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Porque es más importante hacer que decir (Bitácora de viaje I)

Luego de un año de publicaciones, el columnista realiza un recorrido por los acontecimientos importantes que inspiraron sus textos durante el 2015.

Febrero 3, 2016

Ha pasado un largo año desde el inicio de colaboraciones con Palabra Maestra de Compartir, buen momento -aunque con cierto delay- para hacer una síntesis, valorar lo realizado, e imaginar futuras colaboraciones. Tratándose de las dos últimas columnas del año que pasó aquí vamos.

Es difícil unificar experiencias y promover/prometer nuevas formas de leerlas y multiplicarlas, cuando (nos) pasan tantas cosas al mismo tiempo. Porque es muy diferente tener un empleo full-time (aunque fuese como escritor o cronista de viajes, que ambas modalidades nos atraen), que estar apalancando procesos de transformación muy disímiles en instituciones muy diferentes (escuelas, aulas, universidades, institutos de formación, organizaciones). Donde siempre tratamos de sumar a lo mucho ya hecho, buscamos generar nuevas lecturas y activaciones donde hay historia, pero también donde cabe inventar muchos futuros (inesperados) por delante.

En el medio de tantas figuras geométricas resulta difícil dibujar en pocos trazos dónde estamos parados, qué hemos logrado y hacia dónde pensamos ir en lo inmediato, aprovechando el tiempo cada vez más escaso que nos queda.

Hace ya más de dos años que dejamos nuestro país natal la Argentina, aunque nunca nos fuimos ni un milímetro, porque seguimos leyendo con avidez todo lo que pasa allá, porque seguimos en contacto vía las redes sociales y la telaraña digital el día a día, con una fruición y un detalle que allí no explorábamos, y porque sobretodo nuestra identidad (esa matriz tan indefinible y abstracta pero que se construye en la diferencia y en el contraste), no hace más que reafirmarse cuanto más lejos estamos en kilómetros y en sensibilidades de la casa matriz.

Fue en este decurso inesperado, previsto para un año y que llegará a los tres, donde nuestra identidad argentina se fue reconstruyendo paso a paso. Y no lo hizo solo porque América Latina es lo más distante y distinto que podemos imaginar para quienes venimos de los barcos (definición que dieran Carlos Fuentes, Octavio Paz y el mismísimo Jorge Luis Borges de los argentinos en contraposición a por ejemplo los mexicanos que descenderían de los aztecas), más allá de la retórica fácil de la “gran patria latinoamericana”), sino porque al mismo tiempo, mientras redibujábamos nuestra identidad personal y familiar, la Argentina iba dando una voltereta de esas a las que está acostumbrada cada 10 años, pero con una resultante inesperada.

Por primera vez en un siglo el nuevo ciclo político -y en Argentina como en casi cualquier otro país latinoamericano la política lo permea todo- no está presidido ni por un militar, ni por un radical ni por un peronista, sino por un partido que se dice del siglo XXI y que como tal quiere al mismo tiempo reinventar y construir su propia simbología.

A nosotros nos pasó lo mismo con nuestra identidad. De no haber apostado ni un peso por la argentinidad al palo, de descreer enteramente de nuestra excepcionalidad y unicidad, de desconfiar a ultranza de la ideología clasemediera del “deme dos, palo y a la bolsa”, resignificamos nuestra argentinidad como nunca antes en nuestras estancia en países como USA, España o Francia.

Vinimos a hacer dos o tres tareas y terminamos boyando por 10 puertos distintos. Creímos que encontraríamos en Colombia una escala que permitiría ampliar horizontes propios y ajenos, para verlos totalmente obturados por una sociedad absorta, empecinada en una modernización supuesta, obsesionada por lograr una paz necesaria, sobre un trasfondo de una inequidad y una injusticia fenomenales (como en la mayoría de las sociedades latinoamericanos, la Argentina incluida).

Jamás imaginamos que acabaríamos en México, aunque lo deseábamos mucho desde hace una década atrás. Aquí teníamos más amigos y anclajes y hasta “affordances” para abonar nuestras aventuras digitales que en gran medida se cumplieron.

