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“Se necesita apoyar para ver y entender cómo la verdad es un proceso”: Gabriel Vélez

El profesor de política y liderazgo educativo de Marquette University en Milwaukee habló con Compartir Palabra Maestra sobre la pedagogía y la verdad al final del conflicto en Colombia.

Agosto 29, 2019

Gabriel Vélez es PhD y Magister en Desarrollo Humano Comparado de la Universidad de Chicago e Historiador de la Universidad de Harvard. Sus estudios se centran en el desarrollo de la población adolescente, la psicología de la paz, la participación ciudadana, los escenarios de conflicto y postconflicto, los derechos humanos y la psicología política y social.

Actualmente, Vélez es profesor de política y liderazgo educativo de Marquette University en Milwaukee, Wisconsin, E.E.U.U. y asesor del equipo de investigación del Centro de la paz de la misma institución.

Vélez realizó su tesis doctoral en Colombia y habló con Palabra Maestra acerca del momento decisivo por el que atraviesa el país y su transición hacia la paz.

¿Por qué es importante la verdad al final de un conflicto?

Primero, creo que es importante definir la verdad en este contexto. A veces hablamos de la verdad como si fuera una sola narrativa, como la versión oficial o una historia objetiva. Sin embargo, la verdad abarca varias perspectivas—como el maestro Gabriel García Márquez nos mostró, la gente puede experimentar los mismos eventos de diferentes maneras. La verdad puede ser disputada y tiene mucha relación con la memoria y las interpretaciones que los individuos y los grupos tienen de eventos. Esto no quiere decir que la verdad es relativista ni fabricada, sino que está conectada con la esencia de la humanidad: somos diferentes, hacemos sentido de lo que experimentamos y dependemos de la memoria para construir las narrativas de nuestras vidas.

Partiendo de esta base, es supremamente importante entender que la verdad hace parte de los discursos, las conversaciones, la política pública, el proceso de sanación y la educación al final de un conflicto. Como la verdad no es singular, hegemónica ni estática, tiene que entrar en el proceso de justicia transicional y en abordar las heridas y los legados del conflicto. Si la verdad entra en esta multitud de dominios, puede ser parte de la reconstrucción de la confianza, del tejido social, de la salud psicosocial, de la reconciliación y de la prevención de la violencia. Las personas que han vivido el conflicto—o sea las víctimas, victimarios o una mezcla de las dos categorías—pueden sentir que sus voces y experiencias tienen valor y que hay un espacio en una sociedad en paz para ellos y sus historias. Además, pueden incorporar su propia narrativa a la de la sociedad.

Pensando en la educación, esta pregunta de la importancia de la verdad está intrínsecamente conectada con otra pregunta que me ha hecho para esta entrevista: ¿Qué tipo de competencias deben desarrollar los estudiantes de un país en transición, específicamente en las clases de historia? Hay muchas competencias que son importantes para las clases de historia, pero un tema central puede ser construir y apoyar el análisis crítico de la verdad. Es decir, las competencias deben apoyar a los alumnos a ver la complejidad de la verdad, a preguntarse e investigar diferentes narrativas y perspectivas, a entender cómo la verdad puede contribuir a una sociedad en paz, y cómo ellos mismos pueden ser agentes en este proceso. Desde esta perspectiva las competencias incluyen no solo el pensamiento crítico, sino también las relaciones interpersonales, el respeto a la dignidad humana, la deconstrucción de sistemas y estructuras sociales, la habilidad de presentar un argumento o análisis.

¿Es importante que las nuevas generaciones aprendan las causas históricas del conflicto armado? 

