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¿De quién aprendí sobre responsabilidad social?

Esta publicación va para los maestros que se parecen a algunos que yo tuve y que tal vez sin darse cuenta me dejaron aprender de ellos aquello que no estaba escrito en la guía de clase.

Diciembre 19, 2016

Ahora que soy madre me encuentro con mayor frecuencia (aunque siempre haya estado ahí), aquella afirmación de José Mujica referente a que en casa se aprenden los valores y en la escuela las asignaturas y que como padres nos corresponde esa responsabilidad intransferible. Yo, aunque admiro a Mujica, puedo afirmar que disfruté de aprender las dos cosas en ambos lugares.

Esta publicación va para los maestros. Para esos maestros que se parecen a algunos que yo tuve y que tal vez sin darse cuenta me dejaron aprender de ellos aquello que no estaba escrito en la guía de clase:

  1. Aprendí de su pasión por lo extra: esos maestros que se quedaban otro rato invitándonos a armar otros proyectos que no eran los de la clase, pero que siempre iban a beneficiar más y a más gente fuera del colegio. Eran los maestros que daban clase de lo que fuera pero nos hablaban de poesía, del amor, de las artes.
  2. Aprendí de su manera de decir la verdad: para esa época siempre los vi como maestros que no se guardaban la verdad con nosotros, eran transparentes y claros como el agua sobre nuestro comportamiento, sobre nuestras inmaduras decisiones.
  3. Aprendí que siempre se puede ir más allá de lo que nos corresponde hacer: en tantos descansos y tantas tardes vi a mis maestros explicar una vez más esa ecuación, preocuparse por la decepción de nuestros padres con las calificaciones, emprender sin que estuviera en sus funciones otra edición del periódico escolar o reírse con nuestras ocurrencias (fuera de horario).
  4. Aprendí a valorar el entorno: en esos tiempos eso de la ecología era para los “espirituales” y mis maestros insistían para que fuéramos a clasificar los residuos, a caminar por el sendero o a recorrer –otra vez- el Valle del Cocora.
  5. Aprendí a ser solidaria: estos maestros se fijaban en cada detalle, nos llevaron a visitar a compañeros que se enfermaron, a familias de esos amigos que murieron mucho antes de lo imaginado, a compartir la lonchera con los niños del barrio vecino, a visitar perros de la calle.

Esos maestros que se paraban en la puerta de la ruta y nos contaban uno por uno, no solo quién entró al bus sino quién saludó al conductor. Esos maestros que hicieron el programa de lectura y buscaron los libros que más nos pudieran gustar. Esos maestros que decoraban la famosa sala de profesores. Esos maestros que se sabían de memoria nuestros dos apellidos y así nos llamaron hasta que nos fuimos del colegio.

Los maestros que también eran a su vez padres y esposos pero que se cargaban con 35 niños más, incluyendo sábados y domingos. Esos maestros sin privilegios a los que yo miraba todo el tiempo, especialmente fuera de clase. Ahí aprendí sobre responsabilidad social, del maestro que llevó un cuaderno más para apuntar sobre nosotros, del maestro al que le tuvimos que pedir perdón en colectivo por no rendir con compromiso, del maestro que nos preparó la actividad adicional.

La responsabilidad social se aprende allí, maestros, en los pasillos de la escuela, en lo que vemos que ustedes hacen y dicen, también en lo que se callan y sabemos que están pensando. Por eso (pasando al plano de los adultos) es que no hay responsabilidad social empresarial sin verdad, sin interés genuino por el otro aunque no sea tan rentable, sin borrar los muros de la organización para extender el beneficio. La responsabilidad social excede la teoría, no digo que ustedes la enseñan sino que es su estudiante el que al verlos, la aprende.

Todos los principios de la sostenibilidad que hoy aplican en algunas empresas (gestionar con responsabilidad lo económico, lo social y lo ambiental), confío en que se aprenden en esa edad de colegio. En su milla extra por los niños está la manera como leerán el mundo más adelante.

Escrito por
Comunicadora Social y Periodista
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Laura María Pineda
Gran Maestra Premio Compartir 1999
Dar alas a las palabras para que se desplieguen por la oración y vuelen a través de los textos para que los estudiantes comprendan la libertad del lenguaje.