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Maestro asesino y suicida

Cómo ve una docente una situación diaria en un colegio. Una experiencia vivencial de lo que enfrentan los educadores. 

Agosto 28, 2017

Llegaba al colegio pálido y exprimido, con la cantaleta diaria de la calle, el smog y los discursos de buseta. Atravesaba la puerta para saludar con evidente hipocresía al jefe de turno que aguardaba al ingreso como un celador de sueños rotos y esperanzas muertas.

Llegaba así a la sala de maestros, recogía sus cosas y dejaba en la mesa su propia carga, se disponía a llevar un planeador y ejecutarlo, a dar información de “interés” a mentes jóvenes y, aunque sabía que perdía el tiempo, se consolaba a sí mismo pensando que aunque poco, por eso le pagaban.

Llegaba a un aula muerta. Así la veía. Hacía reconocimiento visual de los subgrupos de ese grado… décimo, noveno… da lo mismo, lo importante era llenar cuaderno, mandar la nota, joder por el uniforme y llenar la plataforma. Concluir un día de los 300 que se firman en el mediocre contrato.

Nos cuenta la historia que aquel maestro moría mientras mataba, que quebraba las nacientes alas de sus estudiantes, mientras revoloteaba con las suyas ya desparpajadas y desechas, era ese compañero que nadie quiere tener, el que hace todo de mala gana, que siempre se queja, al que todo le cuesta, el que nunca puede, del que todos hablan.

Vemos cómo su agonía dejó de sorprendernos y se hizo parte de su monótona actitud: ya nadie cuenta con él porque, a los ojos juzgadores de compañero de labores, no es más que el victimario que nos recarga de trabajo, le roba a los chinos, al país y al futuro.

Desde la esquina, recostada en la pared después de una extenuante clase, observo a aquel compañero: tiene la piel firme adornada de algunos pares de arrugas, viste adecuadamente y sus problemas no distan de los de un asalariado cualquiera. Lo juzgo, no encuentro justificación a su pereza, casi intencionalmente desperdicio parte de la hora libre tratando de descubrir eso que no me cuadra.

Me aterra verlo, me pregunto si al pasar de los años tendré ese ataúd en los ojos. ¿Será que al final se me van a acabar las ganas de cambiar al mundo? ¿Cómo le hago para mantener viva a esa estudiante revolucionaria e idealista que veía arte y literatura en todas partes? Miro al pasado y me descubro: también he cambiado. ¿Será que también huelo a muerto?

Entre el desorden de las mesas, las quejas y los gritos en el pasillo, entre la carrera del cambio de clase y el chisme de dos minutos, mientras el pálido maestro levanta su amarillento planeador de clase, lo veo: allí está el cadáver. Se descompone dentro de sí junto a sus deseos de tener un Ministro de Educación que sepa algo de pedagogía.

“Me toca contra los de 905 -pronuncia- he trabajado hasta con indigentes y esos no me dieron tantos dolores de cabeza”. El cadáver ha hecho mella, no es lo único podrido, así se aleja el muerto en vida. En el fondo deseo que 905 gane la contienda.

Cuando se van, todos critican, hago caras aprobando sus quejas. No quiero ser colega del asesino ni hacer parte de su combo de cuchillas. El rector tiene la culpa. ¿Para qué lo contrató y por qué no lo echa? Aunque si se va, toca cubrirlo y adiós horas libres. Que se quede, mal o bien algo hará, a fin de cuentas adónde vamos a conseguir un reemplazo a estas alturas.

Al volver de la clase parece feliz. “Hoy esos chinos estaban volando”, dice mientras sonríe. Pocos prestan atención a sus palabras, algunos le felicitan y sucede lo inevitable: 905 ganó la pelea. Así sigue el mal maestro con una pizca de ilusión que espera confirmar o destruir al siguiente día. Ya no hay tiempo de reflexiones, todos corren a sus salones.

A la mesa se sienta el muerto quien habla pretendiendo apagar la chispa de la que fue contagiado, frente a él se encuentra la esperanza quien se limita a responder: ese curso a mí me funciona, yo no tengo nada que decir de ellos, mientras continúa dibujando a lápiz pequeñas muestras de afecto. A través de sus ojos brillantes se ve su sueño inmenso sentado tranquilo sobre una meseta.

Voy a prisa por los pasillos, el coordinador aguarda en la esquina haciendo gestos a su reloj. ¡Voy tarde! Corro junto a los chicos para evitar el regaño. Entre tanto, comprendo: la estudiante ya no existe y como profesional me quedan las vías de la fe y la experiencia, o la de la desidia y el descontento.

Mientras cruzo la puerta del salón de clases saludo con emoción a quienes pueden ser mis verdugos o mis salvadores. Me lleno los ojos de esperanza y alimento mi sueño. Espero que sea fuerte aun cuando yo a veces desfallezca. Pongo amor en mis palabras y propósito en el tablero. 

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Escrito por
Maestra en la Institución Educativa Compartir Suba, Bogotá
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Jaqueline Cruz Huertas
Gran Maestra Premio Compartir 2000
Es necesario entablar una amistad verdadera entre los números y los alumnos, presentando las matemáticas como parte importante de sus vidas.