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La educación artística: disciplina de la diversidad

La educación estética es el escenario que permite que la luz y la magia de cada estudiante emerjan para impulsar. 

Enero 20, 2018

Hacer honor a la educación estética, a las artes, es lo que nos proponemos con esta edición de Palabra Maestra y con ello preguntarnos por la diversidad en la escuela. Y es que las artes no escapan a esa serie de disociaciones que en las instituciones educativas de nuestro país comúnmente han caracterizado a un sinnúmero de niños y niñas: si son o no buenos en el aprendizaje, si saben o no saben dibujar, bailar o cantar.

Por fortuna son otros los horizontes y desafíos que nos plantea hoy la educación artística. Otrora las clases de arte se desarrollaban bajo rígidas instrucciones que determinaban, por ejemplo, aquello que todos los estudiantes debían dibujar: un paisaje con las mismas formas y colores que posteriormente era evaluado con los criterios estéticos del maestro o maestra de turno.

Parece impensable que por tanto tiempo muchos hubiesen defendido esta postura que homogeneizaba la mirada en las artes, donde las diferencias en la expresión en un grupo no se observaban.

Bastaba con escoger una obra para ver en ella lo que todos habían hecho. La Ley General de Educación en 1994 planteó el reto de la autonomía escolar y la aceptación de las diferencias. En este marco la educación artística debe hoy configurarse como escenario donde la cuestión no es ya si su enseñanza implica la expresión y la creatividad o si por el contrario exige destrezas técnicas y conocimiento específico. No.

La educación artística compromete todos estos elementos simultáneamente configurando otros lenguajes. Es decir, las imágenes de una obra de arte, las notas de una pieza musical o los pasos de una danza, están conformados tanto por aquello que implica el conocimiento de la técnica y sus vericuetos como por ese componente individual imprescindible que se expresa de manera particular.

De esta forma el acto de conocer cada disciplina implica un proceso de enseñanza aprendizaje caracterizado por múltiples sentidos que dan cuenta de la complejidad y la diversidad. Sería imposible entonces condenar a una sola mirada el arte y sus diferentes manifestaciones en la escuela.

La educación estética y artística son “plásticas”, en cuanto les permiten a niños, niñas y jóvenes moldear y configurar sus mundos y vivencias internas a través de lenguajes expresivos y particulares, dando con ello cabida a múltiples lecturas e interpretaciones. Con razón Gombrich y Debray toman la expresión artística como un lenguaje que convoca a todos a recrear-se. O como lo dijera Clément Roset, una buena pintura, o quizá toda buena obra, solo pide que se le vea porque nos enseña a ver nuevamente.

Sí. La educación estética es el escenario que permite que la luz y la magia de cada estudiante emerjan para impulsar, como plantea Vigotsky, su desarrollo de una zona de seguridad a otra de desarrollo próximo. Una educación estética que parte del reconocimiento de las diferencias, de los contrarios, sin excluirlos, en comunicación y diálogo con la capacidad expresiva y estética de cada niño, niña y joven. Una educación que permite reconocerse como único e irrepetible en una escuela que parte de la diversidad para posibilitar la pluralidad.

Y quizá todo esto está más que sabido, pero, aun conociendo sus bondades, continuamos en gran medida, sin darle espacio en nuestras escuelas a la expresión, al arte y la estética. ¿Por qué insistimos en comunicar, la mayoría de las veces, solo el acervo cultural desde las asignaturas tradicionales?

Muestra de ello es que en muchas instituciones educativas no existe en los planes de estudios las clases de pintura, ni las de música, danza o las de expresión corporal; o lo que puede ser peor, estas terminan en manos de maestros bien intencionados pero alejados del rigor de la disciplina pues no poseen la formación pertinente. Una de las tantas explicaciones a estos hechos se sustenta, por lo general, en la falta de recursos o en las comunes deficiencias en las plantas docentes de los colegios oficiales.

Aún así, otras realidades son también posibles en medio de la adversidad. En la pasada versión 2005 del Premio Compartir al Maestro nos dimos cuenta de ello, dos maestras Ilustres fueron reconocidas por sus trabajos en educación artística: Luz Helena Peñaranda por enseñar música a jóvenes sordos y María Teresa García como maestra de ballet en una escuela no especializada en enseñanza de la danza. Sí es posible, nos lo dicen estas dos maestras; es posible batir la adversidad como lo han hecho otros tantos maestros y maestras de educación artística. 

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Martial Heriberto Rosado Acosta
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Sembré una semilla en la tierra de cada estudiante para que florecieran los frutos del trabajo campesino en el campo que los vio nacer