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La visión equivocada de la educación

Un relato personal de transformación docente.

Agosto 30, 2017

Año 2013, lleno de emociones y sentimientos encontrados. Fue un primero de febrero cuando una joven de tan solo 17 años daba inicio a su labor como docente. Llena de entusiasmo y alegría llega a la institución educativa y es ubicada directamente al área de preescolar. Con el paso del tiempo fue desarrollando con sus alumnos, conocimientos significativos que a pesar de su corta edad se desenvolvía con facilidad.

Las cosas marchaban excelente (eso pensaba la docente), pero no se imaginaba que la llegada de un nuevo alumno cambiaría su manera de plantear sus clases. Un niño de 3 años que no comía solo, no se sentaba, no tenía una mirada fija y que incluso corría por todo el salón sin pronunciar una sola palabra. Ella tan preocupada, sentía que no tenía la capacidad de preparar una clase con este niño en ella.

Todos los niños lo miraban como un extraño y ninguno quería jugar con él; la docente explicaba su clase y trataba que el niño realizara sus actividades, aunque al final solo terminara ella con mordiscos en sus manos. Con el paso de los días las clases no podían llevarse a cabo y la docente se sumergió en un agujero de desesperación. Al llegar a su casa puso sus cosas en la cama y sentada en el suelo dejó sus lágrimas caer.

Días después la docente se reúne con la madre del niño y le expone su preocupación y allí se da cuenta de la situación. Ella toma el valor y se instruye para encontrar una posible solución para desarrollar mejor sus clases. Cada día en la hora de llegada de sus alumnos prepara una dinámica y hace que todos los niños se integren, les pinta las caras, se disfraza y utiliza diversos materiales para gestionar sus clases, abraza y habla con cada uno de sus niños, escuchando atentamente sus experiencias tanto de la casa como del colegio.  La docente nunca imaginó que al tomar valor e instruirse un poco más lograría que ese niño, hoy en día, fuera el mejor de su clase.

Meses antes, ella no sabía que aquel niño tan inquieto y un poco agresivo era autista. No fue fácil su procedimiento educativo, existieron varios jalones de cabello, mordiscos y arañazos pero eso nunca la detuvo para ayudar a ese chico. Hoy en día tiene 7 años y es el estudiante No 1 de su institución. Aprendió a comer solo, a relacionarse con los demás y a ser más independiente. La docente cada semana lo visita con el permiso de sus padres y está orgullosa de ver aquel alumno que cambió su manera de enseñar.

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Escrito por
Docente de preescolar en el Centro Infantil Mundo del Saber. Estudiante de Licenciatura en etnoeducación de la Universidad de La Guajira, sede Maicao.
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Melva Inés Aristizabal Botero
Gran Maestra Premio Compartir 2003
Abro una ventana a los niños con discapacidad para que puedan iluminar su curiosidad y ver con sus propios ojos la luz de la educación que hasta ahora solo veían por reflejos.