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¿La curiosidad mató al gato o el gato estaba muerto de curiosidad?

Orígenes y herramientas de un proceso investigativo.

Marzo 4, 2019

El proceso de aprendizaje de los seres humanos es continuo y permanente. Sin embargo, fácilmente se suele dar por sentado aquel conocimiento que se ha adquirido en espacios cotidianos mediante la observación o la escucha sin cuestionarse demasiado su validez. Es así, como las personas forman los preconceptos que les permiten relacionarse con el entorno de una manera lógica (Novak, 1977). En ausencia de espacios educativos formales es normal asumir como verdades lo que nadie cuestiona y adaptarse a las condiciones sociales, económicas, políticas o ambientales del entorno como realidad inmutable. En muchas ocasiones, las personas nos habituamos a lo preestablecido y de esa manera vamos aceptando, asumiendo y obviando otras posibilidades de ser y hacer. Para vencer esta pasividad frente a la realidad, la escuela y los educadores tienen en el desarrollo de la curiosidad una herramienta invaluable.

“La curiosidad mató al gato" nos han repetido desde pequeños. Este dicho popular es una forma sana de evitarnos problemas, dirán unos. En mi opinión, constituye una manera rápida de acallar el espíritu investigativo. Aunque aceptada sin miramientos esta frase desestima la curiosidad y la pone en un plano negativo. Sin embargo, si dejamos atrás lo asumido y cuestionamos la “verdad innegable” que propone este juego de palabras podríamos empezar a encontrar nuevos sentidos y nuevas formas de dar sentido a algo aparentemente comprendido por todos. Por ejemplo, podríamos preguntarnos por el origen de este dicho, indagar quién, dónde o por cuál motivo se mencionó por primera vez esta frase, también podríamos cuestionar ¿Cuál era el evento al que el sujeto-gato no se pudo resistir? Y claro, también surgiría la inquietud sobre ¿Cuál fue el gato que murió a causa de la curiosidad?

Este primer juego de inquietudes sobre elementos que difícilmente encontrarán solución abre la puerta hacia la generación de preguntas relevantes para el ejercicio docente y el proceso de enseñanza-aprendizaje. Podemos, por ejemplo, preguntarnos si ¿Existen diferentes curiosidades? Y en ese sentido, si ¿Habrá curiosidades positivas y negativas? O ¿Cuáles son las curiosidades que los docentes deben favorecen en sus estudiantes? Y ¿Cuáles son las estrategias para que la curiosidad aparezca?

Existen múltiples formas de abordar un evento natural, una dinámica espacial, una verdad dada por sentado. La curiosidad sobre la curiosidad que mato al gato es una muestra evidente. La curiosidad, entendida como “un interés por las experiencias y las cosas, la capacidad de encontrar, explorar y descubrir” (Martínez, 2018) es un gran motor para la investigación y la creación en el ámbito educativo.

La realidad es que en cuanto más indaga el sujeto-gato más curiosidad y dudas parece tener. Ante este escenario, el docente tiene la gran posibilidad de motivar al sujeto a convertirse en investigador comprometido con el ejercicio de la indagación y la búsqueda de respuestas. La curiosidad es una herramienta tan poderosa que ha llevado a muchos científicos y pensadores del mundo a continuar investigando a pesar de no tener las mejores condiciones, en laboratorios caseros o incluso escondidos en espacios clandestinos. De otro lado, la investigación puede motivar a otros y así fortalecer el trabajo en equipo y generar comunidad científica. Por supuesto, mejores resultados. Así, después de indagar sobre la verdad oculta en el dicho popular, podemos asegurar que el único gato que mató la curiosidad fue el gato llamado ignorancia. La ignorancia es lo único que muere cuando investigamos.

Sin embargo, el reto es comprender cómo involucrarnos en procesos investigativos, cuál es el método para desarrollar propuestas y lo más importante… llevarlas a cabo. La clave está, como muchos otros docentes han identificado (Contreras, J. Pérez, N. (comps.), 2010; García, B, 2008) en investigar desde la experiencia, desde lo cotidiano, lograr vincular en la investigación los intereses profundos, aquello que realmente importa para cada uno y que puede usar para comprender su entorno particular.

Fig. 1. Origen de un proceso investigativo. Fuente: Autoría propia

 

Entonces, un proceso investigativo (Fig. 1) si bien se pregunta por aquello frente a lo que no se tienen herramientas completas para su comprensión, necesariamente parte de situaciones con las que se ha tenido algún acercamiento, aunque sea en un nivel básico en términos se una referencia, una historia que se ha leído o nos han contado o un preconcepto. Esto nos plantea la necesidad de aproximación con el objeto de estudio y entonces, pensando como docentes, si nuestros estudiantes no poseen experiencias relacionadas con las temáticas que pretendemos que conozcan e investiguen, un primer paso es favorecer experiencias desde la escuela. Para lo cual debemos preguntarnos si como profesores ¿Estamos en condiciones (pedagógicas, de tiempo, relacionales) para plantear actividades experienciales y experimentales en nuestras aulas? Porque “el elemento central de cualquier método de enseñanza no es ni los materiales utilizados ni los principios que la inspiran. El factor determinante de una propuesta es el profesor que la lleva al aula” (De Pro, A. 2011).

Las experiencias, por supuesto no se limitan a la experimentación científica en ciencias naturales. Las actividades experimentales pueden aplicarse desde cualquier ámbito del conocimiento y pueden incluir una serie de situaciones básicas que no requieran materiales especiales. Pueden basarse en las capacidades sensoriales, en habilidades comunicativas y de creación colectiva, en alterar las rutinas cotidianas o los trayectos recorridos para experimentar nuevos entornos. Se trata de contextualizar en el aula, mediante una situación próxima, temáticas aparentemente complejas y alejadas de la cotidianidad para luego plantear retos de investigación a partir de la reflexión acerca de las actividades y experiencias vividas. Retos que sólo es posible establecer y resolver mediante la generación de preguntas problémicas y el consecuente establecimiento de preguntas orientadas para guiar el proceso de investigación hacia la consecución eficaz de los objetivos planteados (Fig 2.).

Fig. 2. Herramientas de un proceso investigativo. Fuente: Autoría propia

 

Saber preguntar y perder el miedo a preguntar es fundamental para un proceso investigativo porque abre puertas a nuevos conocimientos. Y aunque formular preguntas es la actividad más rica del investigador también es la más difícil (Tonucci, 2001), de ahí la importancia de ejercitarse en su práctica.

 


Referencias:

  • Contreras, J. y Pérez, N. (compiladores.) 2010. Investigar la experiencia educativa, Madrid: Morata.
  • De Pro, A. 2011. Aprender y enseñar con experiencias… y ahora para desarrollar competencias. En Revista Investigación en la escuela. pp. 5-22.
  • García, B. 2008. La investigación en la cotidianidad social desde la fenomenología. Universidad Autónoma del Estado de México.
  • Martínez, A. 2018. Qué es la curiosidad. En Diccionario de Psicología Positiva
  • Novak, J. 1977. A theory of education. Ithaca N.Y.: Cornell University Press.
  • Tonucci, F. 2001. ¿Cómo introducir la investigación escolar? En Investigación en la escuela. 40: 39 – 50.
Escrito por
Magister en geografía de la Universidad Nacional. Licenciatura en Ciencias Sociales en la Universidad La Gran Colombia. [email protected]
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Laura María Pineda
Gran Maestra Premio Compartir 1999
Dar alas a las palabras para que se desplieguen por la oración y vuelen a través de los textos para que los estudiantes comprendan la libertad del lenguaje.