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Vulnerabilidad social

Los contextos familiar y social de los estudiantes hacen que se genere una distancia entre las expectativas que tienen con respecto a sus vidas y lo que se espera educativamente de ellos

Febrero 21, 2017

Autor: Jaime Parra

Una de las grandes tensiones pedagógicas que se vive escolarmente es que las metas de la enseñanza del maestro y la maestra no son los motivos del aprendizaje del estudiante. Hay una gran distancia entre los  fines educativos y el sentido que le otorgan a la vida los niños y los jóvenes. Los profesores gastan considerable cantidad de energía y tiempo tratando de compatibilizar lo que les importa a ellos enseñar y lo que los estudiantes quieren hacer y aprender.

Los contextos familiar y social de los estudiantes hacen que se genere una considerable distancia entre las expectativas que tienen los estudiantes con respecto a sus vidas y lo que se espera educativamente de ellos.

A veces se encuentran modos de motivar a los estudiantes temporalmente con algunas actividades escolares pero es complicado desarrollar  intereses cognoscitivos a largo plazo, especialmente, cuando sus vidas cotidianas están repletas de conflictos sociales y económicos. La ausencia de motivos, se convierte en una dificultad para  el logro de aprendizajes. A esta falta de motivos se le une una vulnerabilidad protegida con hostilidad.

En el libro Una buena infancia (Dunn y Layard, 2011) se afirma que en los últimos años han aumentado la ansiedad y los trastornos emocionales y comportamentales entre los jóvenes. Las dificultades emocionales, depresión, ansiedad, trastornos alimentarios, etc., afectan mayormente a las niñas, mientras que los problemas comportamentales, violencia escolar, pandillismo, consumo y venta de sustancias ilegales, robo, etc., afectan a los niños.

La mayoría de las causas están relacionadas con la pobreza y la desigualdad pero también con una vida familiar conflictiva, la influencia de los medios de comunicación -entre ellos el internet- que exponen a los niños a influencias comerciales y de consumo perversas, la presión de los exámenes escolares, en sistemas de méritos totalmente competitivos y la intolerancia o exclusión entre pares. (Parra, 2013).

Wilkinson y Pickett en su libro Desigualdad: un análisis de la infelicidad colectiva (2009) señalan que la población de muchos países desarrollados, y con una desigualdad social marcada, ha experimentado un aumento sustancial en los índices de ansiedad y depresión. Entre los adolescentes, este fenómeno se acompaña de un aumento de los problemas de conducta, como la delincuencia y el consumo de alcohol y drogas.

Así mismo, los autores señalan que tras esta tendencia al aumento de las patologías psicológicas en los niños y jóvenes existe una situación paradójica: pareciera que al mismo tiempo que aumenta la ansiedad y la depresión se incrementan los niveles de autoestima. Que las personas se vuelvan más seguras de sí mismas no es coherente con el hecho de que también estén más tristes.

Sin embargo, esto sugiere que la ansiedad se deriva de una excesiva preocupación por cómo nos ven los demás y qué piensan de nosotros; ante esto surge una reacción de aparente seguridad como medio para combatir una tremenda debilidad. La desigualdad ocasiona una vulnerabilidad hostil: el estar en una escala menor de reconocimiento social   y observar a los favorecidos desde la tragedia personal ocasiona una intensa vulnerabilidad que se enmascara con  hostilidad y violencia.

Wilkinson y Pickett, en relación con los resultados de diferentes investigaciones, dicen:

Con los años, muchos investigadores que habían centrado su trabajo sobre la autoestima en el estudio de las diferencias individuales […] empezaron a detectar dos categorías de personas que obtenían puntuaciones muy altas. En una de esas categorías, la autoestima alta iba asociada a valores positivos tales como la felicidad, la confianza, la capacidad para encajar las críticas, la facilidad para hacer amistades, etcétera.

Pero además de estos valores positivos, las investigaciones evidenciaron que, con bastante frecuencia, se manifestaba un segundo grupo que obtenían buenos resultados en los medidores de auto- estima. Eran individuos que mostraban tendencia a la violencia y al racismo, insensibles a las necesidades de los demás y con malas relaciones personales. (p. 56).

La desigualdad social y económica, la inequidad educativa, mejor educación para los de ingresos altos, peor para los pobres, y un sistema educativo centrado en los resultados (pruebas masivas) más que en las condiciones de desarrollo de los niños y jóvenes hacen que surja una vulnerabilidad hostil.

La ausencia de motivos y muchos de los problemas emocionales y comportamentales que viven los niños, incluyendo el trato violento, están asociados  a los problemas que se viven al interior de las familias y de las comunidades, especialmente pobres, pero más allá de esto pareciera que la vulnerabilidad hostil se fomenta en sistemas educativos altamente competitivos e individua- listas que se centran en los resultados más que en la búsqueda de unas mejores condiciones de vida escolar. 

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