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¿Una escuela de calidad, qué puede aprender de los cuentos del Gran Maestro 2019?

Un texto del Gran Rector del Premio Compartir, hablando de ‘Ángel de Luz y otros cuentos’ de Carlos E. Arias Villegas, Gran Maestro del certamen organizado por la Fundación Compartir.

Julio 8, 2019

Uno de los espacios y momentos que más agradecemos los maestros y rectores, por el alto reconocimiento que se hace a la labor y gestión de docentes y directivos, es el del Premio Compartir al Maestro y al Rector. Su rigurosidad, neutralidad y alta calidad académica de sus creadores, acompañantes, evaluadores y jurados, lo convierte en el premio que goza de mayor credibilidad en el país, por ello cuando se obtiene este galardón, la emoción quiere salirse por cada poro de la piel, y en el escenario nacional y regional, llueven los elogios, felicitaciones, entrevistas y comentarios positivos a tal punto que por un tiempo, los que tenemos el honor de recibirlo, nos sentimos con más popularidad que el mismo presidente de la república.

Durante los días previos a la ceremonia, se tiene la oportunidad de compartir con los maestros y rectores finalistas, escuchar sus emocionantes historias y ver cada una de las experiencias que ellos presentan, observando que existe tal potencial en sus trabajos o emprendimientos, que bien podría ser tenidos en cuenta por el Ministerio de Educación nacional para idear nuevos programas o mejorar los ya existentes. Dejar pasar de lado toda esta cantidad de ideas innovadoras, de propuestas que a veces se salen de lo tradicional, para ingresar al mundo de la educación pertinente y agradable, sería subvalorar el aporte que maestros y rectores podemos hacer para mejorar la calidad de la educación del país. Las postulaciones y decisión final, pasó por las manos de expertos de grandes pergaminos y calidades, ahora le corresponde al MEN, a las entidades territoriales, a la empresa privada, a las ONGs, darle el abono que se requiere para que el trabajo docente o de gestión eche sus raíces profundas en la escuela y direccione el aprendizaje hacia la formación de los ciudadanos que requiere el país y las regiones, para consolidar un proceso educativo real y significativo que nos conduzca finalmente hacia la equidad y la paz.

Una propuesta, que a la postre resultara en la noche del 10 de junio de 2019, seleccionada como la merecedora del galardón al Gran Maestro, fue la que llegó desde la Institución Educativa San Antonio María Claret del Municipio de Montelíbano en el departamento de Córdoba, acunada en las ideas afanosas de su promotor el Gran Maestro Carlos Enrique Arias Villegas, por darle a sus estudiantes herramientas activas y nacidas desde sus propios corazones, para soñar y emprender el camino hacia la construcción de su proyecto de vida, a partir de la investigación y la literatura de la propia realidad.

En uno de esos días se me acercó, quien a partir del 10 de junio es reconocido como el mejor maestro de Colombia, y me dio uno de los mejores regalos que podemos hacer los seres humanos: me donó un libro, y su importancia se multiplicó, porque además él mismo es su autor, lo cual da doble valor al obsequio, porque no solo está regalando una obra escrita, sino que entrega cada una de sus palabras y las emociones vividas a medida que van cayendo sobre el papel las letras tal como una esclarea de cartas o fichas de dominó, solo que van ubicándose con tal sentido que de ellas se puede extraer pensamientos, ideas, sensaciones y en este caso, elementos didácticos.

Ángel de Luz y otros cuentos, es el libro escrito por el maestro Arias, como él mismo dice en su portada: “Buscando la palabra perdida”, donde narra historias salidas de la imaginación pareciendo tan reales, que pudieran ser crónicas de hechos concretos sucedidos en una región que como muchas en Colombia es azotada por la violencia, prohijada, por las ansias de poder, la “cultura” del dinero fácil, y en algunos casos la intolerancia.

