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La Cátedra de la Paz: una papa caliente

La Cátedra de la Paz supone nuevos retos para comunidad educativa y, en especial, para maestras y maestros quienes, serán los responsables de implementarla.

Julio 22, 2015

La paz es un tema central en Colombia y como tal es un asunto que convoca a toda la sociedad y, en especial, a los actores educativos; así, el pasado 25 de mayo el presidente Santos firmó el decreto 1038 que reglamenta la ley 1732 del 1 de septiembre de 2014 en la que se instaura la Cátedra de la Paz como espacio curricular que debe desarrollarse de manera obligatoria en las instituciones educativas de la nación, con la forma de una asignatura independiente pero con un pensum flexible; eso sí, incorporándolo al plan de estudios antes del 31 de diciembre del 2015 y evaluable en el 2016. Este acontecimiento supone un mandato complejo que deriva del nombre Cátedra, a saber: que se debe enseñar algo, en este caso, la paz.

El mencionado decreto en su artículo dos establece que la Cátedra de la Paz “deberá fomentar el proceso de apropiación de conocimientos y competencias relacionados con territorio, la cultura, el contexto económico y social y la memoria histórica, con propósito de reconstruir el tejido social, promover la prosperidad general y garantizar la efectividad los principios, derechos y consagrados en la Constitución” y se continúa diciendo que se debe contribuir al  aprendizaje, reflexión y diálogo sobre algunos temas específicos, los cuales son: la cultura de la paz, educación para la paz y el desarrollo sostenible.

Al instaurase la obligatoriedad del estudio de la paz, tal como se ha hecho históricamente con otros temas como la educación sexual, la convivencia, la ciudadanía o la democracia determinando los contenidos que deben enseñarse aparecen varias tensiones, que deseo proponer.

De violentos a pacíficos. Se dice que la violencia se ha generalizado en nuestra patria, este asunto se corrobora en los campos y las ciudades con acciones que van más allá del conflicto armado. Esto significa que hemos aprendido a ser violentos y/o a convivir con los violentos; es claro, sin embargo, que esto no se ha aprendido de manera directa en los planes de estudios mediantes temáticas específicas. Con la cátedra de la Paz sucede lo contrario, pues ahora lo que se insertan son unos contenidos temáticos que deben llevar a ciertas competencias que evidencien que se está aprendiendo la paz, tal como ha sucedido con la ciudadanía o la democracia. Pero este es un tema que cree resolver el decreto pues establece que se deben desarrollar al menos dos de las siguientes temáticas: Justicia y Derechos Humanos, uso sostenible de los recursos naturales, protección de las riquezas culturales y naturales de la Nación, resolución pacífica de conflictos, prevención del acoso escolar, diversidad y pluralidad, participación política, memoria histórica, dilemas morales, proyectos de impacto social, historia de los acuerdos de paz nacionales e internacionales, proyectos de vida y prevención de riesgos.

No obstante, creo que los contenidos son importantes, pero es mejor aprender a ser pacíficos y esto se hace con acciones. La Cátedra de la Paz, no nos convierte en pacíficos de manera instantánea. Implica pensar situaciones de aprendizaje de la paz, que se dan con ocasión de los aprendizajes de matemáticas, sociales, química, artes, educación física y en especial, en eso que acontece más allá de lo teórico.

Profesores de la paz. ¿Y quiénes se van a hacer responsables de la Cátedra? El decreto también se hace cargo de eso; alguna de las siguientes áreas fundamentales: a) Ciencias Sociales, Historia, Geografía, Constitución Política y Democracia b) Ciencias Naturales y Educación Ambiental, o c) Educación Ética y en Valores Humanos; es decir, que cualquier profesor debe asumir este espacio. Y no por ser pesimista me imagino a muchos maestros enfrentándose al cómo van a orientar esta cátedra, que como una papa caliente llega a hora a la escuela. Bueno, muchos esperarán los lineamientos y estándares que podrán emerger del Ministerio de Educación Nacional o la formación que este mismo ente se ha comprometido ofrecer; sin embargo, la vida cotidiana de las escuelas continúa y violencia y paz cohabitan en ella.

Ahora bien, todo lo anterior puede ser cierto; sin embargo, no puede convertirse en el motivo para no poner a marchar la propuesta. Si me lo preguntan, creo que es mejor tener una Cátedra de la Paz a no tenerla y que sea una propuesta gubernamental para darle un soporte jurídico; como también, que por lo menos se esbocen algunos temas de referencia como el de memoria histórica, que tanta falta nos hace. Desde luego,  que aparecen los cuestionamientos del cómo fue constituida, las dificultades de su implementación y la responsabilidad del maestro en el proceso, pero eso no debe ser un obstáculo para que como maestros iniciemos acciones pacíficas en nuestra prácticas, que permeen todos los espacios de la comunidad educativa.

La invitación –atrevida como toda exhortación– es la siguiente: ser el doliente de la Cátedra de la Paz; que esta se convierta en un espacio dinámico de promoción de experiencia pacíficas, estudiando contenidos sí, pero impactando el diario vivir de maestros, estudiantes y, en general de la comunidad educativa. Estoy convencido, que los Grandes Maestros, son capaces de revisar críticamente la política pública y ponerla en diálogos con el contexto, dándole otras dimensiones didácticas, siempre en beneficio de nuestras niñas, niños y jóvenes. Y en esta oportunidad, aportando a la paz, reconociendo los saberes de los maestros.

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Luis Fernando Burgos
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