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Educación y memoria

El reto no está en decretar la enseñanza de la paz, sino en diseñar un currículo escolar capaz de hablar del conflicto armado y de las víctimas desde un enfoque territorial.

Agosto 17, 2019

Esto no implica diseñar un currículo que contenga la totalidad de los hechos violentos del conflicto armado colombiano, pues al igual que en el cuento de Borges, “Funes el memorioso”, tal dimensión de la memoria nos impediría pensar, movernos, tener vida.

Así, la escuela debe estar en capacidad de diseñar currículos flexibles según los territorios. Es en este punto en el que la memoria histórica puede ser una herramienta fundamental, no como un contenido del horror o como un espacio que abra nuevas heridas. Al contrario, debe funcionar como un medio que permita a los estudiantes comprender los hechos que tuvieron lugar en su región, por qué sucedieron y qué relación tienen dentro de una dinámica más amplia de país.

Además de un enfoque territorial, las rutas metodológicas deben incluir a los estudiantes como sujetos activos y cargados de historia, es decir, romper con la noción de un relato histórico soportado en los grandes próceres de bronce o los políticos que protagonizan escándalos y debates a nivel nacional. No se trata entonces de llenar a los estudiantes de contenidos, sino de invitar a construirlos con ellos. De manera que en dicho proceso se complejice la noción de historia y las implicaciones de tener un solo relato que tenga la pretensión de ser total.

Es en este punto donde juegan un papel protagónico las Secretarías de educación, no como las llamadas a construir los contenidos, sino como las articuladoras de iniciativas y metodologías. Así, dichas Secretarías tendrían la responsabilidad de dinamizar ese banco de experiencias, permitiendo que los profesores, según sus necesidades e intereses particulares, puedan acercarse a este y tomar los insumos que consideren oportunos.

Por otra parte, es importante que las Secretarías de educación promuevan la inclusión de estos contenidos en los colegios, no solo con los profesores, sino con los rectores de las instituciones tanto públicas como privadas. Sin embargo, estos espacios no se pueden limitar a la venta de recetas y herramientas prediseñadas desde Bogotá, donde los colegios encontrarán la fórmula para cumplir con el decreto que estableció la Cátedra de la paz.

Esto último ha generado malestar e incluso rechazo por parte del magisterio con la llamada Cátedra de la paz, pues como suele suceder con el diseño de políticas públicas, esta se planteó sin consultar las regiones y, lo que es peor, sin escuchar a los profesores, que son los encargados de su ejecución.

Sería un acto de reparación que la administración pública lograra reconocer y hacer visible experiencias de docentes en territorios afectados por la violencia. No se trata de que los centros de poder vuelvan la mirada sobre la periferia para decirles cómo deben pensarse, sino reconocer los conocimientos que por décadas vienen acumulando estos territorios.

El registro de estas experiencias no debe limitarse, de manera exclusiva, a la forma en que se reconstruyó el horror, también debe revelar mecanismos de resistencia de las comunidades; se debe tener un banco de experiencias y acciones concretas de paz que permitan pensar en una generación para la que la guerra no sea una opción, una generación capaz de decir, con conocimiento de causa: ¡Nunca Más!

 


Photo by Priscilla Du Preez on Unsplash

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Maestro nominado al Premio Compartir al Maestro versión 2015-2016.
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Luis Fernando Burgos
Gran Maestro Premio Compartir 2001
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