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Manuales de convivencia y realidad escolar

El momento histórico no está para lamentaciones ni para desgastarse culpando a otros, requiere de actos de cambio, por pequeños que sean

Junio 7, 2019

“Cuando, por el contrario, la educación permite al individuo pensar por sí mismo y ser lo que él quiera, es una educación deseable”
(Zuleta, 1988, p.72)

Resulta complejo separar lo que ocurre en la esfera de lo público de lo que acontece en el ambiente escolar. Inconcebible desaprovechar las experiencias aprendidas del proceso de paz que intenta todavía aclimatarse y llevarse a cabo en el país. Hoy más que nunca la escuela tiene un papel crucial en la tarea de reinventarnos una nación en la que quepamos todos. Se trata de romper imaginarios, esquemas o maneras de actuar que se han ganado la categoría de “normales” a fuerza de las circunstancias en contextos de violencia, sumados al mal ejemplo que cunde en el escenario político.

Se trata de cambios culturales en los estereotipos, en la manera de ver y percibir a los otros. Es el tipo de cambio más difícil, como lo planteara Cortina (2001), se trata de pasar de un sistema de prácticas y creencias -de arraigo inveterado- a un imaginario de sociedad en el que la convivencia se resuelve por la convicción en unos valores, considerados soporte del tejido social.

Para la escuela es todavía más complejo el panorama, se nos pide hacer de los centros educativos escenarios para la paz, espacios en los que se prepara a los niños y jóvenes para el ejercicio de lo público, ambientes en los que se deben interiorizar los valores que le dan sentido a la vida en sociedad. Sin embargo, ¿qué vemos en el espectro cotidiano? ¿Qué mensajes llegan a las escuelas con el triste ejemplo de nuestros dirigentes locales y nacionales, con los escándalos de corrupción que no cesan, con los discursos de intolerancia y polarización que son el pan de cada día? Al panorama anterior agréguesele la saga de narco novelas que desde hace años se ha vuelto el producto que más se vende en Colombia, donde el mensaje del duro, del avispado y fuerte, del éxito asociado al que “corona” -sin importar los medios- es el modelo a seguir, volviéndose referente para niños y jóvenes.

El momento histórico no está para lamentaciones ni para desgastarse culpando a otros, requiere de actos de cambio, por pequeños que sean. La escuela como segundo escenario de la socialización debe jugársela a fondo. Por un lado, su proyecto educativo debe estar en diálogo con la realidad nacional y por el otro, debe constituirse en una verdadera preparación para la vida. Lo grave es que la escuela, microcosmos de la sociedad en que está inserta, termine en muchas ocasiones siendo una réplica de eso que queremos precisamente cambiar. Las más de las veces, maestros y directivos docentes terminan apoltronados en sus puestos legislando a espaldas de su comunidad con Proyectos Educativos Institucionales basados en principios misionales y manuales de convivencia acordes a la oxigenación que trajo a la vida política la constitución de 1991, pero que se quedan en el papel porque no son vivenciados por los estudiantes en el ámbito escolar.

En los años setenta, del siglo pasado, eran frecuentes las marchas y protestas de los estudiantes exigiendo tener voz, asumir representación en las dinámicas y decisiones de la vida escolar. Reivindicaban los consejos estudiantiles como espacios de participación y representación. Esos estudiantes éramos nosotros, no debemos olvidarlo. Hoy, dichos espacios están debidamente amparados y reglados por la ley, nos corresponde ahora, como docentes y directivos, compartir esa vivencia con nuestros estudiantes, para que ellos comprendan la importancia de estos organismos de representación: verdaderos semilleros para construir competencias ciudadanas.

De acuerdo con los lineamientos del Ministerio de Educación Nacional (MEN) en el primer período del año escolar debe elegirse el Consejo estudiantil y es allí, en ese ejercicio de participación, donde debe empezar la educación para la democracia. ¿Estamos cumpliendo con la pedagogía de la convivencia que nos abre estos escenarios de participación estudiantil? ¿Hacemos pedagogía en la conformación y elección de los representantes por cada curso?

Las directrices del MEN expresan que el Gobierno escolar es una forma de preparación para la convivencia democrática, por lo tanto, la escogencia de los representantes estudiantiles debe problematizar tanto las bondades de la democracia como los males que nos aquejan debido a la manipulación del electorado para que voten por personajes que encarnan lo antiético, gracias a las argucias que suelen utilizar para lograr el apoyo popular. Hacer de la justa escolar un verdadero ejercicio de democracia que enaltezca al concepto de representatividad, es el papel de la escuela, para así recuperar el valor de elegir y ser elegido y dar sentido al espíritu crítico y argumentativo.