Me entrega el libro y en la dedicatoria me dice: “por su complicidad con la vida desde la gestión escolar”, y entonces uno comienza a buscar, cómo puedo ser cómplice de un libro para hacerlo parte de la vida escolar, cómo tomar prestado porciones de esa riqueza escrita, para convertirlo en una excusa pedagógica, que nos ayude a consolidar la Escuela de Calidad que necesitamos con urgencia, para que nuestros estudiantes sean responsables socialmente, participen del desarrollo sostenible, el medio ambiente, la ciencia, tecnología e innovación, y contribuya a su formación personal, tal como lo planteamos desde nuestra propuesta que nos mereció el galardón del premio compartir en la categoría de Gran Rector.

Los ojos cafecitos inocentes, el rostro dulce luminoso quebrado en pedazos por la detonación y después, la muerte inexorable del niño que disparó la escopeta (Arias, 2017, p 12), así finaliza el primero de los cuentos, pero a mí se me ocurre que podría ser el inicio de una clase para la inducción de docentes, esa frase encierra la misión o la derrota del maestro, cuántos niños y niñas llegan a nuestra escuela, los llenamos de conocimientos y tareas, les exigimos, sin importar lo que pasa en su corazón… les disparamos de obligaciones, regaños, y a veces señalizaciones (los marcamos), a tal punto que abandonan la escuela o no logran alcanzar un proyecto de vida, y de pronto, un día, ese niño que desde la escuela le disparamos, se convierte en el delincuente que llega a nuestra casa o a nuestra vida y nos causa daño, y entonces allí entendemos que ese fracaso es el nuestro, que esa vida perdida, es la pérdida de nuestra razón, que más que disparar lo que necesitábamos era orientar, más de señalar lo que requiere el niño es ser escuchado, más de llenar de tareas que atarean, lo que requiere la escuela es actividades con sentido y productos que desarrollen competencias.

Para desestresarme, miré el rostro de la vieja en el espejo de mano y me reí tanto como ella se reía de mí; hace rato que no conversamos de lo que pasa en la montaña (ibídem, p. 14), otra de las frases de las cuales se podría sacar provecho pedagógico, y otra vez desde el quehacer docente, el maestro debe tener la capacidad y facilidad de reírse de sí mismo, de esa forma aprenderá a ser muy tolerante frente a los intentos de los muchachos por desestabilizarlo durante una clase, el profesor debe llevar siempre a la mano un espejo para mirarse, para identificar sus fortaleza y reconocer sus dificultades, las primeras para darles realce y las segundas, no para desesperarse ni desmotivarse, al contrario para convertirlas en oportunidades; ¿que hay un estudiante que me saca de quicio cada rato?, pues entonces trataré de hacerlo amigo, le daré importancia, le buscaré su talento y lo promoveré, en lugar de llegar al salón de clase predispuesto y con el discurso preparado para cantarle sus “verdades” apenas quiera comenzar con sus ataques o inmadureces; y la otra parte de la frase es muy diciente, ¿cada cuánto hablo conmigo mismo como maestro o directivo de los que sucede en mi montaña (la escuela)? Y cuando lo hago, ¿soy lo suficientemente crítico de mí mismo, como para descubrir lo que debo corregir?, ¿tiendo a sobrevalorar los resultados?, ¿me digo que todo está bien y por lo tanto para qué hacer cosas nuevas? Con seguridad, si los maestros y directivos usáramos más el espejo para reírnos de nosotros mismos y para hablar de lo que sucede en la institución y en el proceso educativo, con una mirada de análisis y con el propósito de construir planes de mejoramiento (que no son grandes documentos, sino metas y acciones para hacer al día siguiente), estaríamos caminando con acierto hacia la escuela de calidad de la que tanto se habla, pero que muchos nos alejamos.

