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La guarderización de la escuela, II parte

Reflexión alrededor de algunos cambios en la sociedad y en la escuela que han cambiado el curso del país.

Febrero 10, 2016

Retomando el tema de la primera parte, en la que concluimos que a los maestros su les debería descargar algunas horas de la dura tarea de “dictar” clases, para que junto con los orientadores puedan ayudar en la tarea de sensibilizar y concienciar a los padres de la importancia de la crianza adecuada de los hijos. Eso es un imposible y seguirá siendo un sueño que las “escuelas de padres” funcionen, pues con padres que ni se acercan por el boletín de sus hijos y como no se puede ni suspender ni exigir la presencia de los padres; seguirá siendo un sueño esa atención. Los maestros siguen entonces atiborrados de clases y con una jornada laboral semanal que no permite liberarlos para estar en los tiempos en que los padres pueden asistir a las jornadas de reflexión.

De lo anterior surge la segunda consideración:

2. SER HOSPICIO: Recuerdo que, en tiempos lejanos a la dictadura neoliberal, parte del presupuesto del estado (y no propiamente lo que quedaba de la rapiña de los auxilios y viáticos de los congresistas, sino una suma digna de un estado social) se dedicaba a esos seres que no tenían casa y que los curas nos enseñaban eran dignos de compasión y misericordia, objetivo de una de las más grandes obras de caridad: los huérfanos. Productos de la guerra o de la muerte de sus padres atendidos por religiosos o por mujeres dedicadas exclusivamente a ello estos seres encontraban allí cobijo y satisfacción de sus necesidades.

El estado neoliberal convencido de que lo social es un gasto y no una inversión, obnubilado por la eficiencia fiscal ha quitado este rubro, y no es porque hoy el desarrollo social haya erradicado ese mal como lo ha hecho la medicina con enfermedades como la lepra, por el contrario, hoy ese estado está generando un nuevo tipo de huérfanos, millares de niños y niñas sin padre o madre arrojados a la calle, al centro comercial, al parque.  Es deprimente el cuadro de cantidad de niños y adolescentes a los que desde sus ocho o nueve años sus padres les entregan la llave del apartamento, con un televisor en su cuarto, un celular, el carné del servicio médico y un listado de teléfonos de emergencia. Niños a los cuales han enseñado a usar el microondas y el internet, como aprendizaje para sobrevivir en el mundo materializado. Son niños por los que nadie responde. Ante emergencias, como los normales accidentes de una fractura de hueso por un partido, los maestros después de intentar ubicar a los padres en varios teléfonos, torpemente hacen el papel de padres corriendo con ellos en los hospitales pues sus padres no se encuentran. Pero en otras clases sociales las cosas son peores, los chicos al cuidado de vecinos o de los abuelos, se hacen en la calle y allí han aprendido a mentir a engañar y aparentar, se hacen adultos a la fuerza en la lucha por sobrevivir entre adultos.

No preocupa de estos huérfanos la carencia de habitación, ellos la tienen, pero si es preocupante su soledad, su ausencia de sentido de la vida, su falta de hábitos, adictos de las modas que pasan y los muelen para darles la forma de adultos irresponsables y sin ningún parámetro moral.  Nos preocupa el desgarramiento psicológico en que habitan, parecen hijos de una novela de drama social con intentos de suicidio, con hastío de la corta vida e involucrados en experiencias de adicción o genitalidad desbordada.

La escuela no puede atenderlos, y entiéndase eso, no es que no quiera, sino que no puede hacerlo porque no tiene con que hacerlo.  Un chico que oscila entre la escuela y la pandilla, que alterna sus actividades entre el vandalismo y delitos menores con las asistencias a la escuela, no llega a hacerse miembro de una pandilla y chivo expiatorio de un secuestro porque esto sea un proyecto de vida, sino porque allí tiene la oportunidad de medirse y de demostrarse cuanto es capaz de hacer, reto que es inherente en su condición de sujeto que está en crecimiento. 

La escuela no puede atenderlos, y entiéndase eso, no es que no quiera, sino que no puede hacerlo porque no tiene con que hacerlo.  Un chico que oscila entre la escuela y la pandilla, que alterna sus actividades entre el vandalismo y delitos menores con las asistencias a la escuela, no llega a hacerse miembro de una pandilla y chivo expiatorio de un secuestro porque esto sea un proyecto de vida, sino porque allí tiene la oportunidad de medirse y de demostrarse cuanto es capaz de hacer, reto que es inherente en su condición de sujeto que está en crecimiento.  La escuela no puede ser clínica terapéutica, es espacio para la academia o tendríamos que redefinirle sus espacios, sus agentes para atender esa necesidad que la golpea y le rompe su identidad: estudiantes que des-normalizados convierten el espacio escolar en una extensión de las calles bajas de la pandilla. Pero el estado debe reconocer que debe abrir espacios para llevar a esos chicos que no están motivados por la academia y si por otro tipo de actividades. Debe aunar esfuerzos con maestros, directivos, orientadores que sentimos que ya no podemos más para reivindicar la escuela como espacio sagrado para aprender, para recitar, para inventar, para escribir y sustentar lo que deslumbrantemente descubrimos en los textos y en los discursos de los otros. La escuela ha de ser clase y texto, discurso y lección; no restaurante, no polideportivo, no centro recreacional, no motel, o estación turística para jóvenes huérfanos. Y dejemos mencionado solamente que esto no se arregla con más horas de los huérfanos en el orfelinato.

Pero no todo es negro. Desde la experiencia de muchos años en colegios públicos puedo dar una pista a modo de una tenue luz para caminar hacia el final del túnel. Se trata de la experiencia de concitar a los abuelos y de empoderarlos frente a sus nietos, reivindicarlos con su presencia en el aula de clase y evitar, de paso, ser tratados como los trastos que nada tienen que enseñar.

Intentémoslo y veremos cómo cambian tanto el nieto como el abuelo después de un taller en el que los abuelos sientan cátedra sobre temas como el cuidado de la tierra, el lenguaje del enamoramiento, la honestidad y el honor de la palabra, el respeto a los mayores, la visión histórica de la localidad, de la ciudad y del mundo, del temor a Dios. Casi que es darle a vida a aquella vieja sentencia que dice “Confabulemos contra nuestros padres a favor de nuestros abuelos”, pues mucho de lo que los padres no quieren ni pueden dar es exactamente lo que los jóvenes necesitan y los abuelos han confirmado que es lo que hay que dar.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Profesor de ética y religión colegio Divino Maestro, Distrito de Bogotá. Catedrático de humanidades de la Universidad de la Salle. Nominado y finalista del Premio Compartir en 2004 y 2013.
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Hoguer Alfredo Cruz Bueno
Gran Maestro Premio Compartir 2009
Logré vincular el aula y la comunidad rural a través de expediciones que marchaban tras la huella de la cultura local en tertulias de lectura que se convirtieron en lugares de encuentro entre los padres, los hijos, los textos y la escuela.