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De la escuela impertinente a las otras educaciones posibles

La escuela impertinente siempre espera a que llegue una cartilla que justifique su enseñanza dogmática, con tal de evitar pensar, de no tener que revisar sus prácticas.

Junio 15, 2016

El sistema educativo formal que conocemos en la escuela básica y media, en el que fuimos educados y seguimos educando, es un invento del siglo XIX, guiado por educadores del siglo XX y que pretende formar personas del siglo XXI. Así, resulta cuestionable que la escuela quiera ser efectiva, haciendo su labor mediante un esquema que entre otras cosas sigue centrado en la razón como único objeto de formación y por ello dedica la mayor parte de su tiempo a un cuestionable ejercicio de transmisión de contenidos, además fragmentados en asignaturas.

Estas se enseñan con radical indiferencia entre una y otra, pero además subdivididas en unidades sospechosas, para lo cual algunos educadores aún emplean un parcelador que es el dispositivo mediante el que van «dosificando» contenidos a los educandos. Desde ese asignaturismo e instruccionismo, lo demás en la escuela pareciera cuestión de domesticar el comportamiento de los aprendices a través del ejercicio permanente de control, exclusión y castigo de todo lo diferente.

Por derivación, la escuela también suele reducir el trabajo formativo a la instrucción «por temas», desde la cual el ejercicio docente se convierte en una presunta simpleza: todo consiste en que el docente llegue a un establecimiento educativo y le entreguen una lista de contenidos que él a su vez, deberá dosificar a los estudiantes.

Obedeciendo a esa lógica, en muchos ambientes escolares aún se habla de «dictar» clase, perpetuando la idea del maestro como poseedor de LA verdad (estaría licenciado para dictarla), de que puede obrar como dictador, por el poder y la autoridad que le conferiría el hecho de ser dueño de UNA verdad, que no solo pretende ser la verdad sobre unos temas, sino sobre el destino de las personas «bajo» su responsabilidad.

A partir de esos imaginarios, en la cotidianidad escolar el estudiante se ocupará de sortear el fundamentalismo con que el docente exige dar cuenta de los contenidos (como si en la educación básica y media se formaran especialistas), a través de dos procesos: memorizar y mecanizar. Si el educando logra persistir o ingeniarse las trampas para hacer parecer que puede recitar temas y mecanizar procedimientos durante un poco más de una década, recibe su título de bachiller, que lo habilita en ese orden de ideas, para engrosar la lista de mano de obra no cualificada o para ir a buscar un lugar donde sí le enseñen para qué sirve lo que aprendió y cómo puede devengar sus ingresos en ese oficio.

Ahí tenemos una típica escuela impertinente, que no responde a los desafíos de las personas reales que le son confiadas, una academia que no dialoga con la cultura popular (de donde proviene la gran mayoría de estudiantes en nuestra Patria) sino que la menosprecia y se le impone, actuación que hace entendible la resistencia de los niños, niñas, adolescentes y jóvenes a aceptar unos saberes académicos por los que no se sienten aceptados, lo que en consecuencia lleva a que la comunidad educativa descargue todo el peso de su fracaso en ellos solamente.

Esa escuela impertinente priva a sus educandos del acceso al conocimiento y de posibilidades de desarrollo, para luego rechazarlos por ignorantes, incompetentes o maleducados; se centra en el ejercicio de la supervisión y la punición, haciendo de las escuelas en lugares de encierro infantil y juvenil, por lo que pierden su sentido como dispositivos para la emancipación del espíritu humano.

La escuela impertinente siempre espera a que llegue una cartilla que justifique su enseñanza dogmática, con tal de evitar pensar, de no tener que revisar sus prácticas. Por eso allá todo llega tarde, no solo las personas, sino la información, la reflexión, los descubrimientos, la vida misma y su dinámica cambiante.

Tristemente hay que llenar la escuela impertinente de «proyectos transversales» que enseñen lo esencial para vivir dignamente y felizmente (conocimientos, valores, habilidades) en comunidad, porque en el plan de estudios, cuya ejecución ocupa la mayor parte del tiempo ¡no hay espacio para la vida! Por eso es que a la escuela impertinente le resulta ajeno lo público y lo ciudadano, dedicándose a disciplinar o domesticar en vez de enseñar a convivir y a hacer gestión política con enfoque de derechos, en solidaridad con los más vulnerables.

