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Recuperar el humanismo

La mayor apuesta del humanismo está en la educación: una que retoma y reformula los tres objetivos de la Paideia griega: la verdad, la belleza y la justicia.

Agosto 5, 2016

Para muchos -académicos, tecnócratas, pragmatistas, políticos-  el humanismo no pasa de ser una antigualla, un anacronismo, una obsolescencia que si bien es cierto jugó un papel importante en los procesos de lucha por los derechos humanos y la liberación de los pueblos de regímenes totalitarios, hoy en día, en estos tiempos de masificación, flujo incesante de información y la muerte del autor y del sujeto, invocar la voluntad, la dignidad, el amor, la realización del individuo o el sentido de la vida, son problemas irrelevantes, superfluos, románticos y, en el mejor de los casos, un mal necesario que hay que tener en cuenta como una variable dependiente.

Fueron los denominados “maestros de la sospecha” los que, a partir de sus propias conceptualizaciones, pusieron en entredicho las potencialidades de lo humano y desconfiaron, con toda razón, de su pretensión narcisista de ser el centro del universo. Es así como Marx demuestra que la consciencia, la propiedad más intrínsecamente humana, más que un atributo individual, es el producto social resultado de las relaciones materiales de producción y los intereses de clase. Nietzsche, por su parte, develó la falsedad de los valores consagrados por la cultura europea, mostrándonos que detrás de cada acción humana se encuentra agazapada, aviesa y prevaricadora, la voluntad de poder. Y toda la obra de Freud estuvo dedicada a desconfiar del conocimiento consciente y la consciencia de sí, porque nuestras motivaciones están determinadas más por las fuerzas y los deseos inconscientes que por la claridad de nuestra mente.

Estos cuestionamientos de la consciencia se apuntalaron con el auge de las filosofías estructuralistas y posestructuralistas, en las que el objetivo de las ciencias humanas debería situarse en la explicación de las estructuras, de los textos y los discursos, o en el devenir indeterminado de la vida; y con un lenguaje abstruso, críptico y cargado de metáforas arbitrarias y forzadas extraídas de las ciencias naturales y la literatura, se expulsaba al sujeto, al individuo, al hombre y a la mujer concretos de carne y hueso de la investigación social y de la reflexión histórica y filosófica.    

Entre las principales críticas que se le han hecho al humanismo se puede destacar las de haberse convertido en un sermón moralizador que implica siempre “blandura” frente a los problemas serios (Foucault, por ejemplo), ataque no sólo injusto sino abusivo porque, en un mundo en el que uno de sus mayores problemas es justamente la tentación de lo inhumano, la recuperación de valores universales como la libertad, la dignidad, el respeto al individuo y a la voluntad, se hace no sólo impostergable sino imprescindible para pervivir como civilización y como especie.

Otra crítica generalizada es su oposición a la tecnología en cuanto tal. Craso error y señalamiento tendencioso y malintencionado. ¿Quién se va a oponer a estas alturas a todas las ventajas y posibilidades de internet o de las tecnologías médicas o de cualquier tipo? No sólo sería una estupidez sino una fatalidad. Otra cosa es que la técnica deje de ser un medio para convertirse en un fin, que se convierta en un arma preocupada únicamente de sus propios intereses.

También se le critica que quiera reducir todos los problemas del mundo a problemas humanos (sociales, culturales, etc.), en una suerte de antropocentrismo inaceptable para el resto de seres vivos. Este hecho, que pudo haber ocurrido en ciertos momentos históricos como en el Renacimiento o durante el auge del Romanticismo, resulta inaceptable para un humanista contemporáneo. El humanismo entiende que el ser humano no es el centro del universo, que está limitado por su misma pluralidad, por su historia y su cultura. En ningún momento olvida que se encuentra abocado al drama de su propia libertad y su libre albedrio y, por tanto, no es necesariamente bueno e incluso capaz de lo peor; pero justamente esta evidencia -y el siglo XX es apabullante en mostrarnos las atrocidades a las que podemos llegar- es lo que lo hace también afirmar su capacidad de actuar, de indignarse y de transformar esa realidad que él mismo produjo.

No se trata, entonces, de retomar el humanismo porque todavía se cree en el “hombre”. No. De lo que se trata es de rescatar el sentido de lo humano, esa “existencia desnuda” de la que habla Víctor Frankl cuando quedamos solos y sin nada frente al mundo, y sólo queda creer en nosotros mismos y ser más con los demás para no caer en el nihilismo del resentimiento y la apatía.

Tal vez el mayor objetivo del humanismo actualmente sea el de luchar contra esa idea dominante, y estúpidamente arrogante, de que todo está permitido, de que todo es posible. Idea que ha demostrado su poder devastador en los crímenes perpetrados en nombre de las ideologías, en defensa de una supuesta humanidad, o, como ocurre hoy en día, en la incitación y exaltación de un yo soberano e imperial.

Es por eso que la mayor apuesta del humanismo está en la educación. Una educación que retoma y reformula los tres objetivos de la Paideia griega que, al fin y al cabo, fueron los que sentaron las bases del humanismo: la verdad, la belleza y la justicia.

Evidentemente que esos ideales educativos no sólo ya no poseen esa intencionalidad universal y normativa, sino que sus significados se han transformado históricamente con nuevos contenidos y en función de las características culturales de cada nación. De esta forma, la verdad, de la cual generalmente terminó ocupándose la ciencia y la filosofía, puede entenderse también como una búsqueda de comprensión de la naturaleza y de nosotros mismos; la justicia, que fue arrogada por el estado de derecho, se puede asumir también como reciprocidad, solidaridad, confianza e inclusión; y la belleza, que era determinada por unos cánones expertos, terminó subjetivizada y relativizada de acuerdo a las perspectivas éticas de las personas, es decir, como formas de autoexpresión individual. Estas son, ni más ni menos, las razones por las que tenemos que recuperar el humanismo.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Doctor en Educación. Magíster en Sociología de la Educación
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Laura María Pineda
Gran Maestra Premio Compartir 1999
Dar alas a las palabras para que se desplieguen por la oración y vuelen a través de los textos para que los estudiantes comprendan la libertad del lenguaje.