Es importante que las nuevas generaciones no solo aprendan las causas históricas, sino también que las puedan conectar con un proceso y con sus manifestaciones en el momento actual. Las causas de cualquier conflicto están envueltas con contextos específicos. Hay influencias políticas, culturales, históricas, sociales y económicas. Por esto, existe el argumento de que no es tan importante aprender las causas porque probablemente no se van a repetir. Este argumento diría que es más importante pensar en el momento actual y lo que se puede hacer ahora y de ahora en adelante. ¿Para qué aprender de la violencia de los años 50 en Colombia o el contexto político en que un grupo como las FARC-EP emergió cuando hoy en día el conflicto es algo muy diferente por los cambios políticos, la influencia de los EE. UU., la presencia de los narcotraficantes y todo lo demás que ha pasado?

Sin embargo, entender y pensar críticamente sobre las causas es una base para entender y enfrentar el momento actual. No somos islas aisladas, física, psicológica, ni temporalmente. La historia nos da mucho de lo que se necesita para pensar en cómo podemos tomar acción para construir la paz: las motivaciones detrás de la violencia; la empatía con los actores; la complejidad del conflicto y de las categorías como víctima y victimario; los factores importantes que han cambiado la esencia del conflicto; y mucho más.

Y desde la perspectiva de un psicólogo del desarrollo humano, yo diría que uno de los aspectos más importantes es que las causas nos dan una mejor idea de las narrativas y las identidades que tienen los actores y que tienen los colombianos. Y si quieren hacer un cambio, hay que entender y abordar las narrativas y las identidades. La historia—personal, grupal y de una sociedad—está conectada con las maneras en que los individuos y los grupos entienden sus raíces y construyen narrativas de su desarrollo. Aprender de las causas históricas del conflicto, y especialmente cómo los actores interpretan y hablan de estas causas, nos permite entrar en la identidad y así empezar a pensar en cómo podemos vincular la meta de una Colombia en paz con esta esencia de las personas y los grupos a los que pertenecen.

¿Es necesario o recomendable que se enseñe la historia reciente del conflicto armado interno en Colombia?

En las sociedades en transición y en postconflicto, hay discusiones sobre este punto. En algunos lugares, han decidido no enseñarla para evitar la controversia o el dolor que puede evocar. En otros, habrían tenido la intención de hacerlo, pero con el paso del tiempo y el polémico clima político, nunca llegaron a terminar el proceso de desarrollar una política pública ni los recursos curriculares. Para ver más sobre este debate, recomiendo ver el excelente trabajo que han hecho Julia Paulson y Michelle Bellino.

Desde la perspectiva que tengo como un psicólogo del desarrollo humano, yo respondería que sí a esta pregunta. Especialmente durante la adolescencia, las personas están desarrollando una identidad personal que involucra un entendimiento de su papel y lugar dentro de la comunidad y de la sociedad. Este proceso no es individual ni desconectado de las dinámicas de sus contextos sociales que a su vez están influenciados por la historia. De hecho, es un proceso de interpretar las narrativas que existen y el papel que ellos mismos tienen como miembros de este sistema. Puede ser explícito o no, pero es importante que tengan la capacidad de analizar los sistemas dentro del desarrollo histórico, de reflexionar sobre su identidad propia y de estar apoyados para integrarlos.

Conectado con esto, enseñar la historia reciente es importante porque hay narrativas de la historia que existen y que promueven los medios de comunicación, la gente cercana y otras influencias. Entonces, no es que la historia no va a existir para estos jóvenes, sino que quizás van a tener una perspectiva limitada o problemática. Hay evidencia que las narrativas sobre el conflicto que existen en sociedades como Colombia pueden contribuir a los ciclos de violencia. Sin una enseñanza que les ayude a pensar críticamente, a ver diferentes perspectivas y a conectar la historia con sus propias vidas, es menos probable que los jóvenes puedan ser activos en concebir y hacer una nueva trayectoria de una Colombia en paz.

¿Cómo están aprendiendo los niños y jóvenes colombianos de la historia reciente?

