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La potencia del lenguaje para crear realidades y su cuidado para construir paz

El lenguaje, en tanto sentidos socialmente compartidos, representa y refleja el conocimiento objetivo, construye realidades y puede cambiar junto con las relaciones sociales; razón por la cual el lenguaje se configura como una práctica social muy potente por medio de la cual podemos construir un mundo diferente, un mundo mejor.

Abril 19, 2016

Desde una perspectiva socio-construccionista el lenguaje cumple una gran función en la construcción de realidades y del conocimiento sobre el mundo. Al decir que el lenguaje construye el mundo, se está significando que las palabras están activas en la medida que las personas las utilizan al relacionarse y son un poder en el intercambio humano, pues el lenguaje gana significado en el intercambio social. Bien nos dice Octavio Paz[1] (1973, p.30), estamos hechos de palabras y ellas son nuestra única realidad.

Ahora bien, en un proceso de construcción de cultura de paz debemos enseñar a cuidar la palabra, saber cuándo callar o cuándo decirla, como también, cuidar los significantes que utilizamos para no generar más violencia con ellos. Los conceptos están definidos por el uso que hacemos de ellos socialmente a través del lenguaje y nos demuestran no sólo su función en el quehacer cotidiano del intercambio social, sino también, en la construcción de nuevos mundos. Así  por ejemplo, podemos comenzar a marcar la diferencia si abandonamos conceptos como reinsertado, victimario, desechable, matoneador, entre otros, por excombatiente, ofensor, habitante de la calle, intimidador, palabras que al funcionar como puentes nos pueden unir y no como muros que nos suelen alejar, dichas muchas veces por salir del paso, logrando con ello ofender y destruir.

Como vemos, el lenguaje, en tanto sentidos socialmente compartidos, representa y refleja el conocimiento objetivo, construye realidades y puede cambiar junto con las relaciones sociales; razón por la cual el lenguaje se configura como una práctica social muy potente por medio de la cual podemos construir un mundo diferente, un mundo mejor.

En un proceso de construcción de cultura de paz debemos enseñar a cuidar la palabra, saber cuándo callar o cuándo decirla, como también, cuidar los significantes que utilizamos para no generar más violencia con ellos.

Las éticas del cuidado se basan en las relaciones interpersonales de cuidado y en la no violencia[2] (Gilligan, 1982) y en línea con ellas, una educación para la paz nos dice que llegó el tiempo del cuidado de la palabra, de la prudencia en lo que decimos, cómo lo decimos y cuándo lo decimos, de aprender a hacerlo en el momento justo y con las palabras adecuadas. Y esa significación del lenguaje se explica por el modo como funciona dentro de nuestras pautas de relación, porque “el lenguaje es constitutivo del mundo y ayuda a generar y/o sostener ciertas formas de práctica cultural”[3] (Estrada, 2007, p. 101).

El cuidado de la palabra está también en la escucha activa hacia el otro, pues cada vez nos escuchamos menos y no nos interesamos en comprender lo que la otra persona trata de decirnos, ni en escuchar antes de opinar o de juzgar; necesitamos escuchar además de las palabras, el dolor, la frustración y la ira, para poder comprender y dialogar. Esta escucha supone un dejarse tocar por la palabra del otro, con una verdadera disposición a encontrarnos con ese otro y tener voluntad de comprenderlo.

En este contexto, es también necesario aprender a escucharnos, escuchar nuestros silencios y descubrir qué hay detrás de nuestras palabras, de nuestros sentimientos y de nuestras intenciones, para descifrarnos y generar reflexiones sobre ese otro con quien construyo un horizonte común de país. Y este encuentro consigo mismo es esencial, muchos pasan la vida huyendo, incluso de sí mismos, sin atreverse a buscar dentro de sí, sus propios deseos y sueños más profundos.

Las escuelas deben ser lugares donde el cuidado mutuo sea la norma y para ello, una educación en el cuidado del lenguaje requiere de una atmósfera de mayores niveles de confianza y diálogo entre los distintos miembros de la comunidad educativa, y a su vez, de profesores que puedan por un lado, servir como ejemplo y modelo, y por el otro, de facilitadores de las experiencias necesarias para este aprendizaje.

Finalmente es importante considerar que además del profesorado y de la institución educativa, los estudiantes también tienen un importante papel en la promoción del cuidado del lenguaje en el trato hacia sus compañeros, como también, en las relaciones con sus profesores, tratándolos con respeto, consideración y estima.

La institución educativa es un espacio ideal para la construcción de relaciones de cuidado en general, y del lenguaje en particular, pues es una pequeña sociedad que en su vida cotidiana nos presenta múltiples oportunidades para cuidar y ser cuidados. Por tanto, esta es una invitación al dialogo, a la escucha, al cuidado en el uso de la palabra, a la escucha del silencio, para contribuir con la construcción de una sociedad que diga no a la violencia y si a una cultura de paz y bienestar.

[1] Paz, O. (1973). El lenguaje. En: El arco y la lira. México: Fondo de Cultura Económica.

[2] Gilligan, C. (1982). In a different voice: psychological theory and women´s development. Cambridge: Harvard University Press.

[3] Estrada, A.M. y Díazgranados, S. (2007). Kenneth Gergen: Construccionismo Social. Aportes para el debate y la práctica. Bogotá: Universidad de Los Andes.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Irma María Arévalo González
Gran Maestro Premio Compartir 2002
Ofrezco a cada uno de los alumnos un lápiz mágico y los invito a escribir su propia historia enmarcada en los cuentos y leyendas de su cultura indígena.