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El hombre solitario y sus peligros

Lo que disminuye la vida son los valores que rigen nuestra época, por eso la educación es liberadora.

Enero 27, 2019

Nietzsche toma posición ante la derrota de Francia y la “victoria” militar de Prusia en 1870, señalando que en este hecho realmente se ha derrotado el espíritu alemán a favor del imperio alemán. El espíritu alemán ha sido derrotado por el racionalismo económico, el positivismo (hechos), el discurso científico y la opinión pública, puesto que la nueva cultura gracias a la modernización de la sociedad y a la industrialización, le da un lugar privilegiado a la información y a la razón, limitándose a respetar los hechos, en lugar de construirlos bajo la vanguardia y vigilancia de la opinión pública. Es el mundo moderno del filiteismo, lo que es contrario al verdadero hombre culto, pues aquel se auto engaña creyéndose hombre culto, sí se comprende la cultura como el “dominio del arte sobre la vida” y el equilibrio entre arte y ciencia lo que lleva a la noción de cultura superior (Diego Sánchez Meca-Introducción III, 2011). En la introducción de las obras completas de Nietzsche, Diego Sánchez Meca señala que, para el filósofo, la obra de Schopenhauer contribuye a una mejor comprensión de uno mismo, cuando los hombres “buscan una filosofía para su vida”2 y se alejan de la idea de la erudición y de la memoria.

Con este planteamiento, una obra como la de Schopenhauer se convierte en inactual porque se opone al saber y a la ciencia en uso, lo que significa que vencido el tiempo dentro de sí, se convierte dicha obra y su pensador genial en un ejemplo para quienes quieren educarse. En la figura del filósofo como ejemplo, guía y referente de vida y en la cuestión de la educación para la cultura, se traza el provenir de nuestras escuelas, intempestiva que toma en consideración la crítica a la historia como visión científica del nuevo orden social, de la industrialización política y moral del hombre moderno. De ahí la inactualidad en Schopenhauer en lo que tiene que ver con las instituciones educativas, sobre todo en la crítica a la universidad y al filósofo como funcionario pago por el Estado. Esa inactualidad se expresa en este guía y pensador en la vida solitaria que lleva, en la independencia y en la consagración al pensamiento, ideal ya perdido en el mundo de hoy, dice Nietzsche, donde sucede todo lo contrario, pues se ha construido en la universidad moderna: ruido, tumulto, dependencia y opinión.

Puesto que la educación, tal y como la pensamos hoy, se dirige a entrenar, adaptar e integrar a los niños y a los jóvenes al sistema escolar, sin preocupación por la existencia colectiva e individual, casi una vida sin pensamiento, con la cual se logra imponer la mediocridad sobre lo potencial, señala Nietzsche que: “Ese filósofo educador con el que yo soñaba no sólo sería capaz de descubrir la fuerza central, también sabría evitar que ésta actuase de forma destructiva contra las otras fuerzas: su tarea educativa consistiría más bien, a mi parecer, en transformar al ser humano entero en un sistema solar y en un sistema planetario dotados de vivos movimientos, y en conocer la ley de su mecánica superior” (Nietzsche. I, 2011; 753). Pues, lo mejor, lo excepcional, lo genial que puede ser desarrollado en un ser humano, no debe bajo ninguna prescripción anularse, arruinarse, seducirse, ni enfermarse por efecto de privilegiar el cumplimiento de la ley y su sometimiento bajo la idea de una carrera profesional y un puesto en la sociedad.

Acusación manifiesta que le hace el filósofo alemán a los profesores que tienen que ver con lo que representan en el mundo de la cultura, cuya negatividad por querer encarnarse a sí mismos, encarnarse en sus métodos, cultivar la erudición y convertirse en sabio científico, pone en peligro el saber de la cultura en la universidad: la filosofía, el arte y la ciencia convertidas en charlatanería conduce a la formación del filisteo culto, evitando a toda costa el surgimiento de la excepción en el campo de la educación, tan necesaria para hacer que renazca el ejercicio de pensar en un tiempo porvenir, situando a los estudiantes en una experiencia de continuidad entre el yo y el mundo, entre el espíritu y la naturaleza a través de la cultura, que no es cultivo, únicamente.

