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Incorrección pedagógica (I)

Se requiere con urgencia cuestionar una serie de creencias y de actuaciones consideradas como  “pedagógicamente correctas”, pero que se han convertido en obstáculo para el desarrollo educativo del país. Los llamados a realizar esta tarea son esencialmente los maestros que con responsabilidad y dedicación adelantan su labor,  y no los “expertos educativos de escritorio”

Julio 31, 2015

Hace poco finalizó el estudio Rutas de Emergencia del Talento Docente[1], en el cual participé como integrante del equipo investigador. Al igual que en todo aquello en que invertimos nuestro tiempo, energía y anhelos, los resultados alcanzados no pueden dejarnos apáticos. O bien nos llenan de satisfacción, o bien nos dejan inconformes.

Haber llevado a buen puerto el proyecto, no significa que hayamos dejado de ver los errores cometidos o lo que se pudo haber realizado mejor; significa, por el contrario, que, no obstante los yerros, se cumplieron los propósitos buscados y que, además, por el camino se obtuvieron inestimables aprendizajes que no estaban previstos. Y es precisamente de estos últimos que deseo hablar.

De un buen tiempo para acá, ha venido haciendo carrera en el ámbito educativo nacional un fenómeno que denominaré como «lo pedagógicamente correcto» o «la corrección pedagógica». Al igual que su pariente cercano, «lo políticamente correcto», la corrección pedagógica busca no lastimar sensibilidades, no poner en duda verdades aceptadas acríticamente, no realizar comentarios o cuestionamientos salidos de tono, etc. El mayor problema que acarrea la corrección pedagógica es que termina convirtiéndose en bastión de cierta ortodoxia académica que impide que los procesos educativos puedan responder a las exigencias del mundo actual.

Pues bien, fueron esos aprendizajes obtenidos de manera no intencional en la investigación, los que me hicieron reflexionar sobre lo pedagógicamente correcto de ciertas ideas que circulan dentro y fuera del ámbito educativo. En principio las mencionaré en conjunto, para luego examinarlas con más detenimiento: a) el tema de la formación docente, en particular, quiénes deben ser aquellos que eduquen a los nuevos educadores; b) lo mucho que se puede aprender de aquellos que realizan bien su labor, solo a condición de que se les escuche con verdadero interés; y, c) la necesidad urgente de buscar nuevas estrategias pedagógicas y políticas que den la voz al docente y le permitan ser partícipe de las decisiones que atañen a su labor. En este artículo abordaré el primer tema y los otros dos en un próximo texto.

Durante la investigación llamó mi atención el caudal de conocimientos que poseían algunos maestros, y, por encima de eso, la manera como articulaban sus saberes sobre una o varias disciplinas, con el empleo educativo de las TIC y su conocimiento de cómo aprendían sus alumnos. Caí en la cuenta de que estos docentes sobresalientes deberían, en algún momento de su carrera, ser formadores de las nuevas generaciones de educadores. Recordé cómo en mi propia formación había tenido maestros que nunca habían ejercido la enseñanza más allá de las aulas universitarias, no obstante, pontificaban sobre cómo enseñar determinada área del conocimiento, a niños o a adolescentes, sin conocer sus comportamientos y necesidades de forma directa, sino tan solo por medio de teorías o investigaciones en las que ellos participaban, siempre desde la distancia. Qué contraste más grande entre estos últimos y los profesores que iba conociendo a través del estudio.

Una cosa es ser un «experto» de escritorio y otra cosa muy diferente es jugársela a diario en un aula…

Una cosa es ser un «experto» de escritorio y otra cosa muy diferente es jugársela a diario en un aula, en oportunidades, en condiciones económicas y sociales complejas, colaborando en la construcción de un mejor futuro para los niños y jóvenes que, por lo general, no la tienen nada fácil.

En este punto quiero señalar esa perjudicial práctica, que se tiene como pedagógicamente correcta, de que nuestros futuros educadores sean formados por personas que pueden conocer muy bien diversas disciplinas, pero que no han ejercido la docencia en contextos diferentes al universitario.

Creo escuchar las voces de esos «expertos educativos de escritorio» defendiendo su quehacer: ¿acaso la formación de educadores no requiere de entendidos en diferentes campos, que no son necesariamente los ligados a la pedagogía?, ¿acaso los futuros profesores no necesitan del conocimiento que pueden proporcionarles los investigadores por profesión? La respuesta a estas preguntas es claramente afirmativa, nadie podría negar lo que retóricamente quieren mostrar. Empero, lo que estoy señalando es que la mayoría del cuerpo profesoral que debe formar a los futuros educadores, debería estar conformada por maestros sobresalientes que, junto con su dominio disciplinar, posean un conocimiento de primera mano de cómo aprende el estudiantado en los escenarios más diversos.

Debería ser exigencia, para ser docente de una licenciatura o un posgrado en el área educativa, el haber ejercido de manera ejemplar la enseñanza durante un número determinado de años en niveles diferentes al universitario. Con esto se ganaría, en primer lugar, que los estudiantes que desean desempeñarse como educadores sean formados por aquellos que conocen de buena tinta el quehacer pedagógico; en segundo lugar, se aseguraría la calidad de los programas de formación docente; y, por último, no se perdería ese importante acervo de conocimientos y habilidades que van obteniendo con su práctica los docentes sobresalientes.

Para sintetizar, existe cierta tendencia de corrección pedagógica que está causando perjuicios sin que sean fácilmente identificables; entre estos, se han señalado tres, de los cuales nos hemos ocupado del primero de ellos que gira alrededor del tema de quién debe prioritariamente formar a los docentes. Esta tarea debe estar en manos de auténticos maestros, de aquellos que han crecido en las aulas junto con sus alumnos, que han conocido los sinsabores de desempeñar su labor en condiciones no siempre favorables y que saben poner el acento más en cómo se aprende que en recetas de cómo se enseña, puesto que comprenden las necesidades de los estudiantes de diversas edades y distintas condiciones socioculturales. En otras palabras, en los programas de formación de educadores, se requieren más maestros y menos «expertos» de escritorio e investigadores por profesión.

En un próximo artículo abordaré los otros dos temas que se indicaron más arriba y que pasan también por pedagógicamente correctos.


[1] Para conocer los avances de la investigación, puede consultar: García-Cepero, M.C., Gómez-Hernández, F.A., Barrios-Martínez, D.M., Santamaría, A., Sánchez, A. y Castro, L. (2015). Reporte preliminar de resultados de la investigación - Rutas de emergencia del talento docente: estudio de casos en maestros con un uso sobresaliente de las TIC. Documento de trabajo. Bogotá: Pontificia Universidad Javeriana, Fundación Compartir y Fundación Telefónica.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Profesor asistente de la Facultad de Educación Pontificia Universidad Javeriana
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Henry Alberto Berrio Zapata
Gran Maestro Premio Compartir 2007
Empaqué en el equipaje de viaje de los estudiantes la herramienta más importante para cualquier destino: los argumentos.