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El maestro investigador y la dignidad profesional

Una visión del docente como sujeto pedagógico

Abril 19, 2018

En la actualidad asumir al maestro como sujeto pedagógico significa reconocer en él su condición humana, una condición cargada de simbolismo, de representaciones, de imaginarios que se hacen evidentes gracias al lenguaje y a las diferentes formas de comunicación, que como construcciones de su espíritu y de su acción como sujeto, se vuelven herramientas de conocimiento del mundo y posibilidad de constitución de la diversidad de mundos que se presentan en la escuela.

En este sentido, el maestro como sujeto pedagógico se constituye en relación con una práctica y con un discurso educativo, donde la acción pedagógica es productora de sujetos en un proceso de mediación con otros sujetos. Esta mediación se realiza por medio de una amalgama de significaciones y sentidos que orientan y determinan las acciones y dinamizan las relaciones entre el sujeto maestro, el sujeto estudiante y el mundo.

El maestro como sujeto pedagógico incursiona, entonces, en la dimensión cultural y comunicacional como formas de constitución del mundo escolar. Es decir, el maestro reconoce la fuerza de la subjetivación como elemento fundamental del proceso de humanización que debe realizar la educación y la formación; iniciando así un camino que debe ser recorrido por él como educador y por los estudiantes –niños, niñas y jóvenes, en el que reConocen la posibilidad de recrear y crear diferentes espacios culturales y ser creadores de sí mismos y de nuevas experiencias.

En este contexto, el sujeto pedagógico tiene el deber de explicitar y argumentar la relación que se teje entre el educador, el estudiante y el conocimiento, vínculos que permiten construir las complejas situaciones educativas. Estas situaciones y circunstancias requieren de una pedagogía que haga explícitos los elementos y el orden de las acciones, y que se constituya en una estructura significante que articule los sentidos de los sujetos con los contextos culturales, que inculque una manera particular de ser y estar en el mundo en un tiempo histórico determinado.

En esta perspectiva, el maestro como profesional de la educación se constituye por excelencia en sujeto de experiencia que desarrolla no sólo una acción, sino que en un proceso reflexivo construye sentidos que le permiten entender la acción pedagógica como una acción social para la diversidad y la multiplicidad de formas de aprendizaje.

El maestro, entonces, se sitúa en una relación en la cual el sujeto materializa su experiencia en la vida cotidiana desde tres dimensiones: la cognitiva, que incluye las nociones que permiten al sujeto organizar su experiencia; la práctica, que establece las relaciones con los otros, con la naturaleza y las cosas; y la identitaria, que sitúa al sujeto en una relación de su subjetividad con la subjetividad del otro (Alian Touraine). Así, el maestro se posiciona como actor, con el poder de modificar su entorno material y social, de insertarse en unas relaciones sociales y transformarlas.

De este modo, la experiencia del maestro otorga a la escuela el sentido de vincular y rodear a los niños, a las niñas y a los jóvenes del ambiente cultural que les permita apropiarse de las herramientas fundamentales para insertarse en los diferentes grupos, enriqueciéndose en la diversidad y en la diferencia; para elegir y recorrer sus diversos caminos y dotar de sentido su relación con el mundo y con los otros.

El Maestro como sujeto investigador

Un maestro que se asume como sujeto pedagógico, sujeto social y sujeto de conocimiento se convierte -gracias a su capacidad de creación y transformación-, en maestro investigador.

Un maestro investigador tiene vocación y compromiso con el saber; es capaz de establecer un diálogo entre los saberes universales y locales, entre los saberes de los estudiantes y los de sí mismo, entre las formas discursivas académicas o disciplinares y las formas discursivas de los estudiantes, apropiados, en muchas ocasiones, de los medios masivos de comunicación.

