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Ampliando los límites de la conciencia humana a través de la conciencia animal

La idea que solo los humanos tienen conciencia humana no tiene fundamentos, ya que según las teorías evolutivas esta debe provenir de los animales.

Diciembre 22, 2015

Cuando Darwin demostró que las emociones humanas (al igual que las facciones, los órganos, el cuerpo, etc) derivaban de las emociones animales (en La expresión de las emociones en los animales y en el hombre 1872), los negacionistas de la evolución dieron más de un grito sobre la Tierra. En 1859 había publicado su obra magna El origen de las especies (On the Origin of Species by Means of Natural Selection, or the Preservation of Favoured Races in the Struggle for Life) pero debió esperar más de una década para atreverse a formular en detalle su poderosa idea de que la selección natural ya no solo estaba ligada a la anatomía y la fisiología sino eventualmente a la psicología y la etología (aunque esta disciplina se crearía medio siglo más tarde).

Darwin como bien nos recordó Freud en Una dificultad del psicoanálisis (1916) propinó la segunda herida narcisista -discontinuidad- al endiosamiento (excepcionalidad) humana (la primera había sido asestada por la astronomía copernicana), pero hubo de pasar más de un siglo, para que nos tomáramos en serio la idea de conciencia (lo que esta sea) animal como precursora de la conciencia humana. Y aún hoy son muchos los que se resisten a la idea de que los animales tengan conciencia, y de que la nuestra tenga algo que ver con la suya.

Hace 500 millones de años que la línea genética de los humanos divergió de la de los pulpos, por eso somos tan diferentes, y como tendemos a temer a lo diferente, la publicidad que se le ha hecho a los pulpos en la literatura (y hasta en la propia ciencia) ha sido la de monstruos chupasangres, peligrosos y destinados a ser combatidos sin mayores miramientos.

Hubo por suerte pioneros y adelantados, herejes y conversos, críticos de la idea simplista de que la mente es una propiedad exclusivamente humana, que a lo largo del siglo XX pusieron en tela de juicio el olvido de la sutura entre el animal y el hombre, hasta que finalmente en el año 2012 un grupo de neurocientíficos que asistieron a la conferencia sobre "Conciencia en animales humanos y no-humanos" en la Universidad de Cambridge en el Reino Unido, firmaron la Declaración de Cambridge sobre la Conciencia.

Desde fines del pasado siglo filósofos destacados como Douglas Hofstader y G.M. Edelman, pero también activistas, naturalistas y teólogos como Franz de Waal; Eugene Linden; Jane Goodall, Peter Singer, David Premack y muchos otros, han escrito obras notables donde muestran -especialmente en el caso de los antropoides superiores-: chimpancés, orangutanes y gorilas (con los que compartimos más del 96% de nuestros genes), la existencia de sentimientos, capacidades cognitivas e inclusive meta-reflexión.

De lo que no teníamos conocimiento y hemos sido grata pero también muy sorprendidos, es de la posible existencia de conciencia en animales muy diferentes a nosotros. Como es el caso de los pulpos o de los halcones. De este sueño dogmático nos vienen de despertar Sy Montgomery con su obra The Soul of an Octopus: A Surprising Exploration into the Wonder of Consciousness publicada hace pocos meses (y H is for Hawk de Helen Macdonald) y que además de confirmar nuestra miopía frente a las cosas que importan nos puso la piel de gallina ante la increíble cantidad de inteligencia y afecto que hay en estos “monstruos” (sobre todo en los pulpos) tan distintos de nosotros.

Como cualquiera de ustedes, sabíamos poco y nada acerca de los pulpos (el pulpo remeda metafóricamente al ornitorrinco: es un animal que alberga veneno como una serpiente, tiene un pico como un loro, y cuenta con tinta como una pluma a la antigua). Un pulpo puede pesar tanto como un hombre y estirarse tan largo como un coche, y a la vez, puede introducir su cuerpo holgado, sin huesos, a través de una abertura del tamaño de una naranja. Puede cambiar el color y la forma. Prueba los alimentos a través de su piel. Lo más fascinante de todo, es que los pulpos son sumamente inteligentes -o así se decía y como testimonio (más en chiste que en serio) se mencionaba al pulpo Paul que decía poder prever los resultados de la final del mundial de fútbol).

Pero Sy Montgomery en esta obra que dedica capítulos enteros a pulpos muy distintos como Atenea (de la que se volvió muy amiga en New England Aquarium y deploró amargamente su muerte temprana, Octavia, Kali los protagonistas de sus primeros tres capítulos), muestra que los pulpos son criaturas complejas que exhiben personalidad, inteligencia y emoción, a pesar de tener sistemas neuronales completamente distintos de los nuestros.

