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El arte: más allá del sentido común

¿Quién no ha oído la famosa frase “entre gustos no hay disgustos”? Posiblemente es uno de los conceptos más recurrentes cuando se desarrolla una discusión sobre estética. 

Enero 23, 2018

Y aunque haya algo de cierto, tomarlo como verdad absoluta genera una confusión que afecta los procesos de aprendizaje dentro de las disciplinas relacionadas con lo estético, por cuanto de manera implícita supone que “todo vale”.

La frase se convierte así en un comodín que excusa muchas carencias en los juicios de los espectadores o en la ejecución de ejercicios creativos. Este concepto se basa en una individualización extrema de la experiencia estética que desconoce la existencia de pautas colectivas que conforman la práctica artística, tales como normas, esquemas y modelos, y excluye, por ejemplo, las reglas de composición que subyacen tras una pintura, una escultura, una toma, una melodía, o el manejo de una técnica particular que resultan indispensables para imprimirle la idea a una manifestación artística.

Suele suponerse, de manera errada, que en el aprendizaje del arte la voluntad individual y la inspiración, tienen mayor valor que el entrenamiento constante y el conocimiento de las “reglas del juego”.

No se trata de unificar de manera rigurosa lo que nos gusta, o los procesos de creación, algo ciertamente descabellado e imposible, sino de tener presente que la apreciación estética, así como la creación son educables, y que aunque el gusto no se puede imponer “institucionalmente” desde la escuela, esta desempeña un papel preponderante en la modelación de criterios estéticos.

Para ello es necesario conocer el bagaje de la disciplina que se pretende enseñar y obliga a que los maestros de plástica, danza, música, teatro o cine, conozcan los códigos del campo del arte. Enseñar arte implica destrezas y conocimientos de una naturaleza diferente a aquella de la pedagogía de disciplinas más cercanas a los procesos racionales y distanciadas de la sensibilidad, pero no es sinónimo de falta de disciplina ni de irracionalidad.

Cuantas más herramientas se conozcan en el proceso de enseñanza-aprendizaje, mayores serán las posibilidades que podremos brindar a nuestros estudiantes para que sean más reflexivos, críticos y conscientes respecto a sus gustos y los de otros. Desafortunadamente las artes suelen hacer presencia en la escuela, más como herramientas para acercar a los estudiantes a los conocimientos de las diferentes áreas, que como disciplinas que tienen su propio lugar y espacio para enriquecer el mundo con otras maneras de simbolización y de construcción.

No se tiene en cuenta que estas son una manera de pensar, de transmitir ideas y conceptos utilizando las formas para llegar al espectador. Apoyarse en los recursos que brinda el arte no tiene nada de malo, pero frecuentemente solo son vistos como ayudas y es poco común encontrar que el trabajo se enriquece con un análisis de los elementos plásticos y estéticos. Esto hace que la práctica pedagógica, de manera ingenua, recurra a herramientas de una disciplina a la que finalmente no le da el valor que tiene en sí misma.

Debo aclarar que la enseñanza del arte puede y debe apelar a recursos de otras áreas, pues lo contrario implicaría la negación de un principio del pensamiento humano que es la capacidad de representación y de construcción de sentido y significado del mundo a través del pensamiento simbólico. Así como se usan las artes para enseñar matemáticas, se puede enseñar el gusto visual apoyándose en herramientas de otras disciplinas, por ejemplo la geometría en procesos de composición o la historia en los ejercicios que pretenden contextualizar a los estudiantes en cuanto a las motivaciones que en un tiempo y lugar determinado llevaron a un artista a proponer una obra en particular.

De alguna manera esto quiere decir que la estética, el gusto y el arte en realidad necesitan de los demás códigos para existir, y aprovechando la metaforización la enseñanza del arte podría ganar mucho. Sin olvidar, por supuesto, que lo que se pretende enseñar son las artes. Es pertinente entonces preguntarse si estamos enseñando a observar, si preparamos a nuestros estudiantes para sentirse conmovidos con las manifestaciones artísticas, si se les ayuda a entender sus propios gustos, si realmente entienden lo que ven o si son capaces de expresarse con los códigos propios del arte.

Enseñar a ver, y enseñar a entender lo que se ve, y estimular los procesos de percepción, por ejemplo a partir de comparaciones, análisis de imágenes, juegos con formas, colores y superficies es una tarea ineludible de la escuela. En una correcta ejecución de ejercicios plásticos donde se enseña también el manejo de herramientas, se van dando a conocer elementos que posteriormente servirán para el entendimiento de lo visual, ya no desde el ejercicio creativo, sino desde el rol como espectador.

Es muy importante enseñar procesos de percepción donde entra la posibilidad de educar el gusto; procesos de ejecución donde se recurre al manejo de herramientas propias de la disciplina; procesos de análisis y pensamiento donde se desarrolla la capacidad de trabajar a partir de ideas, y procesos de expresión donde se reúnen los elementos anteriores y se transforman de manera simbólica en productos estéticos.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Gustavo González Palencia
Gran Maestro Premio Compartir 2008
ogré incentivar en niños y jóvenes el gusto por la música y la ejecución de instrumentos musicales.