 Un maestro investigador no desfallece frente a la apatía, la rutina y el desencanto que a veces rodean al mundo escolar. Su objetivo superior es plantar la semilla de la curiosidad científica, del asombro en cada niño, niña y joven, reconociendo que su acción está orientada a la formación de sujetos libres ya la construcción de nuevos mundos y nuevos proyectos de vida.

La investigación con mayor pertinencia en la escuela y que el maestro investigador podría desarrollar con más compromiso es la investigación aplicada, también conocida como investigación activa.

Ésta busca interesar al maestro en el estudio y la aplicación de la investigación a los problemas educativos, a los de la escuela, del aula de clase y de la comunidad externa. Propone mirar con agudeza las relaciones cotidianas que se tejen entre estudiantes, estudiantes y docentes, docentes y directivos docentes, padres de familia y directivos y educadores.

La investigación aplicada tiene un alcance local y a veces regional, y sus resultados no siempre se pueden extrapolar al plano nacional'. Se puede decir que la validez de este tipo de investigación es restringida a las instituciones escolares, pero que sus procesos desbrozan el camino para investigaciones de mayor alcance. Así mismo, permite que maestros y maestras inicien un proceso de extrañamiento de su cotidianidad, punto de partida para toda mirada científica.

En el día a día en las instituciones educativas de la Capital ocurren diversos y variados episodios; son más de un millón de estudiantes en relación constante, que ponen en juego muchas formas de ser y estar: es preciso que ojos expertos las observen e investiguen con detenimiento.

La investigación aplicada o activa tiene compromisos explícitos con el cambio de la realidad local, y de ahí nace su pertinencia, pues no se realizan investigaciones en el aula o en el ámbito escolar sólo para enriquecer las teorías, sino, fundamentalmente, para modificar y transformar las relaciones, para mejorar el trabajo docente, para hacer que los estudiantes asistan a la escuela y que no deserten del conocimiento y del aprendizaje que allí se les propone. La investigación activa debe hacer emerger a la superficie las causas de cierto desencanto que se observa en maestros y estudiantes.

El maestro investigador tiene la capacidad de reflexionar sobre sus formas de acción y sus relaciones para convertir el aula de clase en un espacio de indagación donde se construye el saber de modo colectivo, en un laboratorio de preguntas que reconstruye las explicaciones del mundo desde la experiencia y la teoría, con lo que se replantean imaginarios, y por tanto, se promueven nuevas formas de relaciones escolares que se tejen desde los procesos de formación integral.

En el Instituto para la Investigación Educativa y el Desarrollo Pedagógico, IDEP, estamos trabajando con grupos de maestros y maestras investigadores de los colegios, grupos de investigación escalafonados en Colciencias y de distintas universidades, con el propósito de desarrollar procesos de investigación/activa en el trabajo docente y generar espacios colectivos para no perder de vista el contexto, que es nuestra finalidad en la formación del maestro investigador.

El conocimiento no surge espontáneamente, para cultivarlo es necesario trabajar en el análisis de los hechos, poner éstos en remojo, suspender el juicio y despojarse de imágenes que se constituyan en obstáculos epistemológicos.

Es bueno que los maestros comprendan que los niños, niñas y jóvenes aún están por conocerse, que siempre tenemos una visión susceptible de afinarse, que la realidad –cual la cebolla- está compuesta por muchas capas.

Es bueno que el pensamiento de maestros y maestras se mueva en varias direcciones, produciendo diferentes soluciones; es bueno que el pensamiento divergente y creativo esté a la caza de soluciones posibles y respuestas originales.

Referencias

BEST, J. W. Cómo investigar en educación. Ediciones Morata S. A. Madrid, 1967: p. 10.


Imagen www.stockvault.net

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Escrito por
Doctorado en Pedagogía de la Universidad Nacional Autónoma de México
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Laura María Pineda
Gran Maestra Premio Compartir 1999
Dar alas a las palabras para que se desplieguen por la oración y vuelen a través de los textos para que los estudiantes comprendan la libertad del lenguaje.