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La escuela y el plebiscito

No hay nada más triste que vivir el momento más feliz de nuestras vidas y no ser conscientes de ello.

Agosto 22, 2019

El argumento es de El museo de la inocencia, de Orhan Pamuk. Esto podría ser lo que le suceda a millones de jóvenes que, sin saberlo, están siendo testigos de una ruptura en la historia de Colombia, pero la realidad les pasa de largo sin que se den cuenta.

El deber de la escuela no está en convencer al estudiante de la posición que tiene el profesor sobre el proceso de paz y el plebiscito. Por el contrario, se trata de darle al estudiante herramientas de análisis para comprender por qué todos hablan de un tema que él desconoce. No es fácil. En esa votación está nuestra guerra, millones de víctimas, la suma de las desilusiones y de tantas esperanzas perdidas, un complejo proceso de paz, lo acordado en La Habana y, como si fuera poco, la visión de un país que jamás hemos conocido. Como no lo conocieron sus padres, como tampoco lo conocieron sus abuelos.

Hay dos acontecimientos que son recurrentes en las clases de quienes enseñamos Ciencias Sociales: el Bogotazo y la Asamblea Nacional Constituyente, sobre ellos hay excelentes documentos que cuentan cómo dichos eventos rompen la historia del país. Al final, muchos estudiantes terminan por afirmar que en 1948 asesinaron a Galán y que la Constitución de 1991, en gran parte, fue una reacción ante el asesinato de Gaitán.

Pero más allá de ese error común, el problema más grave es que terminan sin dimensionar cómo hay momentos que marcan para siempre a una sociedad. Por eso en ocasiones recurrimos a ejercicios más cotidianos. Les pedimos a los estudiantes que en lugar de aprenderse de memoria la historia del Bogotazo y de la Constitución del 91, identifiquen a una persona en sus entornos cercanos que haya vivido esos eventos y escriban una pequeña crónica sobre esos días en que el país se encontraba convulsionado.

Detrás de este ejercicio hay algo que es más natural en otras asignaturas como biología o física: la posibilidad de contrastar lo “teórico” con la realidad. He visto cómo los niños se deslumbran ante la confirmación de la fotosíntesis cuando hacen un experimento en clase, o cuando se dan cuenta de que la gravedad existe no solo como fórmula matemática, sino que es real y basta con dejar caer una pelota desde un segundo piso para comprobarlo. No sucede tan fácil en las clases de Sociales, pues la evidencia que da vida a la materia suele estar en textos que se detienen en el tiempo. De ahí que comprobar cómo la historia no es algo que ya pasó y que les sucedió a personas cercanas les resulta fascinante.

A diferencia de la novela de Orhan Pamuk, esta vez los colombianos somos capaces de saber que vivimos un momento histórico, quizá el más importante del que podremos participar. Sin embargo, muchos jóvenes siguen corriendo el riesgo de aprender todo sobre la caída del Imperio Romano o el auge de la Revolución Industrial mientras afuera el país se está definiendo. Sería muy triste que a esos mismos jóvenes sus nietos les pregunten, cincuenta años después, “por aquel Plebiscito”, para hacer una tarea del colegio y ellos solo recuerden un incendio que destruyó la próspera Roma en los tiempos de Nerón.

Por eso resulta necesario que las escuelas abran el debate sobre el plebiscito en sus aulas, de lo contrario, los estudiantes perderán la oportunidad de saber que están viviendo el que podría ser el momento más feliz de la democracia en Colombia.

Este artículo fue publicado originalmente en El Espectador. Compartir Palabra Maestra lo reproduce con el permiso directo del autor.

 


Photo by Sebastián León Prado on Unsplash

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Maestro nominado al Premio Compartir al Maestro versión 2015-2016.
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Irma María Arévalo González
Gran Maestro Premio Compartir 2002
Ofrezco a cada uno de los alumnos un lápiz mágico y los invito a escribir su propia historia enmarcada en los cuentos y leyendas de su cultura indígena.