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Formación ciudadana versus plebiscito

Estamos poniendo en riesgo la construcción de la paz que tanto requerimos la inmensa mayoría de colombianos.

Septiembre 27, 2016

Seguramente quienes hemos estado cerca de los estudios históricos del país vemos, con preocupación de patria, la pobreza de muchas opiniones que se dan a conocer en los medios masivos de comunicación, que algunos llaman argumentos, para optar por el SI o por el NO en el plebiscito.

Pero mi preocupación va más allá al ver que un evento de esta naturaleza haya requerido de una campaña similar a la de cualquier proceso electoral para ver si se convence a los electores por una u otra opción, incluso algunos políticos lo hacen con mensajes tramposos o mentirosos mediante los cuales pretenden engañar a los ciudadanos incautos o no preparados para tomar este tipo de decisión, poniendo en riesgo la construcción de la Paz que tanto requerimos la inmensa mayoría de colombianos.

Este problema pudiera no existir si nuestro sistema educativo hubiera asumido con responsabilidad y rigor académico la formación ciudadana, establecida por la Constitución del 91, ya que en los escenarios pedagógicos es en donde el educando tiene la oportunidad de apropiar los argumentos con los cuales pueda participar razonablemente en las decisiones políticas, tanto del territorio como del País.

El debate en torno al plebiscito está evidenciando esta falencia, la institución educativa poco ha formado al ciudadano, en tanto ser que se piensa y comprende políticamente; tampoco ha formado al pueblo como “soberano” de la democracia liberal. Lo cual no quiere decir que un segmento social, muy pequeño, haya tenido la oportunidad o la suerte de formarse como tal.

¿Y por qué esta triste realidad educativa? una respuesta, hipotética, puede ser la siguiente: Los ciudadanos de hoy, que se educaron a través de los últimos cincuenta años, no tuvieron la oportunidad de recibir una formación con perspectiva histórica y política.

Desde mediados del siglo pasado nos vendieron la idea según la cual debíamos centrar la atención educativa en el llamado “desarrollo económico del País”, el cual no se podía hacer con historia ni poesía sino con ciencia y tecnología. Y así fue, en los currículos se incrementaron las horas de matemáticas y ciencias, mientras casi desaparecen las clases de historia, filosofía y arte; por ende, se coartó la posibilidad de formar al “soberano” –el pueblo- y, en consecuencia, sus hijos tuvieron pocas oportunidades de apropiar los argumentos para tomar decisiones ciudadanas, como la que estamos enfrentando.

Si la filosofía y la poesía estuviera en la mente y en el corazón de los ciudadanos, seguramente no habría existido la campaña que se produjo para este evento y el SÍ ganaría indiscutiblemente. Y cuando menciono la historia, me refiero a la historia como disciplina del conocimiento, no al hecho que le sucedió a fulano o zutano y que desencadenó acciones de violencia, con poca o gran trascendencia, poniendo víctimas y victimarios por el camino. Me refiero al modo como las diferentes fuerzas sociales y económicas se han ido acomodando a lo largo de los siglos, para nuestro caso desde que llegaron los españoles a estas tierras, mediante el uso del poder que les han podido dar los capitales, las armas y, como correlato, la pobreza e ignorancia política de un gran segmento de la población.

La Colombia actual es producto de esa dinámica, expresada en guerras partidistas o en los distintos modos de violencia que, mediante procesos de desplazamiento y marginalidad, han ido reconfigurando la distribución de la población en el territorio y los sentimientos  de colombianos y colombianas, mientras la riqueza es concentrada en pocas manos.

Por ello, toda búsqueda de equidad, de convivencia pacífica, de construcción de democracia real, de justicia social y de dignificación del ser humano, es un argumento valioso para votar SÍ a todo cese de conflictos violentos, sin que esto quiera decir que con la firma de los mismos se conquiste la paz perfecta; esa solo existe como ideal o como slogan de pretenciosos o embusteros,  la paz real es la que construimos entre todos a partir de una rigurosa formación ciudadana  que haga posible la convivencia democrática y de brindarle a todos los ciudadanos la oportunidad de construir sus oportunidades.

Si las instituciones educativas hubieran formado a sus educandos con perspectiva histórica y política, hoy los ciudadanos tendrían muchos argumentos para no dudar en votar positivamente por la superación de la barbarie, la construcción de la civilidad y el enriquecimiento de la democracia. Y lo más grave es que el problema persiste, los currículos siguen sin enfoque ni espacios para brindar esta formación, incluso un gran número de instituciones, especialmente del sector rural, continúan sin maestros o maestras de ciencias sociales y filosofía, tituladas en estos campos.

Irónicamente los legisladores siguen aprobando cátedras como: Constitución y democracia, Urbanidad, Cátedra de la paz -impulsada por el defensor del consumidor-, como si el problema fuera la ausencia de dichas asignaturas. Los educadores sabemos que la solución a esta pobreza formativa va mucho más allá. ¿Será que en el Posconflicto o Posacuerdo se podrá reformar el currículo de modo que se logre formar al verdadero “soberano”? Esperemos que sí.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Maestro normalista, licenciado en Ciencias Sociales, magister en Dirección Universitaria, especializaciones en Filosofía de la Ciencia y Filosofía Política Contemporánea, Ph.D. en Ciencias Humanas.
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Laura María Pineda
Gran Maestra Premio Compartir 1999
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