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La pedagogía de la alteridad: propuesta educativa para niños y jóvenes desvinculados de los grupos alzados en armas

El repensar la educación y la formación en este contexto, nos lleva a la perspectiva de la educación como acontecimiento ético que propone Emmanuel Lévinas, apoyado en la concepción de natalidad de Hannah Arendt, en el sentido de “un acogimiento hospitalario de los recién llegados" y que busca a través de prácticas éticas, formar las identidades de los sujetos, tomando como punto de referencia los márgenes y las víctimas.

Octubre 29, 2015

En esta columna abordaré algunas posibilidades de la educación para el posconflicto pensando en los niños desvinculados y jovenes desmovilizados de los grupos alzados en armas que llegarán a nuestras aulas, para lo cual debemos estar preparados y, además, porque es una responsabilidad ético-política que tenemos como maestros frente a nuestro país.

El repensar la educación y la formación en este contexto, nos lleva a la perspectiva de la educación como acontecimiento ético que propone Emmanuel Lévinas, apoyado en la concepción de natalidad de Hannah Arendt, en el sentido de “un acogimiento hospitalario de los recién llegados" y que busca, por medio de prácticas éticas, formar las identidades de los sujetos, tomando como punto de referencia los márgenes y las víctimas.

En esta pedagogía de la alteridad la educación es un acontecimiento ético, donde la relación con el Otro es una relación ética de acogida, responsabilidad y hospitalidad, basados en una educación del nacimiento, del comienzo y de la esperanza.

En términos de Arendt[1], pensar la ruptura del presente, la brecha, es pensar el sentido de la natalidad; inclusive en los períodos catastróficos hay siempre nuevos comienzos, nacen nuevos hombres, pues los hombres no nacieron para morir, sino para comenzar. Esto significa que es con la acción en su condición de nacientes, como los hombres pueden romper la repetición y el ciclo de los procesos. En este sentido, el nacimiento de un nuevo ser humano, es como un golpe de suerte, cada vez único, en la medida en que inaugura un porvenir que traza quien acaba de nacer, porque el nacimiento es natalidad y se manifiesta cada vez que comenzamos algo nuevo con los otros.

En esta línea de argumentación, la esencia de la educación es la natalidad, el acontecimiento que se expresa en el nacimiento; nacer es la expresión de todo comienzo o inicio, así como el recién nacido es la expresión de la más radical novedad, una novedad que interrumpe la tranquilidad y, como tal, es una experiencia que obliga a pensar. El recién nacido es el recién llegado, alguien a quien hay que acompañar y acoger con hospitalidad, y esta es una relación ética, cara a cara. Podemos decir que es un acontecimiento, lo que nos invita a pensar la educación de un modo nuevo, pues se trata de educar al recién llegado, que necesita ser acogido y comenzar algo nuevo.

A fin de cuentas, de lo que se trata es de aportar a la construcción de condiciones de justicia y dignidad que les permitan sentir que su vida, es una vida digna de ser vivida.

Es una pedagogía de la alteridad, donde reconozco que a mi lado se encuentra el Otro, iniciando una relación de tipo ético, en el sentido de que ese Otro me afecta y me importa, por lo que me exige que me encargue de él.

Lévinas[2] identifica al Otro con las figuras del huérfano, el extranjero y la viuda, con quienes me veo a mí mismo y estoy obligado a acogerlo y responsabilizarme de sus necesidades. De este modo, el autor nos propone un nuevo esquema: yo-otro, en el que hay una descentralización del yo y se abre así la posibilidad de acceso a una verdadera trascendencia que significa no el dominio del Otro, sino el respeto al Otro.

En esta pedagogía de la alteridad, la educación es un acontecimiento ético, donde la relación con el Otro es una relación ética de acogida, responsabilidad y hospitalidad, basados en una educación del nacimiento, del comienzo y de la esperanza. Del nacimiento, porque la educación tiene que ver con el trato a los recién nacidos, a los recién llegados; del comienzo, porque de la persona formada podemos esperar lo imprevisible, el verdadero inicio, la sorpresa; y de la esperanza, porque a través de ella podremos esperar la realización de sus sueños y utopías, que también son los nuestros.

Este será un proceso educativo de doble vía, tanto para el maestro, como para el alumno, emergiendo en los maestros “una subjetividad acogedora, hospitalaria, una subjetividad ética”, en palabras de Melich (2001, p. 69). Entonces, ser educador en este contexto es una invitación a estar atento a los estudiantes, a sus alegrías, tristezas y sufrimientos.

En este orden de ideas y porque la educación es una tarea constitutivamente humana, educar se convierte en una relación de alteridad donde el otro me interpela, me obliga moralmente a responder y a hacerme cargo de él. Es responder con hospitalidad a ese llamado de los que nacen por segunda vez, para que conozcan el mundo, lo habiten y lo renueven. Se trata de acogerlos, de ser receptivos y de ofrecerles la posibilidad de hablar, de expresarse, de ser, de desarrollarse y de iniciar algo nuevo para ellos y para el conjunto social que habitan.

A fin de cuentas, de lo que se trata es de aportar a la construcción de condiciones de justicia y dignidad que les permitan sentir que su vida es una vida digna de ser vivida.


[1] ARENDT, Hannah. La condición humana. Barcelona, Paidós, 1993.

[2] Véase: LÉVINAS, Emmanuel. La ética. Madrid, Ed. Pablo Iglesias, 1990 y también, LÉVINAS, Emmanuel. Ética e infinito. Madrid, Ed. A. Machado Libros, 2000.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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