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Los límites de nuestras lecturas son los límites de nuestro mundo

Se otorgó el "Premio Nobel" de Educación a Nancie Atwell una maestra que a lo largo de 40 años logró que sus alumnos leyeran 8 veces más que el promedio estimulando su curiosidad, libertad y voluntad personalizada.

Abril 9, 2015

Podremos discutir hasta el hartazgo qué significa leer. Podemos perder el tiempo inmisericordiosamente suponiendo que se leía mucho más antes que hoy. Los lectores impenitentes quizás extrañemos el reino inmaculado del papel y las bibliotecas silenciosas, la era de los referencistas omnisapientes y la de los vendedores de libros que respondía prestos a solicitudes y brindaban mediante atinadas recomendaciones itinerarios de lecturas que podrían ocupar el resto de nuestras vidas -cuando apenas éramos unos párvulos y bibliotecas enteras se rendirían ante nuestra bibliofrenia. 

Habrá quienes insisten en que leer es hacerlo sobre papel. Que leer es entregarnos a los textos y no rendirnos antes imágenes o movimientos. Que leer en profundidad solo se puede hacer en el mundo del conocimiento pautado, dosificado, curado de los expertos, los adultos, los maestros del canon.

Paralelamente -como lo hizo con suma maestría y detalle Nicholas Carr (2011) en Superficiales- podemos escribir toneladas de cuartillas deplorando la perdida de sistematicidad y profundidad del mundo fuera de los muros del papel, la dilución de la atención y la concentración, la falta de norte epistemológico y de sustento metodológico que afecta a las nuevas generaciones achacado la sumatoria de tantos males a la tecnología, y en particular al uso y el abuso de internet y las redes sociales.

Pero ya sea que nos alineemos del lado de los tecnofílicos o del de los tecnofóbicos. Ya sea que idolatremos el orden taxonómico o que dancemos alborozados frente el desorden folksonómico al que nos arrojan las redes, todos estaremos contestes en un truísmo: somos lo que leemos y los límites de nuestras lecturas son los límites de nuestro mundo.

Por eso cualquier esfuerzo, técnica, truco, incentivo o aliciente que multiplique las lecturas, que devuelva a los libros o sus soportes equivalentes digitales, su valor agregado, cualquier plan de lectura bien sucedido o cualquier convocatoria al diseño de mejores y más profundos lectores es más que bienvenido.

Y por eso es doblemente bienvenido anoticiarnos de hace menos de un mes en la lejana y exótica Dubai una docente norteamericana jubilada en el año 2013 después de 40 años de servicios, fundadora del Centro Atwell para la enseñanza y al aprendizaje en Edgecomb para chicos de 6 a 13 años recibió el Premio Global al Docente, de un millón de dólares. Nancie Atwell http://c-t-l.org/faculty/, la maestra de Estados Unidos galardonada con el llamado “Nobel” de la educación, fue elegida entre más de 5.000 nominados de 127 países del mundo.

Pero ya sea que nos alineemos del lado de los tecnofílicos o del de los tecnofóbicos. Ya sea que idolatremos el orden taxonómico o que dancemos alborozados frente el desorden folksonómico al que nos arrojan las redes, todos estaremos contestes en un truísmo: somos lo que leemos y los límites de nuestras lecturas son los límites de nuestro mundo

Atwell consiguió que sus alumnos de octavo grado leyeran un promedio de 40 libros al año, “cuando lo habitual en Estados Unidos es entre seis y ocho”, según explicó. Su método quedó descripto en el libro In the middle, del cual vendió medio millón de ejemplares.

Atwell una filántropa que no dudó en legar el millón de dólares a su centro explicó que la clave de su éxito en la promoción de la lectura es “dejar que los niños elijan qué quieren leer y sobre qué quieren escribir” y que la estructura de sus clases “aumenta su capacidad y resistencia”. Además, sus alumnos alcanzan un promedio de 21 piezas escritas en 13 géneros literarios distintos.

Su obra ya clásica  In The Middle: New Understandings About Writing, Reading, and Learning (1987) que vendió más de medio millón de ejemplares muestra a través de un taller muy bien estructurado y que respeta a rajatabla el deseo de conocimientos de los chicos como es posible enseñar a leer, enseñar a escribir y potenciar la capacidad de expresión personal y colectiva más allá de las supuestas limitaciones de la pantalla, y de la omnipresencia de los videojuegos y de las redes sociales como malas consejeras en la educación infantil.

El ejemplo de Atwell si bien es excepcional en varios sentidos: toda una vida dedicada a la promoción de la lectura, el éxito de una metodología elaborada desde 0, la recompensa con un premio de valor mayúsculo a una “primun inter pares”, y su increíble desapego por la recompensa material y su donación para reforzar lo bien logrado), no empaña las tareas de decenas o centenares de miles de docentes de todo el mundo, que hacen su tarea en forma similar y que siguen considerando al diseño de  lectores como su desafío más ambicioso.

Lo que necesitamos ahora es convertir esta pulsión de lectoescritures del papel a las pantallas y que nos lleve más lejos aún (lecturas inmersivas, en realidad virtual, en realidad aumentada, en encarnación de  personajes, en interacción con avatares y/o agentes virtuales). Necesitamos muchas más Nancie Atwells 2.0. Por suerte ya hay ejemplos en ese sentido y en próximas columnas los visitaremos con ahínco y admiración

 

Referencias

 

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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ILCE-México, UBA-Buenos Aires
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Hoguer Alfredo Cruz Bueno
Gran Maestro Premio Compartir 2009
Logré vincular el aula y la comunidad rural a través de expediciones que marchaban tras la huella de la cultura local en tertulias de lectura que se convirtieron en lugares de encuentro entre los padres, los hijos, los textos y la escuela.