Cuando expresa Arias (p.18): “Cogimos por la circunvalar; es raro, ahora que lo recuerdo, porque en varios trayectos del camino sentía que iba solo y tenía que voltear a mirar a la hembra para cerciorarme de que alguien iba conmigo”, no hace más que recordarnos de la soledad de la escuela y sería una invitación a la construcción de políticas públicas educativas (Colombia es un país de planes, programas y proyectos, algunos muy buenos por cierto, pero no hay política educativa), para rodear a la escuela de herramientas y recursos que permitan prestar un servicio de calidad, y con eficiencia y eficacia. A veces nos sentimos solos; solos nos dejan los padres de familia cuando no participan del proceso educativo; solos, estamos cuando los planes de desarrollo no se concentran en la calidad sino en la ejecución de recursos; solos estamos cuando se diseña documentos como el Plan Decenal de Educación que en estadísticas, puede tener grandes ejecutorios, pero en la realidad de la escuela de pueblo, en la institución rural, en el aula común y corriente no se siente; solos estamos cuando las universidades preparan docentes en teorías y enfoques, pero poco en didáctica y práctica, pudiendo convertir las aulas reales, en extensiones de los salones universitarios, en donde aprenderían de buenos, baquianos y exitosos maestros para ayudar a la formación de los futuros docentes, esas aulas corrientes de las que hablamos, deberían ser lo que a la medicina los hospitales universitarios, para que se convierta en el laboratorio en donde el universitario de licenciatura estudie sobre la realidad, para aprender a confrontar y conciliar la pedagogía activa de Dewey con la actitud hiperactiva de un estudiante o las etapas del desarrollo cognitivo del estudiante de Piaget, con la etapa de evolución de los problemas psicosociales en los que vive a diario y afectan su formación.

En la página 20, Arias lanza una frase, que bien podría ser la sentencia de las escuelas frente a las tareas: “todo lo que no aportara certidumbre es ese tema crea inseguridad emocional”, y es que en mucho casos, las tareas se han convertido en un elemento perturbador tanto para el estudiante como para sus padres, hoy tenemos a papás haciendo los deberes escolares repetitivos, de copia y pegue, de transcripción y en ocasiones uno escucha, que en la casa se trasnocharon para poder entregar el compromiso escolar, pero ¿cuánto aporta esa tarea al aprendizaje?, ¿cuál es su importancia para evidenciar el desempeño del estudiante?. Es importante que los maestros de todas las escuelas firmen un pacto por las tareas constructivas, concretas, y efectivas, de tal forma que el niño vea el aprendizaje como una oportunidad de conocer nuevos temas y adquirir nuevas habilidades.

Así podríamos seguir encontrando en el libro de Carlos Enrique Arias, el Gran Maestro 2019, muchos argumentos para el análisis pedagógico, la discusión entre maestros, el desarrollo de aprendizajes, la construcción de ciudadanía, el debate de ideas, de tal forma que pase de ser un libro de cuentos a ser un texto sobre el cual se pueden enriquecer los aprendizajes sobre la base de historias reales o imaginarias, pero que son sentidas por los destinatarios de la educación: los estudiantes, Gracias Maestro por su valioso aporte a la educación.

La gran riqueza del Premio Compartir al Maestro y al Rector, está guardada en las miles de propuestas que han escritos los interesados en participar en el mismo, en cada experiencia, que de manera silenciosa se desarrolla en muchos establecimientos educativos y que ayudan a transformar la educación, lo que debería ser el gran pacto nacional, para alcanzar mejores condiciones de vida de sus pobladores. La Fundación Compartir y sus aliados, caminan por el sendero correcto, ahora solo falta que todos los demás actores del estado, que somos todos, miremos hacia la misma dirección y a una sola marcha caminemos hacia las escuelas de calidad, que formen en las competencias necesarias para la vida.

 


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Rubén Darío Cárdenas
Gran Rector Premio Compartir 2016
Concibo al maestro como la encarnación del modelo de ser humano de una sociedad mejor. Él encarna todos los valores que quisiera ver reflejados en una mejor sociedad.