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Educación para la PAZ: La construcción de la memoria histórica del conflicto armado desde las aulas

La pregunta que se debe plantear el sector educativo colombiano no es si de hecho se debería enseñar la historia del conflicto en las aulas, sino cómo se debe enseñar.

Diciembre 17, 2016

En Colombia la justicia transicional se convirtió en sinónimo de impunidad, pero las experiencias internacionales nos enseñan que esta puede ser el marco dentro del cual se puede remendar el tejido social de una nación que sale de un conflicto armado interno y que busca reconciliarse para construir un futuro en paz.

Para alinearse con la justicia transicional, la educación debe entenderse como una respuesta de la sociedad al legado de violaciones de derechos humanos que dejó el conflicto armado. Por lo tanto, uno de sus objetivos debe ser sensibilizar a generaciones jóvenes a los valores, actitudes y competencias de paz.

Esta tarea va mucho más allá de dotar a los jóvenes de hoy con competencias ciudadanas y estrategias para la convivencia. El estudiante del post-acuerdo debe entender las causas históricas del conflicto armado para evitar que estas se perpetúen y den inicio a nuevos conflictos en el futuro.

Desde la década de los 90, los expertos en educación debatieron la utilidad de integrar la historia del conflicto reciente a los currículos escolares de sociedades que emergen de conflictos armados. En un principio se creía que lo más pertinente era evitar la historia reciente en las aulas para no perturbar las heridas latentes de estas sociedades. Por ejemplo, en Ruanda se prohibió la enseñanza del genocidio de 1994 por diez años.

La experiencia de Ruanda y de otros países que adoptaron estrategias similares nos enseña que es inútil y hasta contraproducente huir de la historia reciente en las aulas. El resultado en estos casos es que los estudiantes aprenden la historia del conflicto armado de fuentes sesgadas y que muchas veces carecen de la intención de ser objetivas. Por el contrario, si este tema se trata bajo la supervisión de un docente bien informado y de manera constructiva, puede contribuir a la reparación de las victimas y hasta puede una garantía de no repetición de las violaciones de derechos humanos que ocurren como parte de un conflicto armado.

Colombia tiene la oportunidad única de aprender de las experiencias de otros países en este tema. La investigadora Julia Paulson de la Universidad Bath Spa de Inglaterra ha identificado tres estrategias que no han dado resultado en otros países que se encontraron en una posición similar.

La primera es la enseñanza de la historia local desde un pasado idílico del cual alguna vez el país se desvió y al cual es necesario regresar. Por ejemplo, en Perú se enseña la historia del conflicto armado en el último año de secundaria. La narrativa que se construye desde las aulas habla de un conflicto entre dos fuerzas perversas, por un lado están los grupos terroristas de izquierda y por el otro lado las fuerzas armadas del Estado, que actuaron de manera indebida bajo circunstancias extremas y excepcionales que no tienen razón de volver a surgir.

Al tratar el conflicto armado como una anomalía en la historia por lo demás pacifica del país, la narrativa que aprenden los estudiantes carece de rigurosidad histórica y de profundidad. Esta narrativa ignora las inequidades sociales, las pasadas injusticias, el racismo y los abusos de poder del Estado que dieron lugar a un conflicto armado que tuvo repercusiones devastadoras para un grupo de víctimas que aparece de manera desconectada e inconsecuente.

La segunda estrategia es intentar unificar a una sociedad dividida imponiendo una narrativa oficial de un pasado unificado. Por ejemplo, tras haber cumplido el moratorio de diez años de la enseñanza de la historia del conflicto impuesta por el gobierno, los colegios en Ruanda enseñan una versión de la historia que distorsiona el pasado y contradice la realidad de los estudiantes.

De acuerdo a esta narrativa, los ruandeses vivieron en paz hasta que sus colonizadores inventaron el concepto de la etnicidad para dividir y manipular a la población. Bajo este pretexto, el gobierno prohíbe el reconocimiento de los grupos étnicos en las aulas. Los maestros ruandeses corren el riesgo de ser acusados de crímenes como divisionismo e ideología de genocidio si se desvían de la narrativa oficial.

La imposición de esta narrativa oficial va en contra del desarrollo del pensamiento crítico, el debate y los métodos democráticos de enseñanza. A la misma vez esta narrativa carece de credibilidad para el estudiante ya que las divisiones étnicas en Ruanda continúan siendo parte del imaginario cotidiano de esa sociedad.

La tercera estrategia que no ha dado resultado promueve las narrativas etneo-nacionalistas. Por ejemplo, en Bosnia y Herzegovina se crearon tres sistemas de educación segregados entre si de acuerdo a los grupos étnicos que participaron en el conflicto. El resultado ha sido la enseñanza de la historia del conflicto desde un punto de vista nacionalista y excluyente que legitima la posición de víctima de un grupo o argumenta su posición de supremacía sobre los otros. Por lo tanto el sistema no contribuye a la reconciliación porque ignora el punto de vista de los otros actores del conflicto y promueve la construcción de tres narrativas diferentes del conflicto.

Paulson concluye que la enseñanza de la historia del conflicto en la escuela es esencial para la reconciliación y la construcción de un futuro en paz. Para que la educación cumpla con este propósito, la escuela debe generar un espacio para que los jóvenes confronten las causas del conflicto e identifiquen las formas en que estas persisten o se transforman al terminar el conflicto tomando sus propias experiencias como referencia.

El sector educativo colombiano tiene la responsabilidad de asumir de manera deliberada el reto de construir la memoria histórica del conflicto armado de forma que contribuya a la construcción de paz. Para tal propósito, se debe construir una narrativa pluralista del conflicto que invite a los estudiantes a abordar la historia de manera crítica y constructiva.

Los estudiantes no deben ser objeto de adoctrinamiento de una versión adornada de la historia. En vez de recibir y memorizar información, los estudiantes del post-acuerdo deben ser agentes activos en la construcción de la historia. Estos deben analizar fuentes contradictorias de información y perspectivas alternativas de las causas históricas del conflicto con el objetivo de promover el pensamiento crítico y autónomo.

En tal virtud, la pregunta que se debe plantear el sector educativo colombiano no es si de hecho se debería enseñar la historia del conflicto en las aulas, sino cómo se debe enseñar.

Escrito por
Asesor de Paz y Convivencia de la Fundación Compartir.
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Aurora Garay
Rectora Ilustre 2016
Solo cuando nos arriesgamos a comunicar nuestra experiencia y a socializar nuestros saberes estamos visibilizando el universo de dificultades, logros y riquezas que se gestan en nuestra realidad