La pregunta vital para nuestros estudiantes sería: ¿qué cualidades debe tener un representante estudiantil? Es claro que este criterio debe estar explícito en el manual de convivencia y debe coincidir con el perfil del estudiante que la institución desea entregarle a la sociedad. Pero del dicho al hecho hay mucho trecho y en la vida escolar terminan colándose los vicios de la politiquería que queremos erradicar. Si los maestros no se apersonan de la trascendencia de este ejercicio democrático terminan postulándose y ganando los “estudiantes populares”, que generalmente son aquellos que personifican una rebeldía carente de razón, los que pelean por llevar el uniforme de tal o cual forma, por el uso libre del celular, por mostrar actitudes de patanería con los profesores o de abierta discriminación con algunos de sus pares.

Cuando los maestros asumen el aula de clase como laboratorio para la vida en sociedad, entienden la importancia de hacer conciencia en los estudiantes del perfil que debe tener un representante. Después de presentar la baraja de candidatos, en cada grado, el curso somete a discusión si estos cumplen con las virtudes éticas y con las habilidades necesarias para asumir este papel de representatividad y liderazgo. Las cátedras de competencias ciudadanas, las cátedras de paz, de convivencia y valores deben integrarse a la cotidianidad de la escuela, para asumir la educación íntegra como un acontecimiento ético (Melich y Barcena, 2000).

Es el mismo grupo quien debe debatir alrededor de quienes han puesto su nombre a consideración, seleccionando a aquellos que se ajusten a las características del perfil ideal. Para que estemos claros, tampoco se trata de elegir el estudiante brillante, casi genio, el de 5.0 en todas las áreas, pero que no es humilde con el conocimiento, que no logra trabajar en equipo, que no da muestras de humanidad ante el dolor ajeno o que se gana el favor de los docentes delatando a sus compañeros. El famoso “sapo” que algunos de nuestros gobernantes se han encargado de engrandecer, pervirtiendo el sentido de la lealtad y corrompiendo las fisuras más sensibles del tejido social.

Este proceso eleccionario debe servir para confrontar los vicios de nuestra democracia, por ello debe surtirse el mismo rasero ético cuando en grado once se postulan los candidatos a personero estudiantil. Debe darse un debate interno sobre los nombres de los candidatos y si cumplen o no con el perfil que aparece nominado en el manual de convivencia, de tal forma que sus nombres sean motivo de orgullo para la comunidad educativa y su campaña se vea enardecida, no por el juego sucio de dañar la reputación del contrario o por prometer lo que no pueden cumplir, sino por la presentación de sus propuestas y por mostrar coherencia de lo que predican, con la manera como se relacionan con todos los miembros de la comunidad educativa. Se trata de que los estudiantes vivencien el concepto de representatividad y de que todos somos sujetos de derechos y deberes, conceptos que en distintos momentos de su escolaridad serán abordados en las clases.

De esta manera se evita que al igual que ocurre con nuestra carta magna, el manual de convivencia termine siendo un listado de buenas intenciones que no se lleva a la práctica. Un representante estudiantil, que asume con responsabilidad su cargo, le atañe conocer el cuerpo de deberes y derechos que aparecen como columna vertebral del documento que rige la convivencia en su colegio y en consecuencia le corresponde participar en la revisión que, mínimo una vez al año, se debe hacer del mismo para aportar en su actualización.

¿Conocen los estudiantes el manual de convivencia de su colegio? ¿Lo convierten en referente obligado para el análisis de las problemáticas propias de la convivencia y de la resolución de conflictos? ¿Establecen los maestros de sociales parámetros de comparación entre el gobierno escolar y el gobierno nacional y entre nuestra Constitución y el manual de convivencia? Parecen preguntas con respuestas obvias, pero sucede que terminamos diciendo una cosa y haciendo otra y los estudiantes terminan sintiéndose como convidados de piedra, invitados solamente para firmar las actas que exigen las instancias gubernamentales, en caso de una visita oficial. ¿Cómo se asumen las faltas o situaciones al manual de convivencia? Se habla de un cambio cualitativo de una justicia punitiva a una justicia restaurativa. ¿Se lleva realmente a la práctica?

Los maestros deben aprovechar las situaciones de conflicto para hacer pedagogía de la convivencia, no desde el lugar de la autoridad sino desde la habilidad para conducir la discusión en el salón de clase, de permitir que sean los mismos estudiantes quienes expresen la gravedad de tal o cual situación y logren establecer su relación con los valores que rigen la convivencia y que cuidan la dignidad humana. Interiorizar, según Cortina (2001), los valores al calor de la cotidianidad, de la riqueza de los conflictos, del aprendizaje de las problemáticas sociales, del análisis crítico de las situaciones que acontecen en el país, no de otra manera se enseñan los valores.

La escuela, como planteaba Zuleta (2001) debe verse como una ventana hacia el mundo y no de espaldas a él, es una oportunidad de poner en crisis lo que hemos considerado normal. En otras palabras, develar en el espectro escolar los síntomas de esa sociedad enferma que intentamos superar: no solamente la discriminación por razones de raza, aspecto físico, religión, identidad de género, sino la competencia inclemente que impone la sociedad de consumo, el fenómeno de las bandas, la drogadicción y el imperio de la ley del más fuerte.

