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¿Jóvenes autoritarios? Hacia una lectura más compleja de las ciudadanías juveniles latinoamericanas

A propósito del Estudio Internacional en Educación Cívica y Ciudadana, Diego Nieto analiza las relaciones entre juventud, participación ciudadana y democracia.

Octubre 31, 2019

Recientemente, se ha alertado sobre los resultados del Estudio Internacional en Educación Cívica y Ciudadana (ICCS 2016), realizada en seis países latinoamericanos (Colombia, México, República Dominicana, Chile y Perú), especialmente para llamar la atención sobre el siguiente dato: más de dos tercios de los jóvenes de estos países “apoyan la dictadura como forma de gobierno si traen orden y seguridad o beneficios económicos” (Schulz, Ainley, Cox, & Friedman, 2018). Para muchos, estos resultados serían muestra de la necesidad de profundizar la educación basada en competencias ciudadanas tales como el pensamiento crítico y la enseñanza de valores democráticos. Algunos han señalado cómo esto nos deja ver que los sistemas democráticos latinoamericanos no tienen la confianza de los ciudadanos jóvenes, y por ende recomiendan mejorar la transparencia y la erradicación de la corrupción que mina su credibilidad (Sandoval-Hernandez, Miranda, Treviño, & Schmelkes, 2019).

Aunque con innegable asidero en la realidad, ambas interpretaciones me parecen limitadas pues, hasta cierto punto, evitan abordar el panorama político más amplio y las trayectorias vividas por las juventudes latinoamericanas en las últimas décadas. Por un lado, vale la pena intentar una interpretación más contextualizada de este resultado dentro del estudio ICCS como tal. Por el otro, es necesario analizar las maneras en que los jóvenes viven y experimentan la ciudadanía más allá de su apoyo a las instituciones formales de la democracia representativa, y así examinar lo que está detrás de su aparente aprobación del autoritarismo.

Frente a lo primero, no hay duda de que muchos jóvenes sí se han mostrado apáticos frente a la política y, como buena parte de la ciudadanía latinoamericana, “desencantados” con una democracia inane en lo que atañe a su vida cotidiana. Es un hecho, también, que hay preocupantes niveles de apoyo a prácticas autoritarias y al uso de la violencia para lograr ciertos fines, pero es necesario matizar esta información a la luz de otros datos que arroja el estudio. No puede pasarse por alto, por ejemplo, que si bien los jóvenes muestran apoyo a las dictaduras si estas traen consigo orden, seguridad y mejoras económicas, el estudio también revela que los estudiantes latinoamericanos descartaron, en su mayoría, otras prácticas propias de gobiernos autoritarios tales como la imposición de la autoridad violando derechos, o la toma de decisiones sin consultar a otros.

Así mismo, vale la pena analizar más cercanamente lo que sucede con los estudiantes colombianos. El promedio de estudiantes colombianos que estuvieron de acuerdo en que “la paz sólo puede lograrse a través del diálogo y la negociación” fue más alto que el de la mayoría de los otros países latinoamericanos parte del estudio. Lo mismo ocurrió con los promedios mucho más bajos de estudiantes colombianos que justificaron el castigo violento a los delincuentes que cometen delitos contra sus familiares. De igual manera, los estudiantes colombianos registraron niveles mucho más bajos que jóvenes de los demás países de la región cuando se les preguntó si estaban de acuerdo con la organización ciudadana para castigar a los delincuentes en ausencia de autoridades. Así mismo, por encima del promedio en los países estudiados, el 40% de los estudiantes colombianos identificaron como negativo que “la policía pudiera retener a alguien en la cárcel sin un juicio cuando se sospecha que está amenazando la seguridad nacional”, y sólo el 28% de los estudiantes del país consideraron que esta práctica era buena para la democracia, un porcentaje que está muy por debajo del promedio comparativo de la región. Para todos estos casos, no hubo diferencias significativas entre las escuelas públicas y privadas, o el estatus socioeconómico de los estudiantes participantes (Ministerio de Educación Nacional & ICFES, 2017; Schulz et al., 2018). Esto sugiere que, a pesar de los altos niveles de criminalidad, existe una mayor resistencia a apoyar la administración privada de justicia y el uso indiscriminado de la violencia en los estudiantes colombianos cuando se les compara con los demás países participantes en el estudio.