Cada una de las experiencias que nos permitió dar un gran salto adelante tenía potencialidades inesperadas. El proyecto de Cultura Digital en el Colegio Hebreo Maguen David (CHMD) ha sido un sueño realizado. El mismo Instituto Latinoamericano de Comunicación Educativa (ILCE), con sus innumerables quiebres organizacionales y culturales, nos ha permitido diversas reinvenciones. La Fundación Telefónica siempre provee atajos y estímulos especialmente con su escuela de educación disruptiva, la Universidad Minerva con su sede en San Francisco, nos abrió fuente inesperadas de conocimiento y sobretodo de aggiornamento al brindarnos un sentido de pertenencia a una institución del futuro.

Más cerca, visitas a los estados mexicanos, colaboraciones con Centro Diseñoprofesionalizando la creatividad”, hasta la inmensamente potente entrada al Instituto Morelense de Radio y Televisión hace un par de semanas, nos mostró que no hay límites para las cosas que podemos hacer y proponer. En el medio se sumó la experiencia #TVMorfosis sobre formatos post-televisivos de un potencial en expansión.

2016 será el año final de nuestra estancia permanente en México y recorreremos palmo a palmo sus innumerables bellezas y encantos. Ya empezamos con una postergada visita a Oaxaca y la incursión a Monte Albán uno de los patrimonios históricos de la humanidad, seguimos esta semana con San Miguel Allende un pueblo colonial de ensueño, en unos días volveremos a Campeche y pasaremos por Becán y Calakmul, y así mes a mes.

La combinación de geografías, personajes, actores, sorpresas gustos y más que nada una alimentación intensificada de “memes” que vienen por los lados más inesperados (especialmente vía Twitter) están haciendo de este viaje por América Latina algo tan iniciático, como el primero que emprendimos a los 19 años cuando viajamos a la mítica Universidad de Vincennes en París, para no ser nunca más los mismos.

Y si bien los nombres de Michel Foucault, Jean Francois Lyotard, Gilles Deleuze, Jacques Ranciere, Alian Badiou, Felix Guattari, Serge Leclaire et al, todos ellos profesores presenciales nuestros, no aparecen con la fuerza de antaño, habiendo sido reemplazados por referentes como Clay Shirky, Howard Reinghold, Nicholas Negroponte, Nassim Nicholas Taleb, Daniel Kahneman, Daniel Pink, Nicholas Carr, cada vez más científico-tecnológicos, cada vez más algorítmicos y vinculados a la innovación tanto científico-tecnológica como organizacional, en un arco de 50 años, se ha forjado un entramado entre bandas creativas, un anillo de Moebius epistemológico, que nos hace sentir cómodos y como en casa, estemos donde estemos, dialoguemos con quien dialoguemos.

En el medio de tantas figuras geométricas resulta difícil dibujar en pocos trazos dónde estamos parados, qué hemos logrado y hacia dónde pensamos ir en lo inmediato, aprovechando el tiempo cada vez más escaso que nos queda.

Nuestra capacidad de publicación disminuyó drásticamente con el cierre a fines de enero del 2015 del Interlink Headline News, nuestro diario electrónico. No en vano el ejercicio cotidiano durante 20 años de una columna periodística había estado en la base de casi todos nuestros libros con excepción quizás del primero: la versión 1.0 de Ciberculturas. Los otros diez nacieron allí. Sin esa savia nutricia ¿de dónde emergerán los próximos que se vienen postergando ya demasiado?

Como los que imaginamos sobre “Bandas Creativas” (con el énfasis creciente que pusimos en el diseño organizacional) o sobre Inteligencias colectivas (idem). Por suerte Palabra Maestra de Compartir ayuda en este cometido. Aquí queremos mientras señalar algunas líneas de trabajo que más que testimoniar lo mucho y bueno hecho (por otros), nos indican qué habrá que esquematizar, sistematizar y convertir en servicios y productos, para encapsular estos pequeños logros en potencias de reinvención sucesivas.

Se trata de líneas de trabajo algunas en curso, algunas meramente delineadas. Varias de ellas podrían ser la base de algún diplomado o maestría, de proyectos de investigación, talleres y seminarios y están tapizadas de lecturas, experiencias y productos, ya en desarrollo, que cabrían amablemente entre hashtags y nuevos encuadres (algunos de los cuales han sido entrevistas en las más de 25 columnas que hemos publicado este año en este espacio generoso y atrevido). (Continuará)

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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ILCE-México, UBA-Buenos Aires
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Gustavo González Palencia
Gran Maestro Premio Compartir 2008
ogré incentivar en niños y jóvenes el gusto por la música y la ejecución de instrumentos musicales.