Lo que verdaderamente somos, lo que no está oculto sino elevado por encima de lo que generalmente consideramos como nuestro yo, es la condición del ser humano solitario que se critica y se distancia de la comodidad, de la inercia, de la pereza y del miedo, grandes peligros que se viven ante la actitud de sinceridad y la necesidad de ser sí mismo; el hombre solitario al despreciar tales actitudes no reconoce ni acepta que algo le falta, por el contrario piensa que esas limitaciones que impone, por ejemplo, la opinión pública implican un peligro en cuanto solo nosotros mismos podemos responder por nuestra existencia, tener la conciencia de esa existencia atrevida y peligrosa y poner en cuestión la dependencia de dicha opinión, sin aceptar que ya estamos perdidos en ella; ya que, de lo que se trata, es de encontrarnos nuevamente a nosotros mismos y son los profesores los que verdaderamente pueden ser guías del ser humano cuando descubren el verdadero sentido y la materia fundamental del propio ser de sus estudiantes, ineducables e inmoldeables por naturaleza, señala Nietzsche. En esta perspectiva los profesores al descubrirse liberadores, al mismo tiempo descubren que el secreto de la educación es la libertad y su apuesta contribuir a liberarnos de nuestro propio yo.

Nietzsche recuerda a Schopenhauer como su maestro, aunque nunca lo conoció físicamente, sólo a través de sus libros, de su filosofía, de su talante, de su lucha. Un maestro en el decir de Nietzsche es un acontecimiento en nuestra vida, es un acontecimiento poder educarse a sí mismo gracias al encuentro con un verdadero filósofo, porque los principios que lo determinan pasan por: conocer el punto fuerte verdaderamente propio de sus discípulos, orientarlos en su propia fuerza hacia ese mismo punto fuerte que lo singulariza., ayudarlo a que alcance de manera genuina, fecunda su fuerza estimulándolo para que la cuide, se relacione con ella, evitando que se debilite. Que la pereza, el miedo y la opinión no actúe sobre ella destruyendo lo que tiene de central y productivo, impidiendo que el orfebre sea orfebre por imponerle ser músico (Nietzsche, 2011).

Esta apuesta del maestro, que no es otra que la de transformar al ser humano en un “sistema solar”, serio y riguroso tiene presente por ejemplo que hablar y escribir es una cuestión de las artes, y que estas artes no se adquieren sin una dirección cuidadosa, esforzando el aprender por la dificultad de educar a un ser humano para que se convierta en ser humano. Entonces la elevación de un maestro está en elevar a su discípulo por encima de sí mismo, de su insuficiencia, que es artificial, y enseñar de nuevo el pensamiento y la vida por lo que ella tiene de sincero y de intempestivo. Schopenhauer con sus afirmaciones es aceptado por Nietzsche como su maestro, pues es quien lo saco de sus apuros, de sus necesidades, de sus deseos, y puesto que fue un lector juicioso y estudioso de su pensamiento, se entrega con alegre confianza a quien sabe; pues sabe que a nadie le gusta ser engañado, ni engañarse, ser objeto de mentiras, objeto de seducción, dado que el engaño es la peor humillación y afrenta a la que se puede someter un ser humano auténtico. Al engañar se está seguro solo de las palabras inmodestas, necias, engreídas y efímeras de los filisteos cultos, pues un maestro nunca engaña.

Es posible que seamos objeto de su rudeza, de su crueldad, de su aspereza, pero nunca seremos engañados por el maestro filósofo, porque es “señor de sí mismo”, ya que en sí mismo halla su casa, y esa casa es rica, vigorizante y llena de candidez. Cómo enseña a no añorar, otro de los grandes peligros del pensador auténtico y genial, eleva en su escritura la apuesta por la vida, sereno porque alegra y reconforta dada su sencillez, coraje, fuerza y seguridad puesto que combate diariamente sus monstruos y demonios. No engaña ni seduce. Esta alejado de la serenidad seductora del filisteo. Otra de sus cualidades es la constancia. Aquí Nietzsche señala sobre Schopenhauer como este maestro y filósofo que andaba buscando y que encontró en forma de libro, es importante en su vida porque en la justa medida está en condiciones de dar ejemplo.

Y, ¿qué es dar ejemplo? Sólo se da ejemplo mediante una vida visible y no solo con los libros, pues esa vida visible se ve en su rostro, en su actitud, en su vestido, en su comida, en sus costumbres, junto con las palabras y con la escritura. Esto lo hace un espíritu libre porque demuestra que vida visible es lo mismo que vivir una vida valiente y filosófica demostrándolo una y otra vez a cada paso. Así se halla en Soledad, sin sufrir de soledad, porque aspira a la independencia lo que es una audacia en la vida, viviendo así porque sabe los peligros que la acechan: el peligro del aislamiento, la limitación, la añoranza, la contemplación. Peligros con los que tiene que luchar y de los que debe salir sano y erguido a pesar de las cicatrices, de las heridas abiertas y de los sufrimientos. Porque este gesto conduce a una singularidad productiva es que lucha cuando tiene que ver no solo consigo mismo sino con sus estudiantes al educar en contra de nuestra propia época, abriendo un espacio para que circule un aire que permita respirar en la vida moderna, la cual está llena de desasosiego, de relaciones de separación, de vida dividida.

