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Como los árboles

La vida no acaba con la muerte, somos parte de un continuum que, como un río en espiral, regresa una y otra vez a la tierra para continuar aprendiendo. Somos eso: un pedacito de eternidad. 

Junio 17, 2019

Hubo un elemento en la última diapositiva de la presentación de la propuesta Aula Investigadora, expuesta y defendida ante el Gran Jurado el pasado 8 de junio del presente año, que no alcancé a decir. La misma resume en una metáfora, lo que para mí vendría a ser la síntesis de lo que debemos ser como Maestros.

He leído poco sobre los árboles, tal vez esté hablando desde el desconocimiento, pero tengo la percepción de que estos son los seres más nobles sobre la tierra. Estudios de biólogos en Canadá y otras partes del mundo han descubierto que lo que antes creíamos era una feroz competencia, no es otra cosa que un acuerdo sistémico y vital para la supervivencia de todo el bosque. Es especulativo el señalamiento de “ramas tímidas”, “competencia”, “sobrevivencia del más fuerte”, referido a esta criatura, por el contrario, su comportamiento se rige por el principio cósmico de Orden y Sistema, que la Divinidad ha establecido en la creación. En otras palabras, el comportamiento de los árboles sugiere una relación de cooperación, armonía y unidad a favor de la vida de todos, incluido el animal humano.

Hemos visto árboles hendidos por el fuego que cae del cielo, que no mueren por la descarga, sino que hacen uso de su resiliencia y su profundo apego a la vida, para llevar esa energía a lo más profundo del suelo y convertir en vida lo que suponíamos, debía ser “muerte”. Como los árboles, los maestros de Colombia debemos recibir con expectativa, antes que con temor, todas estas ideologías hegemónicas y megatendencias, algunas apuntaladas con normas y botas militares, no para luchar contra ellas de forma frontal (terminaríamos carbonizados), sino con la actitud paciente y resiliente del árbol que traduce esta fuerza, la descompone en formas pequeñas, para que todos los seres-incluidos los más vulnerables- entiendan lo que ocurre y saquen el mejor provecho de ese “chispazo”.

Los árboles son en sí mismos un referente del bosque y de lo que este representa. Lucha cada uno desde su posición, contra el calentamiento global y la acumulación de desperdicios, que la masa inconsciente arroja en contra del mismo aire que respira. Son un refugio para miles de especies que se acogen a su hábitat, y a ninguna discrimina o expulsa de sus ramas. Como los árboles, los maestros de Colombia debemos recuperar esa identidad de académicos e investigadores que nos es propia por la condición misma de profesionales de la educación; que la sociedad nos identifique por los frutos que estamos produciendo desde la academia y la investigación en favor del mejoramiento continuo del entorno social, cultural, ambiental, etc. En ese orden de ideas, hacer de la escuela un territorio de paz, un lugar afectivo y respetuoso para todos los niños, niñas y jóvenes que vienen a este espacio en busca de un poco de Esperanza. Recuerdo la anécdota de aquella pequeña de escasos cinco años, que alzaba los brazos acompañada del grito ¡Libertad! ¡Libertad! ¡Libertad! Cuando su madre la dejaba en la puerta del colegio. ¿Qué ocurría en su hogar, cuando la escuela era para ella el mejor lugar para estar? definitivamente, una historia terrible, como lo pudimos comprobar. Como los árboles entonces, la Escuela que vivo y practico se ha esforzado por aproximarse a este ideal.

Es de todos conocidos que los árboles producen su propio alimento. Es una criatura que no depreda a otras para sobrevivir, por el contrario, da sus frutos libremente a todas las demás especies en una ofrenda permanente de convertirse en pan, agua, aire y cielo al resto de la creación. No es raro entonces que el árbol sea un elemento simbólico y mítico en casi todos los libros sagrados de la humanidad. Como los árboles, los maestros de Colombia, Latinoamérica y el mundo debemos producir nuestro propio alimento cognitivo, enseñar a nuestros estudiantes a pasar de ese rol de consumidores de información a productores de conocimiento, solo de esa forma la escuela volverá a la vida y tendrá sentido para el muchacho que apostó su confianza en ella. Ese principio nos llevaría a la condición de ser llamados “Árboles de justicia, plantío de Jehová, para gloria suya” (Isaías 61: 3).

Los árboles no actúan en solitario, trabajan en redes. La naturaleza les ha enseñado que hay más provecho cuando todos aportan al bienestar colectivo, que cuando solo se piensa en el bienestar propio. Como los árboles, los maestros de la nación debemos asociarnos en núcleos de reflexión e investigación pedagógica, cultural, científica, normativa, entre otras, para consolidar una Comunidad Académica y Científica que contribuya a recuperar el orden misional del docente y a reconquistar el respeto y reconocimiento de la profesión de educador.

Finalmente, los árboles mueren de pie. Es abrumador ver la majestuosidad de estos ante el hacha o la motosierra. No hay más gritos que el de las aves e insectos en sus ramas. Sin embargo, hay un lamento profundo en todo el bosque y una clara denuncia desde el cielo. Podrá el aserrador reducirlo a cenizas o hacer de sus restos muebles o trofeos; pretenderá reducir su memoria a nada, pero se equivoca. ¿Cómo olvidar a este Padre que dejó cientos de “hijos” a lo largo y ancho del valle y  la serranía, con la complicidad del viento, las aves y el agua? ¿Sus hijos, quién los contará? Los maestros, como los árboles,  debemos mantenernos fieles a los principios que nos han dado identidad como profesionales de la educación y dinamizadores socioculturales. Imperturbables, ante la seducción de la corrupción, la amenaza de muerte y la misma tentación del orgullo y vanagloria. Confiados ante lo inevitable, aun si aquello es una vieja compensación que es necesario hacer por nuestras faltas. Después de todo, la vida no acaba con la muerte, somos parte de un continuum que, como un río en espiral, regresa una y otra vez a la tierra para continuar aprendiendo, sencillamente somos eso: un pedacito de la eternidad.

 


Imagen de Larisa Koshkina en Pixabay

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