Para mi tesis de doctorado, hice una investigación cualitativa de cómo más de trescientos adolescentes colombianos estaban pensando en la paz, el proceso de paz con las FARC y su propia identidad. Durante estas entrevistas en el 2016 y 2017, les pregunté sobre como aprendieron de estos temas. Aunque no he hecho un análisis formal sobre estos datos, salieron varios hallazgos de sus respuestas. Muchos de ellos mostraron desconfianza en los medios tradicionales: la televisión, los periódicos y la radio. Algunos explícitamente dijeron que estos solo muestran una cara de lo que está pasando o que repiten lo que el gobierno quiere (en ese momento fue el gobierno de Juan Manuel Santos). Otros mostraron escepticismo indirectamente; por ejemplo, a través de contar que con sus familias vieron las noticias y después las discutieron, o que buscaron por su propia cuenta más información sobre el conflicto y la paz. De hecho, esta última respuesta era común. Muchos de estos adolescentes notaron que usaron el internet para buscar más información, indicando que confían lo que encontraron en línea.

Otro tema que tiene que ver con la historia reciente es la manera en que ellos hablaron de las víctimas y los victimarios. Para algunos, las víctimas eran familiares. Pocos hablaron de sí mismos como víctimas, pero contaron historias de desplazamiento de su familia o de vivir el secuestro, la extorsión o el asesinato de alguien cercano. Los que contaron las experiencias que tuvieron familiares mostraron un entendimiento de la categoría de víctimas a través de estos relatos. Sin embargo, para la mayoría, las víctimas y los victimarios eran categorías más abstractas que formularon a través de varias historias que leyeron o escucharon. Dentro de las respuestas de los participantes de los centros urbanos, las victimas muchas veces eran campesinos inocentes—una formulación abstracta e imaginada en vez de conectada con gente rural de verdad. Es decir, tenían esta idea de las víctimas, pero nunca se habían encontrado a una de ellas. Los victimarios también eran gente rural, pero divididos entre los jefes y los guerrilleros corrientes. Mientras hablaron de los primeros como gente mala—narcotraficantes, solo interesados en sí mismos, etc., —los segundos eran gente que se debe perdonar.

Estas concepciones son importantes para pensar en cómo estos adolescentes están aprendiendo de la historia reciente. No es que adopten sin cuestionamientos lo que les dicen los medios, pero también a veces les faltan guías o experiencias concretas (por ejemplo, conocer a un campesino o exguerrillero) que puedan apoyar la reflexión profunda y crítica. Es importante notar que algunos si contaron que tuvieron profesores excepcionales que les hicieron buscar información, procesarla en el aula, y más. Pero estos, por lo menos en esta muestra, no eran la mayoría.

¿Es el desarrollo del pensamiento crítico una ruta para construir o aportar a la verdad? Si es así, ¿Qué papel juega la pedagogía en la construcción de la verdad? y ¿cómo?

El pensamiento crítico es fundamental para construir la verdad. El desafió es entender los múltiples factores, las perspectivas diversas y las cortinas de humo sin asumir una posición complemente relativista. Cuando somos niños, a veces nos presentan y entendemos la verdad como unos hechos o un hecho singular. Ocurre algo y nos preguntan, “¿Qué ocurrió? Dime la verdad.” Sin las capacidades de pensamiento abstracto, puede ser difícil ver la verdad como más de lo que experimentamos o la memoria que tenemos de lo que experimentamos. Como adolescentes, cada vez podemos más y más ver las cosas con matices y como experiencias influidas por varios elementos (las emociones, la memoria, los sistemas y estructuras sociales). Se vuelve más posible ver la verdad no solo como nuestra experiencia o como algo monolítico, sino como un fenómeno psicosocial que construimos individual y colectivamente.

Sin embargo, este desarrollo no implica que sí o sí vamos a entender la verdad con más complejidad y desde una perspectiva crítica. Se necesita apoyo a través de un proceso de construirla con un lente analítico. En la educación, es importante que los alumnos vean, procesen y sinteticen varias perspectivas, deconstruyan versiones oficiales de lo que pasó y cómo pasó, utilicen la evidencia, el razonamiento y los argumentos para apoyar la verdad y que entiendan esto como un proceso individual y colectivo.

