Usted está aquí

Pensamientos sobre ruralidad y educación

El docente rural ofrece una formación integral al estudiante desde su misma realidad con el propósito de reconocer la adversidad que se mantiene durante la formación.

Julio 4, 2021

Hablar sobre la educación rural desde la comodidad de una urbe resulta demasiado fácil. Nos atrevemos a comentar sus estilos de vida y a tomar decisiones sobre ellos sin siquiera conocer el trasfondo de su día. Bien repite Carlos Valerio Echavarría[1], cada vez que tiene la oportunidad de hacerlo, que “la educación rural no es un concepto urbano” y cuánta razón tiene. 

La persona rural común se enfrenta a retos que son muy difíciles de dimensionar cuando no los hemos vivido; podemos pensar en las dos horas diarias que un niño debe caminar para llegar a su escuela más cercana pero no podemos sentir el barro en nuestros pies descalzos; podemos decir que es difícil vivir con una guerrilla que deambula cerca, mas no podemos sentir el miedo de que alguien en cualquier momento puede fusilarte. La guerra es el peor enemigo de la educación y esta corroe los sueños del niño rural.

Ya hablando más concretamente de la educación rural y sus varias dificultades, podemos buscar responsables y decir que el abandono del Estado es el actor principal del problema, pero esta problemática es más profunda; el verdadero obstáculo de la educación rural colombiana es la falta de relevancia, reconocimiento y resignificación a estudiantes y maestros. 

No hay una comprensión real de la importancia de esa actividad digna y humana que es enseñar y aprender; hay comprensiones ficticias, con prejuicios y mediadas por los ideales de quienes nunca han hecho el ejercicio de dictar clase en medio del calor o del frío con escasos recursos y con poca ayuda; relegamos a un frío segundo plano, los rostros del niño o de la niña que desayuna con aguapanela, que se levanta a las cuatro y media o cinco de la mañana, que lleva en su mochila o en una bolsa sus cuadernos y los zapatos en las manos debido al mal estado de las vías de acceso para la escuela.

Bajo esta problemática se mueven varios aspectos, pero vemos pertinente hablar del maestro, ese maestro que es peligroso porque es capaz de mover mentes con su mejor arma; la palabra. Las palabras son transformadoras; deciden por nosotros cuando las pensamos y pueden definir la vida de alguien si son usadas correctamente. 

Autores como Larrosa (2011) la defienden, pues según él, éstas “... producen sentido, crean realidad y, a veces, funcionan como potentes mecanismos de subjetivación. Yo creo en el poder de las palabras, en la fuerza de las palabras, en que nosotros hacemos cosas con palabras y, también, en que las palabras hacen cosas con nosotros” (párr. 3). 

El docente rural entiende más que nadie su propio contexto y sabe que con su palabra no solo educa, sino que motiva, aconseja, cuida, transforma, redibuja, etc. Desde una perspectiva más amplia, el docente rural ofrece una formación integral al estudiante desde su misma realidad con el propósito de reconocer la adversidad que se mantiene durante la formación, que, en otras palabras, es un proceso de humanización y de reconocimiento con los otros y consigo mismo.

En coherencia con lo anterior, se infiere que el profesor rural nunca la ha tenido fácil, pues no solo tiene que cargar con todas estas responsabilidades, sino que carga a sus espaldas el peso de las exigencias del Estado, el que acosa y exige al niño rural los mismos resultados que el niño que vive en la urbanidad con pruebas estandarizadas: “Se habla de una política injusta, abstracta y sin suficiente lectura analítica de las necesidades que enfrenta la escuela rural con aulas multigrados, de la ruralidad dispersa”. (Echavarría, et al, 2019, p.22). Los docentes sienten estas políticas educativas como “...discursos dominantes e impuestos desde las altas esferas y, ante los cuales, dependiendo de la situación laboral en que estén, habrá que obedecer sin reparo alguno”. Echavarría, C. et al, (2019). El docente debe sortear todo esto y en muchas ocasiones, no poseen ningún título que los acredite, pero aquello no les impide manejar un aula multigrado con diferentes edades y velocidad de aprendizaje. Los mueve la pasión y la vocación, son otro tipo de maestros. Respecto a esta formación, Echavarría et al. (2019) también afirma que “se trata de un saber encarnado, in vivo, cotidiano y de resistencia. Un saber que surge de la reflexión crítica, pero también de la adaptación a las condiciones de abandono, soledad y penurias…”. (p.18).

