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Hegemonía política y memoria colectiva: El consentimiento del olvido en Colombia

Este artículo, tejido con el texto Cien años de soledad, confronta cómo el Estado ha preferido el olvido que el perdón a través de la censura. 

Agosto 17, 2018

La victoria del olvido

Algún día

el soplo de Dios

borrará las cenizas de mi tiempo,

Seré la memoria de un niño, una foto,

unas manchas en un texto.

Desaparezco y reaparezco, eternamente

cada vez más borroso

cada vez más recuerdo

Hasta el final, de tanto cerrar los ojos

no quede más que el tiempo.

YVR

“La memoria, entendida como las representaciones colectivas del pasado tal como se forjan en el presente, estructura identidades sociales, inscribiéndolas en una continuidad histórica y otorgándoles un sentido, es decir, una significación y una dirección”.( Traverzo,2007:)

 

El estado tradicionalmente ha buscado la legitimidad de su poder ideológico y hegemónico; a través de la dominación mediante la fuerza, el abuso de poder, la reducción de libertades y corrompiendo las leyes democráticas. Haciendo de ello un mecanismo de control sistematizado y eficiente a lo largo del tiempo. Recreando continuamente nuestra historia, desde donde se busca un consenso donde la censura y las falsas noticias se transforma en la versión oficial traducida en olvido.

Es quizás Macondo retratado en 100 años de Soledad por Gabriel García Márquez, el reflejo de un estado social que nace a partir del desplazamiento, del sueño y la búsqueda de mejores oportunidades como colonos en tierras alejadas de la violencia y del miedo. Sin quererlo, un mecanismo de generación en generación ha creado condiciones similares por enfrentamientos de poder en cuanto al dominio del régimen de la verdad.

En Colombia, desde la época de la Colonia hasta a mediados del siglo XX, se ha reconstruido un pasado multicultural, confuso y hegemónico; una historia robada de los ancestros indígenas y de los africanos que llegaron a esta tierra. Somos los colonos de una tierra que nos pertenece porque no hubo otro lugar donde sembrar y donde crear una identidad a pesar de las continuas fracturas, a pesar del exterminio de las minorías, del asesinato y la esclavitud.

La aculturación de los españoles hacia nuestros antepasados fue dirigida en especial a los indígenas nativos y esclavos africanos, que llegaron a nuestro territorio sufriendo el peso de la dominación colonial, donde el proceso hacia los mestizos y criollos no fue de igual manera (Archila, 2005:53). Ellos por su parte, fueron participes de otro tipo de dominación y control; fue un dominio social y político desde la colonia 1550 hasta 1810, además de uno de los más graves para la formación de identidad, el cual fue el control del conocimiento, como lo registra el memorial de agravios realizado por Camilo torres y escrito en 1809, un caso aberrante en donde por el color de piel organizamos la estructura social y que evoluciono en la herencia del poder en castas políticas:

“Gracias a un gobierno despótico, enemigo de las luces, ella no podía esperar hacer rápidos progresos en los conocimientos humanos, cuando no se trataba de otra cosa que de poner trabas al entendimiento. La imprenta, el vehículo de las luces, y el conductor más seguro que las puede difundir, ha estado más severamente prohibida en América, que en ninguna otra parte. Nuestros estudios de filosofía, se han reducido a una jerga metafísica, por los autores más oscuros y más despreciables que se conocen. De aquí nuestra vergonzosa ignorancia en las ricas preciosidades que nos rodean, y en su aplicación a los usos más comunes de la vida. No hace muchos años que ha visto este Reino, con asombro de la razón, suprimirse las cátedras de derecho natural y de gentes, porque su estudio se creyó perjudicial. ¡Perjudicial el estudio de las primeras reglas de la moral que gravó Dios en el corazón del hombre! ¡Perjudicial el estudio que le enseña sus obligaciones, para con aquella primera causa como autor de su ser, para consigo mismo, para con su patria, y para con sus semejantes! ¡Bárbara crueldad del despotismo, enemigo de Dios y de los hombres, y que solo aspira a tener a éstos como manadas de siervos viles, destinados a satisfacer su orgullo, sus caprichos, su ambición y sus pasiones!” (Torres, 1832:15:16).

Cien años de soledad, es la muestra de una sociedad transformadora influyente, cambiante y al mismo tiempo conformista, pasiva y olvidadiza; un reflejo social permeado por paradigmas establecidos y una continuidad irremediable de ciclos hegemónicos.

“…la mujer lo midió con una mirada de lástima. “Aquí no ha habido muertos”, dijo. “Desde los tiempos de tu tío, el coronel, no ha pasado nada en Macondo.” (Márquez, 2006: 424).