No obstante, algunas alternativas pedagógicas se ofrecen como un abanico de posibilidades más pertinentes. Algunas de ellas son de reciente factura y están aún en vías de desarrollo, mientras que otras vienen tocando hace años a las puertas de la escuela sin ser atendidas.

Todas fueron emergiendo no de los escritorios, sino del trabajo tesonero de maestros y maestras que pusieron en cuestión sus prácticas, reflexionando sobre ellas de manera crítica, rigurosa y sistemática, como resistencia a la impertinencia de la escuela, ante la que se hicieron, entre otras, preguntas como: ¿Hacia qué horizontes educar?, ¿cómo diseñar un currículo que apunte a los horizontes elegidos?, ¿cómo concretar esos idearios pedagógicos en la cotidianidad del aula?

En relación con el horizonte al que apuntan diversas tendencias pedagógicas globales, es claro que le vienen apostando a la formación basada en competencias, que busca desarrollar con el educando una compleja estructura de atributos necesarios para el desempeño en situaciones diversas donde se combinan conocimientos, actitudes, valores y habilidades con las tareas que se tienen que desempeñar en determinadas circunstancias. Aunque es un concepto que desde las pedagogías críticas ha sido cuestionado por su proveniencia del mundo empresarial, desde ellas mismas se ha venido trabajando por una asunción creativa del modelo, que preserve lo humano de la educación y que genere factores de resistencia a una versión mercantil de lo educativo.

Pero ese horizonte curricular requiere de una nueva manera de diseñar la vida de las escuelas, tal vez más ocupada del desarrollo de los sujetos estudiantes que de la instrucción de los mismos, convirtiéndolos realmente en el centro de la educación y logrando que la información deje de ser el centro, para convertirse en una herramienta de formación.

A partir de esas consideraciones, en la actualidad cobran mucha fuerza las tendencias a diseñar el currículo y su plan de estudios alrededor de las dimensiones o ámbitos de formación de la persona, que vienen a ser los ejes alrededor de los cuales se articulan y hacen sinergia las diferentes áreas obligatorias y fundamentales que consagra la Ley General de Educación, como es el caso colombiano. Así, se propende entonces por currículos integrados e integradores, donde ante el reto de la complejidad que revisten los problemas que la educación debe resolver, las diversas disciplinas se asocian de diversos modos para aportar lo específico.

Paradigmáticamente la educación preescolar ha ido a la vanguardia de este estilo de diseño curricular, demostrando cómo sin fragmentar la información en áreas o asignaturas, se puede promover el desarrollo integral de los estudiantes. Otro tanto ha ido ensayando la educación superior, pero los niveles de básica y media aún tienen brechas por superar.

En lo referente a estrategias didácticas que permitan llevar al aula una formación basada en competencias desde un currículo integrado, hoy se apuesta por las fundadas en la investigación, llamadas a educar epistemológicamente la curiosidad natural de los educandos, es decir, a ofrecer métodos de indagación sistemática para dar solución a problemas del contexto real.

Podrían explicarse sintéticamente desde el siguiente principio: una persona demuestra que es competente resolviendo determinados problemas y articulando críticamente conocimientos provenientes de diversas disciplinas en la solución; así se tiene que múltiples experiencias han validado la eficacia de estrategias como el aprendizaje basado en proyectos, el aprendizaje basado en problemas y la misma investigación como estrategia pedagógica, un constructo colombiano que a través del Programa Ondas de Colciencias está siendo el de mayor difusión a lo largo de nuestra Patria.

A guisa de conclusión, diremos que la pedagogía y las ciencias de la educación, así como los maestros de aula, hemos detectado los problemas que hacen de las nuestras unas escuelas impertinentes; sin embargo, esas mismas fuentes nos han ido mostrando el arduo camino pedagógico que se debe emprender y retomar para ser más pertinentes. De ese modo, tal vez nuestras escuelas no tengan que seguir viviendo cien años de aislamiento y tozudez  para tener una nueva oportunidad en Colombia, tal vez los discursos alternativos puedan llevarse al aula y tal vez el aula se atreva a decir su propio discurso, porque ¡otra ciudadanía desde otra escuela sí es posible!

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Directivo Docente. Coordinador en la Institución Educativa Antonio Nariño. Cúcuta, Colombia.
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Fabián Moisés Padilla De la Cerda
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