Otro punto importante aquí sobre la verdad es contextual y vinculado con el momento actual. Mucho ha sido escrito sobre la noticias falsa (“fake news”) y la proliferación de narrativas sobre lo que ocurre en los medios de comunicación y en las redes sociales. A veces parece que no importa la evidencia o los hechos—el número de personas que asistieron a un evento, lo que una persona dijo antes, etc., —en la construcción de la verdad. Este contexto actual se conecta con un tema más amplio que a veces complica la verdad para las personas y especialmente los jóvenes que están empezando a entender que la verdad no es singular. ¿Cómo podemos aceptar que la verdad se construye y que puede tener varias perspectivas sin llegar a sentir que nada tiene valor y que todo es relativista? Es un desafío grande e importante. Para esto, la pedagogía es primordial. Se necesita apoyar para ver y entender cómo la verdad es un proceso, que la verdad abarca múltiples perspectivas (que no hay una verdad hegemónica y monolítica), pero también que la verdad no es ni fabricada ni lo que le da la gana a un individuo o a un grupo. Y, sobre todo, que la construcción de la verdad y su entendimiento tiene consecuencias para la sociedad y sus miembros.

Todas las instituciones educativas colombianas deben incorporar dos de estos doce temas de la Cátedra de Paz en sus currículos:

Justicia y Derechos Humanos; Uso sostenible de los recursos naturales; Protección de las riquezas culturales y naturales de la Nación; Resolución pacífica de conflictos; Prevención del acoso escolar; Diversidad y pluralidad; Participación política; Memoria histórica; Dilemas morales; Proyectos de impacto social; Historia de los acuerdos de paz nacionales e internacionales; Proyectos de vida y prevención de riesgos.

 ¿Cuáles escogería usted? ¿Por qué?

La educación para la paz es un campo que se ha desarrollado bastante en las últimas décadas. De todos modos, es un campo que en cierta manera está buscando todavía una identidad. El propósito es claro: apoyar la construcción y la transformación de una sociedad para enfrentarse a la violencia en todas sus formas. Para mí, la Cátedra de la Paz es un ejemplo de esta dinámica en el campo de educación para la paz. Los doce temas son muy amplios y aunque están conectados, puede ser difícil para los educadores y los estudiantes entender como ellos mismos pueden entretejerlos en el aula, el colegio, la comunidad y la sociedad.

Sin embargo, cada uno es muy importante y abarca una rama de los esfuerzos necesarios para construir una sociedad en paz. Si tuviera que escoger solo dos – y mi recomendación es que la enseñanza de los dos esté colocada adentro de todos los doce y del proyecto más grande de una Colombia en paz – escogería la memoria histórica y la resolución pacífica de conflictos. La memoria histórica es importantísima para entender no solo lo que ha pasado antes, sino también cómo llegamos al momento actual, cuáles son los retos y los obstáculos para la paz y los aspectos estructurales, culturales y políticos que alimentan la violencia. La resolución pacífica de conflictos puede ser complementaria. Es concreto—es decir, ofrece estrategias que los alumnos pueden aplicar a sus vidas diarias—y puede apoyar la autoeficiencia y la acción como constructores de la paz.

Con estos dos temas, pongo un requisito importante: que los dos estén conectados. La teoría y la evidencia del campo de la educación crítica de la paz (“Critical Peace Education”) enfatizan que para la transformación del alumno y de la sociedad, es necesario que los alumnos no solo aprenden de las estructuras y los sistemas que promueven la violencia en todas sus formas, sino también que conecten sus vidas y acciones con el proyecto de transformar estos sistemas. El micro—la resolución pacífica de conflictos—tiene que ser enseñado como intrínsecamente vinculado con el macro—la memoria histórica.

 


Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

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