Durante el inicio de la República de la Nueva Granada, los partidos políticos más influyentes de Colombia liberal y conservador, fueron vistos a través de la historia como la lucha de dos visiones que comprendían la totalidad del pensamiento colombiano; dividido únicamente en dos bandos sin tener en cuenta los diferentes movimientos sociales, ni las condiciones socioculturales y de infraestructura precaria así como las dinámicas de desarrollo, que se han vivido como discurso oficial de nuestra historia. Esta manera de registrar los hechos, evidenció una nación con solo dos posturas históricas y políticas de una sociedad mucho más diversa, que pedían voz y voto, los cuales fueron negados por el grupo de historiadores que desde su punto de vista crearon un consenso histórico entre las mayorías dominantes. “La versión oficial, mil veces repetida y machacada en todo el país por cuanto medio de divulgación encontró el gobierno a su alcance, terminó por imponerse” (Márquez, 2006:426)

De esta manera y como reflejo de la realidad se negó la posibilidad de construir una idea de nación más incluyente y democrática, registrando a través de la historia oficial la única verdad de dos grupos opuestos construyendo un estado; se constituyó entonces ,un proceso hegemónico de totalitarismo narrativo, ya que estas visiones del: cómo fue y que ocurrió en la formación del discurso nación y recreado desde la postura política generó entre la mayoría de los ciudadanos una condición de naturalidad en estos procesos. Y aunque se crearon a mediados del siglo XIX y XX, muchos movimientos sociales nunca han sido de gran impacto dentro del discurso oficial del estado, creando una atmósfera de oficialismo en donde la población lo asumió como la verdad del desarrollo y por ende la victoria, y a su vez como las dinámicas naturales y políticas de la nación.

Lo complejo de esta verdad de solo dos contendores y una sociedad atenta con múltiples cambios políticos es que esa es la trampa de la hegemonía, realmente al describirlo de esta manera no entendemos el poder del mecanismo, Lawrence Grossberg lo describe de la siguiente manera:

“…la hegemonía no puede ser concebida como una lucha entre dos campos opuestos y homogéneos… hay innumerables diferencias y lealtades sociales que se yuxtaponen y compiten entre sí reorganizando constantemente la gente en torno a múltiples ejes en un fluido rango de identidades sociales y políticas.”(Grossberg, 2004:53)

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“Una lucha hegemónica, la cual se construye diariamente con las herramientas desde la vida de la gente, su cultura, sus lenguajes, sus formas de pensamiento, sus lógicas de cálculo, sus sistemas de valores, etc. Y, al mismo tiempo, lo que está en juego en tales luchas es precisamente la manera en que la vida cotidiana es organizada y entendida. Una lucha hegemónica que usa la conciencia y lenguajes populares para cambiar la conciencia y lenguajes populares. Usa el sentido común, opera con y sobre el sentido común para cambiar el sentido común. Habla al y con sentido de lo que la gente considera como lo que realmente importa en aras de redefinir sus mapas de lo que importa.” (Grossberg, 2004:56).

La historia de Colombia hasta el siglo XX ha sido un sin fin de epopeyas del pasado, no en vano en la gran mayoría de libros educativos para la enseñanza primaria, se retratan solo las fechas, hechos bélicos y guerras de los próceres de independencia y la creación de partidos; excluyendo como ya se ha mencionado la gran mayoría de procesos y avances de los movimientos sociales. Esto no solo se evidencia en el manejo de la narrativa de aprendizaje básico, sino en las líneas de tiempo que registran los hechos de importancia y que circulan en la nación.

Estas epopeyas retrataban hechos vandálicos como necesarios y justificables para el desarrollo de una nación, no en vano cuando se escribe y narra la historia de nuestros próceres de la independencia nunca en ningún libro oficial se ha registrado que también cometieron asesinatos a prisioneros de guerra, ya que como héroes son más sus actos nobles y determinantes en favor del curso de la historia que los hechos con los que se forja una guerra y es a través del asesinato y la violencia. Podríamos decir que juzgamos muy duramente la historia pero la historia de la dignidad de la vida humana tiene también miles de años de progreso “Ni en el cielo ni en medio del mar, ni entrando en las grietas de las montañas, no hay ningún lugar en el mundo, en el que se pueda escapar de las malas acciones.” Dhammaapada, Escritura budista, siglo III a.C. También están las injusticias cometidas hacia los trabajadores bananeros que fueron asesinados en la llamada masacre de las bananeras. El ejército colombiano apoyo todas las condiciones que la multinacional United Fruit Company solicitaba para que la maximización de las ganancias fluyeran y no se detuvieran a pesar de que las protestas sindicales. Es aquí donde la violencia es también una forma de hegemonía entre el estado y la sociedad al plantear la solución de la violencia a un conflicto, cómo única manera viable. Ya que el uso de la fuerza y el uso de la violencia son dos conceptos diferentes, La violencia es el uso injustificado de la fuerza. El Estado de derecho emplea la fuerza. El Estado totalitario o autoritario se vale de la violencia.

“La inconformidad de los trabajadores se fundaba esta vez en la insalubridad de las viviendas, el engaño de los servicios médicos y la iniquidad de las condiciones de trabajo. Afirmaban, además, que no se les pagaba con dinero efectivo, sino con vales que sólo servían para comprar jamón de Virginia en los comisariatos de la compañía. (Marquéz 1967: 123).

Al construir de Colombia una mirada única, sin dimensionar el contexto de las minorías y las polifonías de las múltiples voces del ejercicio político de sus ciudadanos, el concepto de memoria es fundamental para la construcción crítica de un pasado que cumpla con procesos de retroalimentación y formación de una sociedad.