Pensar la ruralidad y la educación debe ser un ejercicio humanamente concomitante, podemos guiarnos desde los ideales teóricos para la reflexión y acción de la actividad docente y el cómo debe asumirse este rol dentro de las adversidades reales de los niños, niñas, jóvenes y adultos rurales. En este punto, para ir concluyendo, sería conveniente traer a colación una conceptualización desde las perspectivas teóricas de Judith Butler; quien plantea la “desposesión” que “significa una inaugural sumisión del sujeto-a-ser a las normas de inteligibilidad, una sumisión que, en su paradójica simultaneidad con el dominio, constituye los ambivalentes y tenues procesos de sujeción.” (Butler y Athanasiou, 2017, p.17). Ahora bien, relacionando este concepto junto a nuestros pensamientos sobre ruralidad y educación, podemos afirmar que el maestro, y sobre todo el maestro rural, en sus formas de ser y ejercer puede desposeer, o en otras palabras, puede someter en la medida en que se apropia del espacio, movilidad, corporalidad y de la afectividad de cada niño, niña, joven y adulto. Empero, el maestro rural también es sometido a imposiciones que lo desplazan hacia formas de gobierno superior cuyo fin es el control de la potencialidad y relacionalidad de los sujetos (neo) colonizados.” (2017, p.25-26); el maestro rural también es sometido a formas de ser y ejercer que no son propias de su subjetividad y en contraste termina empeorando el proceso humano más importante que en este caso es enseñar (para los otros) y aprender (desde sí mismo y para los otros).

No solo hay que pagar los costes laborales y los daños gracias a la guerra, la infraestructura escolar, los conflictos armados han privado de recursos a nuestro país. En lugar de gastar sus presupuestos en inversiones productivas en capital humano, desperdician dinero en gastos militares improductivos. Los conflictos armados han puesto a los niños directamente en peligro. Se calcula que entre 1998 y 2008 más de dos millones de niños murieron a causa de los conflictos armados y unos seis millones quedaron inválidos. Aproximadamente 300.000 niños han sido reclutados como soldados y enviados al frente de combate por las partes en conflicto. Y unos 20 millones han tenido que abandonar sus hogares, convirtiéndose en refugiados o desplazados internos (UNICEF, 2010a). Esto además de afectar el derecho a una.

educación digna, también afecta los derechos humanos, un niño debería enfrentarse a la guerra, ya es muy difícil que puedan asistir a la escuela por la lejanía, recursos, etc, a eso debemos sumarle que en el camino o en la misma escuela los reclutan para luchar una guerra que no les corresponde.

La ayuda internacional puede ser una fuerza poderosa y beneficiosa para los países afectados por conflictos, puede apoyar los esfuerzos de las comunidades locales para mantener las oportunidades educativas, puede proporcionar los fondos necesarios para apoyar los esfuerzos de paz y reconstrucción, y puede hacer contribuciones. Siempre que estos recursos no sean "malversados", se puede llevar a cabo la creación de capacidad. La principal ayuda debe ser reducir la pobreza y brindar más oportunidades en áreas como la educación, los esfuerzos para lograr este objetivo en situaciones de conflicto armado son dificultades inevitables, pero se pueden desarrollar nuevas estrategias.

Como pudimos apreciar a lo largo de este artículo, es fundamental que el país debe invertir más recursos en educación que en la guerra, que es sinónimo de más recursos en la vida que en la muerte. Pero esto solo es posible cuando nosotros, como sociedad, producimos un cambio cultural que garantice el derecho a la vida de todas las personas en cualquier circunstancia, y así dejar de arrebatarle los sueños a los niños que viven en la ruralidad.

Fuentes

  • Larrosa., J. (2011) Experiencia y pasión. Espacio devenir.
  • Echavarría G., C. V., J.H. Vanegas García, González Meléndez, y J.S. Bernal Ospina (2019). La educación rural “no es un concepto urbano”. Revista de la Universidad de La Salle, (79), 15-40.
  • Gonzales Vargas., L. A. (2017) Lenguaje y educación. Ecosalle. Revista de educación y pastoral educativa.
  • Butler, J. y Athanasiou, A. (2017). Desposesión: lo performativo en lo político. Ciudad Autónoma de Buenos Aires: Eterna Cadencia Editora.

 



[1] Carlos Valerio Echavarría: Licenciado en educación; magister en desarrollo educativo y social y doctor en ciencias sociales. Actualmente es director del doctorado en educación y sociedad de la Universidad de La Salle.

 


Imagen Zach Vessels on Unsplash

Boletín de noticias
Registre su correo electrónico para recibir nuestras noticias.
Escrito por
Estudiantes de la Licenciatura en español y lenguas extranjeras en la Universidad de La Salle de Bogotá, Colombia.
No hay votos aun
Estadísticas: .
María Del Rosario Cubides Reyes
Gran Maestra Premio Compartir 2006
Desarrollé una fórmula química que permitió a los alumnos combinar los elementos claves para fundir la ciencia con su vida cotidiana sin confundir los enlaces para su futuro.