta que hace Blanchot es: ¿Cómo pensar una escritura en una relación de no unidad? No se trata de un acto subversivo en el que se sitúe la escritura por fuera de la unidad, esto lo hace a la perfección Artaud, y el resultado siempre es una afirmación del absoluto, del la nada fundamental.

Estrangulamientos del espíritu, nervios rotos colgando de los postes, cuerpos desmembramientos en bolsas de basura, esta subversión de Artaud trata de poner la escritura por fuera de la escritura, y cuando ella se sale fuera de sí, cuando entra en relación con objetos, con temperamentos, con la locura si se quiere; emerge la imposibilidad, es decir una subversión que le canta a la nada primordial.

Escribir fuera de la escritura estaría en función de escribir fuera de la presencia, es decir, “ Para pensar una escritura sin la relación con la unidad es imprescindible atravesar el libro con la fuerza de la experiencia, para designar peligrosamente la obra cuyo centro seria la escritura” (Blanchot, 1973,p. 38).

La fuerza de la experiencia no es dialéctica, dado que no se trata de hacerle un contrapeso o efectuar una contraposición a la presencia, sino que se trata de establecer una alianza entre la experiencia y la escritura. Esta alianza, que de hecho está potencia da en el plano de inmanencia, estaría en función de hacer de la escritura la manera en la que se puede efectuar una ausencia de escritura de la presencia.

 


Referencias

Blanchot, Maurice. (1973). La ausencia del libro Nietzsche y la escritura fragmentaria. Buenos aires: Letra e.
Malraux, A (1981) La condición humana. Medellín: círculo de lectores
Nerval, G ( 2016) Silvie, recuerdos del volois. Bogotá: IDARTES.
Paz, O (2002) Por las sendas de la memoria. Barcelona: circulo de lectores.
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María Del Rosario Cubides Reyes
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