“Re-describir los hechos con un lenguaje nuevo y apropiarnos de ellos así, para deshacernos de las metáforas de las generaciones previas, que nos atrapan en un lenguaje que no es el nuestro, y encontrar nuestras propias metáforas para las cosas, nuestro propio modelo, uno que se adecúe mejor a nuestra manera de ver las cosas y estar en el mundo.”(Blom, 2007:6).

Macondo como espejismo del ser y desaparecer de las voces políticas de una nación recrean desde Aureliano la lucha popular, es la noción de pueblo contenido en una sola familia como proyección de múltiples realidades, es su lucha desde su vida y existencia, su pensamiento, sus creencias, sus valores, sus tradiciones, su conciencia; su saber; es lo que cree y entiende por vida y lo que hace con ella.

“Pero desde la tarde en que llamó a los niños para que lo ayudaran a desempacar las cosas del laboratorio, les dedicó sus horas mejores. En el cuartito apartado, cuyas paredes se fueron llenando poco a poco de mapas inverosímiles y gráficos fabulosos, les enseñó a leer y escribir y a sacar cuentas, y les habló de las maravillas del mundo no sólo hasta donde le alcanzaban sus conocimientos, sino forzando a extremos increíbles los límites de su imaginación.” (Márquez, 1967: 8).

La enseñanza y la educación, han sido el primer acercamiento a nuestro pasado y desde allí se han generado miradas sesgadas que más adelante, en las protestas sociales y en la cotidianidad de la sociedad se hacen visibles de una manera mínima por una cátedra sesgada en epopeyas nobles; por una conducta aletargada dada por la continua violencia mantenida, contenida y justificada. Buscando una hegemonía que neutralice los hechos determinantes de cambios sociales y en nuevos partidos políticos, una verdad incómoda indigna pero construye el pensamiento crítico.

Los maestros no solamente forman a nuevas generaciones sino que a su vez son constructores de la percepción y los discursos que se tienen del mundo esto es una responsabilidad y un problema porque se debe reforzar un sentido ético universal de dignidad de la vida sin despojar de la propia voz y conciencia de sus estudiantes desde el pensamiento crítico, el maestro siempre debe escuchar su propia voz para que no se convierta el discurso del libre pensamiento en doctrina de única mirada. En otras palabras implica que sus palabras creen contradicción hasta en los propios, seres políticos y culturales que recrean la visión de una nación desde la identidad, pero así como no existen verdades únicas no pueden existir fines únicos, más que una contextualización de nuestro presente a la par del análisis crítico de nuestro pasado. El maestro, así como lo fue Melquíades en 100 años de soledad debe experimentar entre la subjetividad y la objetividad de la historia, para darnos herramientas de una historia que nos incluya a todos. “Así continuaron viviendo en una realidad escurridiza, momentáneamente capturada por las palabras, pero que había de fugarse sin remedio cuando olvidaran los valores de la letra escrita.” (Márquez, 1967:22).

La responsabilidad de los hechos se les ha entregado a sus documentalistas, historiadores y escritores; pero en este mismo nivel se encuentran los maestros, que realizan con el material creado una retroalimentación de los hechos para reconstruir una identidad en el presente.

Así como el pasado cambia y se olvida, también crea una posibilidad para la reconstrucción de una identidad mucho más clara y consiente, que construya una cultura colombiana, en donde se reconozca y avance a un nuevo presente a partir de todos los actores que masivamente están en contacto con la transmisión de conocimiento, replanteando posiciones y perspectivas de la historia. Este saber histórico debe hacernos reflexionar y desarrollar sentido crítico hacia la cotidianidad, partiendo de la experiencia del pasado; si identificamos los hechos por los cuales la memoria no ha tenido un papel predominante o equitativo en la historia.

No es conformarnos, ni continuar consintiendo, porque mucho de lo que pasa es resultado de nuestra pasividad en la cotidianidad y de la falta de extrañeza. Es no dejar enterrar nuestra memoria en el olvido mediante la censura. El olvido busca cubrir verdades vergonzosas a través de la aceptación de la censura y auto censura, ésta determina el poder, es decir quién censura a quien, pero oculta y elimina los medios de verificación, cómo es la obtención de un poder indebido, a causa de que existe algo que olvidar, algo que ocultar, es decir si no existe un pasado, si olvidamos, no existen pruebas y no existen evidencias.

“José Arcadio Segundo era en aquel tiempo el habitante más lúcido de la casa. Enseñó al pequeño Aureliano a leer y a escribir, lo inició en el estudio de los pergaminos, y le inculcó una interpretación tan personal de lo que significó para Macondo la compañía bananera, que muchos años después, cuando Aureliano se incorporara al mundo, había de pensarse que contaba una versión alucinada, porque era radicalmente contraria a la falsa que los historiadores habían admitido, y consagrado en los textos escolares.” (Márquez, 1967: 144).

Un pasado olvidado, ignorado o censurado recrea una realidad corrupta, mal interpretada e injusta.

 

Lea el contenido original en el blog Libreta de Bocetos.

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Libreta de Bocetos, blog de maestros de arte
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