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La educación para equivocarse está rota

Muchas veces la escuela deja de lado la riqueza del error y el equivocarse en el aula, y termina transformándose en una experiencia totalmente abusiva y tormentosa.

Mayo 25, 2016

Durante años hemos escuchado que la escuela es un espacio de integración y de construcción colectiva de proyectos de vida, donde se tiende a que los docentes buscan que sus estudiantes adquieran competencias para la vida y una buena conducta social para una “vida buena” que les permita, en un futuro, encontrar un empleo que les garantice calidad de vida.

Es por esto que muchas veces la escuela deja de lado la riqueza del error y el equivocarse en el aula, y termina transformándose en una experiencia totalmente abusiva y tormentosa, porque, a fin de cuentas, el mundo es movido por gente que no se equivoca, evocando aquello de la infalibilidad del Papa de la religión católica, según la cual afirma que este está preservado de cometer un error cuando él promulga, a la Iglesia, una enseñanza dogmática en temas de fe y moral. 

Nuestro sector educativo, que se ufana de anticlerical, muchas veces tiene como objetivo evitar el error o, en el más triste de los casos, disimularlo. Infortunadamente, el imaginario colectivo está convencido que equivocarse no enseña y educa, y que únicamente el estudio y la adquisición de saberes académicos alimentan, cimientan bases y construyen a la persona. Muchas veces olvidamos que equivocarse requiere de un esfuerzo de aceptación, interiorización y discernimiento que permite mejorar como persona.

El problema del equivocarse es el no corregir, ya que esto se compara al efecto que se produce en un edificio al cual le rompen el cristal de una ventana. Si nadie lo repara durante un período determinado de tiempo, pronto estarán rotos todos los demás cristales de ese edificio. De ahí que la humanización del error ha sido algo olvidado en la escuela y reemplazado por el matoneo que muchas veces se lleva al internet y que conlleva a que se escriban “malditas cartas a los maestros”.

Ahora bien, el caerle al caído es una actitud humana normal y que viene en el ADN de nuestra raza. Es real y necesario que si se cometen pequeñas faltas, estas sean sancionadas, ya que, si no se hace pronto, aparecerán faltas mayores. El problema es que muchas veces se olvida que corregir con respeto y amor fortalece el patrón de desarrollo del niño, fomentando el verdadero desarrollo integral, en donde el error es el punto de partida para la consolidación de mejores personas.

Es hora de que la escuela se preocupe por orientar a sus comunidades educativas, que dejemos de pensar que todos tenemos la razón (aunque es imposible pedirle eso a los soberbios docentes) y que dejemos las violentas razones que esbozamos por ser dueños de unas verdades a medias en foros de discusión, redes, blogs y demás posibilidades de participación que no son muy bien utilizadas.

Es hora de educar al individuo para sí mismo, para que exploren, para equivocarse y levantarse, ser felices y hacer felices a los demás. Ese debería ser el panorama universal: dignidad. Ustedes mismos juzguen si todo tiempo pasado fue mejor y si en su época educativa les dieron las herramientas para que vivieran aceptando que equivocarse es valioso.

Aún estamos a tiempo de hacer algo.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Martial Heriberto Rosado Acosta
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Sembré una semilla en la tierra de cada estudiante para que florecieran los frutos del trabajo campesino en el campo que los vio nacer