Tampoco desde la penalización y expulsión, sino desde el empoderamiento de nuestros estudiantes para detectar y ayudar a quienes, por cualquier causa, terminan replicando lo que ven y experimentan en el “mundo de afuera”. En este sentido, cobran vigor los comités de convivencia, no el Comité escolar de convivencia que se reúne como última instancia en los colegios para dirimir una situación -organizados al amparo de la Ley 1620 de 2013- en cuya cabeza está el rector y que tiene importancia por tener representación de estudiantes, padres de familia y docentes, pero que solo sesiona en casos de suma gravedad, mínimo cada dos meses. Me refiero a los comités de convivencia que deberían integrarse en todos los grupos -de tercer grado en adelante- como instancia preventiva cuando se presentan situaciones de conflicto. Se trata de un espacio en el que los estudiantes afectados se sientan visibilizados, no con el ánimo de ser señalados o estigmatizados, sino donde sus compañeros -cuatro estudiantes y un docente- escuchan las razones de su actuar y los mismos niños o jóvenes le devuelven sus reflexiones sobre la manera como sus actitudes o comportamientos están afectando a sus compañeros, a las dinámicas de las clases, a su bienestar emocional, a su contexto familiar o a la comunidad en general.

Un acercamiento de esta naturaleza es lo que Levinas (2011) reclama al postular la vulnerabilidad del rostro: es la visión del otro lo que instaura lo humano, lo que relativiza los puntos de vista sobre la manera de actuar de un sujeto, una relativización que puesta al crisol de unos valores básicos posibilitan el diálogo y la concertación. ¿Por qué esperar a que los conflictos se agudicen y simplemente buscar en nuestro Manual a qué tipo de situación I, II o III corresponden y cuál es la acción que se contempla en el famoso código? Ello, como muchas veces sucede, va en función de los efectos, no en el lugar de una búsqueda de las causas para encontrar solución. ¡Saquemos la manzana podrida y ya! Lo propio es ir aguas abajo y descubrir que es lo que las pudre. Estos niños y jóvenes que conforman los comités de convivencia -cuyos miembros pueden irse rotando, cada cierto tiempo- aprenden que la sociedad se organiza para proteger su integridad, para velar por los derechos humanos y que lo más sagrado es el cuidado de los otros. ¿No es esta vivencia más poderosa que cualquier discurso descontextualizado?

Hannah Arendt plantea que “La educación es el punto en el que decidimos si amamos al mundo lo bastante como para asumir una responsabilidad por él y así salvarlo de la ruina” (Arendt, 1996, p. 208). Complementaría este aserto afirmando que esa responsabilidad debe comenzar por hacer realidad en la cotidianidad escolar lo que aparece meramente escrito en los manuales de convivencia. Surge de manera relevante el paradigma de lo relacional: es con los otros que se entiende y se construyen los acuerdos, se le da importancia a las normas y se reconoce la transversalidad de los valores como tejido invaluable de la convivencia. Estos no se aprenden desde la imposición, deben construirse desde la convicción en su aplicabilidad cotidiana.

En días recientes el pedagogo estadounidense Giroux (2019) afirmaba, frente al renacer de visiones fascistas y excluyentes, que la crisis de la escuela es la crisis de la democracia. Un campanazo que nos interpela para tomar cartas en el asunto y posibilitar en nuestros estudiantes el pensamiento crítico, escuchar sus voces y permitir su participación real en las instancias que atañen al gobierno escolar. Giroux (2019), al respecto reafirma que la función de la escuela debería tener como misión formar ciudadanos tolerantes, con capacidad de diálogo.

La escuela debe abrir estos espacios para el diálogo, para la participación, sin lugar a dudas es dando ejemplo como se aprende. Cuando en los escenarios educativos se aprovecha la labor de personero y del Consejo Estudiantil para ventilar las problemáticas del contexto escolar, estamos haciendo pedagogía para la convivencia, estamos demostrando que el diálogo y la concertación son posibles cuando se visibiliza al otro como interlocutor válido.

Algo similar ocurre cuando demostramos que en un conflicto no hay perdedores, porque siempre se gana a favor del sentido de comunidad, ganan los principios éticos que sustentan la propuesta educativa, se rompe el esquema facilista de amigo o enemigo, conmigo o contra mí y se transforma en la importancia del cuidado mutuo o de la ética del cuidado, como lo plantea el maestro Bernardo Toro.

La corresponsabilidad en la preservación de la convivencia es una tarea que demanda la capacidad hermenéutica de los maestros y directivos docentes, a partir de sus contextos educativos, a la altura del momento histórico que atraviesa el país, como formas de vivir la democracia y aporte a la construcción de la paz.

Bibliografía

 

Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Gran Rector Premio Compartir 2016
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Diego Fernando Barragán Giraldo
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Invitó a sus estudiantes a armar pieza por pieza un rompecabezas mental cuya imagen final dejaba ver la realidad del país.