Durante mi investigación en dos comunidades escolares afectadas por diferentes fenómenos de violencia en entornos urbanos de Cali y Tumaco (Colombia), también me enfrenté a la misma paradoja: los estudiantes apoyan prácticas autoritarias y, al mismo tiempo, muestran menos aprobación por el uso de la violencia como medida para lograr objetivos. Esta observación me desconcertó en un primer momento. Sin embargo, considero que hay dos factores sobre cómo los jóvenes viven la ciudadanía que debemos tomar en cuenta para lograr una interpretación más cabal de los resultados del estudio y de mis propios hallazgos.

En primer lugar, me parece fundamental que, en lugar de mostrar una preocupación exclusiva con el apoyo de los estudiantes hacia las dictaduras, exploremos la segunda parte de la afirmación que pregunta a los jóvenes si apoyan a las dictaduras en los casos que “traen orden y seguridad” o “beneficios económicos”. Justamente son estos dos elementos los que las democracias latinoamericanas no sólo no han garantizado, sino que incluso han empeorado. La sensación de desgobierno e inseguridad, así como los horizontes económicos desesperanzadores, hacen que esta generación de jóvenes no se sienta impulsada a apoyar un régimen que, a todas luces, no está jugando a favor de la mayoría de ellos.

En ese panorama, desde finales de los 90’s, muchas investigaciones cualitativas con jóvenes de sectores marginados han mostrado que los jóvenes tienen muy buenas razones para mostrarse sobre todo “desesperanzados”: tanto por la progresiva precarización de sus condiciones de vida como consecuencia de políticas restrictivas que profundizaron la desigualdad, como por el aumento de la estigmatización y la violencia en la que se ven envueltos (Oliart & Feixa, 2012; Portillo, Urteaga, González, Aguilera, & Feixa, 2012; Reguillo, 2012).

Tales sentimientos de desesperanza no se limitan a la lucha cotidiana por lograr mínimas condiciones de vida digna para aquellos que viven bajo el yugo de la pobreza. Sobre todo, responden a una vida en las que “la ausencia de futuro” (para usar la frase acuñada por Parra Sandoval (1986) hace más de 30 años) y la poco realizable promesa de la movilidad social a través de la educación, vienen acompañadas por el desarraigo, la alienación y la pérdida de sentido de pertenencia social por cuenta cde la desestructuración de fuentes históricas de identificación socio-culturales. La búsqueda de un estatus social y de “ser alguien en la vida”, esto es, de fuentes de reconocimiento, dignidad, y respeto, pesan mucho para jóvenes que viven bajo la incertidumbre y la estigmatización por cuenta de la marginación y la dilución de formas de soporte social y comunitario.

Al mismo tiempo, como he podido constatar en mi propia investigación sobre experiencias de jóvenes con la violencia, la progresiva precarización se manifiesta también, y de manera muy amplia, mediante una ansiedad enorme frente a la inseguridad que experimentan en sus vidas. Esta inseguridad se revela no sólo a través de experiencias repetidas de violencia íntima (Bourgois, 2009) tales como el maltrato y abuso doméstico, crimen, y consumo de drogas, sino también en el profundo desasosiego que genera la imposibilidad de disfrutar una vida digna en áreas marginales de la ciudad y la vida rural.

En este contexto, aún más significativo es el hecho de que muchos jóvenes en estos lugares viven bajo lo que llamo, sustentado en investigaciones recientes sobre la violencia en Colombia (Arjona, 2016; Idler, 2019), órdenes locales autoritarios. Las llamadas “oficinas”, “combos” y, por supuesto, los grupos armados aparecen en estos entornos como entidades capaces y eficientes para imponer seguridad y convivencia, proveer algunos bienes sociales, y eliminar la violencia indiscriminada e impune de la vida local. Es más, en muchos casos, hay relaciones cercanas y/o de parentesco entre muchos jóvenes, pertenezcan o no a estos “grupos”, que tornan mucho más grises y complejas las fronteras socio-culturales y los niveles de legitimación frente a los órdenes de la violencia producidos por dichas estructuras de crimen organizado.