A través de la interacción con estas extraordinarias criaturas Montgomery comparte lo que aprendió de la ciencia y de sus experiencias, mientras meditaba sobre el misterio de la 'vida interior' del pulpo, que crecen desde el tamaño de un grano de arroz y viven, en promedio, sólo cuatro cortos años.

"Mientras se acaricia un pulpo, es fácil caer en la ensoñación. Compartir un momento de tranquilidad tan profunda con otro ser, especialmente uno tan diferente a nosotros como el pulpo, es un increíble privilegio... una conexión con la conciencia universal " dice la autora y aparte de ponérsenos la piel de gallina (nosotros que experimentamos emociones semejantes frente a nuestras mascotas), su observación nos llevó a sumergirnos en su obra para encontrarnos con sorpresas mayúsculas.

Puesto que los seres humanos experimentamos la realidad profundamente de diferentes maneras, basados en nuestras conciencias individuales, los pulpos deberían habitar una versión totalmente diferente de lo que llamamos realidad.

La constelación de complejidades que subsumen esta diferencia amplían nuestro entendimiento de la conciencia, y arroja luz sobre la noción misma de lo que llamamos un "alma”, de allí el título de nuestra columna Hace 500 millones de años que la línea genética de los humanos divergió de la de los pulpos, por eso somos tan diferentes, y como tendemos a temer a lo diferente, la publicidad que se le ha hecho a los pulpos en la literatura (y hasta en la propia ciencia) ha sido la de monstruos chupasangres, peligrosos y destinados a ser combatidos sin mayores miramientos.

Para Montgomery en el otro extremo, los pulpos representan el gran misterio del Otro. Pero más allá de las consideraciones intelectuales de la vida interior de esta criatura extraña y maravillosa, Montgomery apunta a la interacción física, corporal con un pulpo como a una experiencia trascendente en sí misma -una que pone en tela de juicio nuestras suposiciones más básicas acerca de la conciencia

Debajo del agua, Montgomery se encuentra en un estado alterado de la conciencia, donde el enfoque, alcance y claridad de percepción cambian dramáticamente.

De repente muy consciente de que los pulpos que ha conocido y llegado a amar en sus expediciones experimentan este otro mundo vertiginoso como telón de fondo básico de la existencia, considera al conjunto de las sensaciones y percepciones que hemos llegado a aceptar como la totalidad de la realidad es una gran limitante.

El océano, para ella, es lo que el LSD era para Timothy Leary, quien sostenía que los alucinógenos son a la realidad lo que el microscopio es a la biología, proporcionando una percepción de la realidad inaccesible previamente. Los chamanes comen hongos, beben pociones, lamen sapos, inhalan humo y recurren al tabaco para transportar sus mentes a dominios a los que no podemos llegar en la experiencia diaria.

A partir de sus contactos diarios con los pulpos, Montgomery llega a afirmar que el alma es la huella de Dios, y que está -spinozianamente/panteistamente presente en todas las criaturas. Por eso remata su increíble expedición a la vez naturalista y supernaturalista con una frase que habría que analizar y convertir en un mantra.

Si tenemos un alma (y Montgomery está segura de tiene una y a partir de mi contacto con los animales domésticos yo también creo haber adquirido una) entonces es más que seguro que los pulpos (y muchas otras criaturas) también tienen alma.

Las consecuencias educativas, filosóficas, psicologías y sociales de este encuentro son innumerables y deben ser debidamente sopesadas. Si como decía Gregory Batesonn los límites de mi lenguaje son los límites del mundo, otro tanto podríamos decir de nuestras interacciones más que humanas con los animales.

Solo aquellos que han sabido o querido expandir los límites de su conciencia ampliando su radio para incluir en el mismo a las personas no-humanas (países como Francia, India y el municipio de Valle de Bravo en México han promulgado leyes en ese sentido), pueden ahondar en los misterios del alma humana, un destino inesperado que proviene de la evolución y mutación del alma animal.

Referencias

Bekoff, Mark Justicia Salvaje. La vida moral de los animales. Turner, Madrid, 2010.

Linden, Eugenio Mono, Hombres y lenguaje. Madrid, Alianza Editorial, 1985.

Goodall, Jane Conversacioens con Jane Goodall. Confluencias, 2015.

Popova, Maria The soul of an octopus

Popova, Maria How a Hawk clarifies love and loss, beauty and terror, control and surrender

Singer, Peter Liberación animal: el clásico definitivo del movimiento animalista, Barcelona, Taurus, 2011.

Van der Waal, Franz El Bonobo y los 10 mandamientos. En busca de la ética entre los primates. Barcelona, Tusquets, 2014.

VV.AA. Los derechos de los animales. La Catarata , 1999.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Laura María Pineda
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