Muestra entonces, Nietzsche como nos movemos en relación con tres imágenes del ser humano: el Hombre de Rousseau, el Hombre de Goethe y el Hombre de Schopenhauer. El hombre de Rousseau es una fuerza que provoca revoluciones socialistas, hallando la naturaleza buena cuando aprende a despreciarse a sí mismo, extrayendo y encontrando en él lo más noble y extraordinario que tiene, de allí porque se convierte en un hombre amenazador. Mientras Goethe muestra que se trata en la cultura del hombre contemplativo de elevado estilo, quien va de deseo en deseo, más bien un ser humano conservador y conciliador que un ser humano activo; cuando dibuja su hombre en la figura de Fausto, se trata de dar forma a un hombre liberador del mundo, viajero, espectador insaciable, cuyo principal peligro lo convierte en filisteo y se entrega al diablo. En cuanto al hombre de Schopenhauer-filósofo, quien toma el sufrimiento sobre sí, como acto voluntario, veraz en el auténtico sentido de la vida se convierte en profano porque la vida afirmativa, diferente, elevada, no superior, valiente que lleva, lo hace vivir una vida heroica por la dificultad y el combate en el que se vuelve el vencedor de sí mismo, y esto es justo lo que lo convierte en educador. Vida heroica porque desprecia el bienestar y el malestar, no espera nada y no tiene esperanzas. Su fuerza está en el olvido de sí mismo.

Cuando el maestro filósofo piensa en sí mismo, entonces toma distancia de su elevada meta y baja hasta el mismo y mira, se transfigura, cambia de forma, se desvanece y amanece un nuevo día. Al ponernos fuera de nosotros mismos el maestro nos eleva y sitúa cerca de la meta de tal manera que al educarnos mientras ascendemos, nos muestra las metas que son sencillas, concretas y próximas usando los medios que tiene a su disposición, advirtiendo los peligros por nuestra indisposición ante las cosas difíciles. Al dejar de animarnos a seguir siendo seres humanos comunes y corrientes, advierte que hemos de pasar por el desierto en la tierra, y que esto no está hecho para los seres humanos de ánimo temeroso ante el silencio y la interiorización, pues la debilidad del carácter, la falta de estilo, gusto y dignidad son las premisas del egoísmo del propietario, del egoísmo del Estado y del egoísmo del docto. Entonces, la condición de la jovialidad o elevación es indispensable en un ser humano auténtico si quiere formarse, pues la formación implica la soledad lo que requiere mucho tiempo de preparación, al poner metas más allá del dinero y la propiedad.

En síntesis, el egoísmo detesta la larga preparación, pues en una palabra tiene necesidad de una educación docta, una limitación patriótica, una necesidad de ganarse el pan y de relacionarse con el Estado, entonces la libertad y la soledad, que solo pueden expiarse mediante las grandes obras convierte a un ser humano en un genio, y el egoísmo lo convierte en un ser humano corriente que limita la potencia de su singularidad, en favor del interés que se mide en la mayor cantidad de ganancia y felicidad que pueda ser producida, exigiendo una formación común a todos para que sirva como un medio que le permita convertirse, en el menor tiempo posible, en un ser que gane dinero, valorando la cultura solo sí es de interés en función de la adquisición de propiedades “…el ser humano tiene una aspiración necesaria a la felicidad terrenal, y necesita la formación para realizar esa aspiración, pero ¡eso sí, exclusivamente para eso!”. La soledad en tanto estado de vida, implica una formación que lleva consigo la dificultad de los difíciles parajes que hace de ésta un camino necesariamente largo, eliminando los valores que disminuyen la vida, la melancolía y la depresión.

Lo que disminuye la vida son los valores que rigen nuestra época, por eso la educación es liberadora, educa contra nuestra época, contra sus valores, afirmando la vida, pues este contra no es de oposición destructora sino de creación, luchando en esta nuestra época, la que está muriendo y nosotros con ella, sí somos capaces de educarnos y entenderla para imaginar y crear una nueva, actitud difícil sí primero no potenciamos la vida, estimulamos sus fuerzas, la excepcionalidad de la existencia, lo intempestivo, constituyendo modos de ser singulares.

Referencias bibliográficas.

  • Nietzsche, F. (2011). Consideraciones intempestivas. En F. Nietzsche, Obras completas (Vol. I, págs. 626-860). Madrid: Tecnos.
  • Nietzsche, F. (2011). Obras completas (Vol. III). Madrid: Tecnos.
*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Sandra Cecilia Suárez García
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