A la luz de estas complejidades, quizás se entienda mejor el poco apoyo por parte de los jóvenes a regímenes democráticos que suelen experimentarse lejanos de su realidad, a diferencia de la inseguridad, la incertidumbre, y los órdenes autoritarios locales que pesan tanto sobre su vida cotidiana. Por ello, no creo —y en esto estoy de acuerdo con una reciente columna de Carlos Charria (2019)— que podamos afirmar que los estudiantes aprueban el uso de la violencia y sus consecuencias, ni siquiera que las prefieran como medios válidos, sin tomar en cuenta sus enormes sufrimientos frente a la falta de seguridad, en sentido amplio, en sus experiencia diaria. Más que una apatía y cinismo frente a la democracia, quizás podamos interpretar que los jóvenes expresan antipatía hacia un orden económico-político que ha puesto a toda una generación (en diferentes grados de acuerdo a su posición social) en una lucha constante por sobrevivir más que por brindar oportunidades para fortalecer y expandir su agencia ciudadana.

Para mí, que los jóvenes le otorguen tanto valor a aspectos como la seguridad, el orden, y los beneficios económicos es una respuesta frente a un régimen que se experimenta como poco democrático por cuanto arroja a la incertidumbre y la precariedad cotidiana, desvincula socialmente, y cierra espacios para adquirir sentido de pertenencia y estatus social. En pocas palabras, se trata de un régimen que destruye las bases fundamentales de un sentido público de la igualdad. Mejorar la transparencia de las instituciones o fomentar valores democráticos y competencias ciudadanas parecen medidas insuficientes para acercar a los jóvenes a la vida democrática dadas las condiciones de su ciudadanía vivida. Ellos están expresando demandas reales sobre su calidad de vida y las prospectivas en un mundo de incertidumbre, así como sobre la necesidad de hacer de la ciudadanía un ejercicio entre iguales, donde el sentimiento de inclusión provenga de una experiencia pública compartida real y no de una eterna lucha individual y privada por realizar su “proyecto de vida” personal.

Referencias

  • Arjona, A. (2016). Rebelocracy: Social order in the Colombian civil war. New York, NY: Cambridge University Press.
  • Bourgois, P. (2009). Recognizing Invisible Violence. A Thirty-Year Ethnographic Retrospective. In B. Rylko-Bauer, L. M. Whiteford, & P. Farmer (Eds.), Global Health in Times of Violence (pp. 17–40). Santa Fe: School for Advanced Research Press.
  • Charria Hernández, C. A. (2019, September 9). La noche de los lápices. Retrieved October 28, 2019, from Compartir Palabra Maestra website: www.compartirpalabramaestra.org/actualidad/columnas/la-noche-de-los-lapices
  • Idler, A. (2019). Borderland battles: Violence, crime, and governance at the edges of Colombia’s war. New York, NY: Oxford University Press.
  • Ministerio de Educación Nacional, & ICFES. (2017). Estudio Internacional de Educación Cívica y Ciudadana ICCS 2016. Informe Nacional para Colombia 2017. Colombia: ICFES.
  • Oliart, P., & Feixa, C. (2012). Introduction: Youth Studies in Latin America–On Social Actors, Public Policies and New Citizenships. Young, 20(4), 329–344.
  • Parra Sandoval, R. (1986). Ausencia de futuro: La juventud colombiana. Revista de la CEPAL, 29, 81–94.
  • Portillo, M., Urteaga, M., González, Y., Aguilera, Ó., & Feixa, C. (2012). De la generación X a la generación @: Trazos transicionales e identidades juveniles en América Latina. Última Década, 20(37), 137–174.
  • Reguillo, R. (2012). Culturas Juveniles. Formas políticas del desencanto. Argentina: Siglo Veintiuno Editores.
  • Sandoval-Hernandez, A., Miranda, D., Treviño, E., & Schmelkes, S. (2019). Is democracy overrated? Latin American students’ support for dictatorships. IEA Compass: Briefs in Education, No. 7. Amsterdam, The Netherlands: IEA.
  • Schulz, W., Ainley, J., Cox, C., & Friedman, T. (2018). Young People’s Views of Government, Peaceful Coexistence, and Diversity in Five Latin American Countries: IEA International Civic and Citizenship Education Study 2016 Latin American Report. Amsterdam, The Netherlands: IEA.

 

Contenido publicado originalmente en el Blog Diego Nieto. Pedagogías inacabadas.

 


Imagen Kaique Rocha from Pexels

Escrito por
Profesor e investigador en pedagogía, poder y violencia. PhD Candidate in Comparative Education (OISE-University of Toronto).
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Laura María Pineda
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