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Si no tienes argumentos estás condenado a callar y obedecer

Testimonio de uno de los maestros ganadores del Premio Compartir al maestro, quien narra el valor lo que más le apasiona de su labor docente.

Diciembre 27, 2015

He vivido casi cuarenta años metido entre aulas, patios, auditorios, en intensas e injustas jornadas de las que habla el Papa Francisco y a punta de intentar hacer de esa vida algo significativo he descubierto el hilo conductor de esa…, no sé cómo llamarla: terquedad, necesidad, obsesión o quien sabe qué de estar metido entre ruidosos chicos a los que parece importarles un pito los discursos éticos. Ya casi a punto de calificar servicios y gracias al Premio Compartir puedo dar un parte positivo a los duendes que rondan mis sueños y les digo que haber llegado a la final del Premio en dos ocasiones es eso: la verificación de que estoy haciendo algo significativo y la constatación de que a esos ruidosos chicos les preocupa, les importa mucho aprender a dar razones de lo que ellos creen lo bueno, lo conveniente, lo mejor, lo ético.

Con el más profundo respeto por todos mis colegas expondré lo que me entusiasma de mi trabajo sencillamente como una conversación espontánea, antes que nada, dirigida a estudiantes y a jóvenes, es la charla del que siente el placer de una vida plena. Siendo licenciado en religión, mi área de ocupación ha sido durante casi veinticinco años la asignatura de “ética y valores”, un saber para el que en las facultades de educación no hay un currículo especifico, a dictar esta área llegan licenciados en sociales, en ciencias religiosas, orientadores, economistas, filósofos y uno que otro especialista en bioética, o en valores. Me siento orgulloso cuando alguno de los estudiantes me pregunta: “¿Profe qué o en dónde se estudia para ser maestro de ética? Y he llegado a creerme la idea de que la formación ética es un asunto que merece una licenciatura. Obviamente como no hay una estructura o un código epistémico que la valide como saber, la formación hay que hacerla por cuenta propia. Y verdad que hay que ingeniárselas para proponer un currículo y una didáctica que es lo que he procurado hacer así a ojos de muchos sea la más absurda de las faenas para una escuela que debe estar altamente comprometida con la ciencia, y la tecnología. Y eso es lo que provoca compartir de esta experiencia, por la que en dos ocasiones me han dicho: ¡Oye qué bien!

La ética es ese saber-hacer que mantiene la condición humana de los humanos. Y en el centro del quehacer ético está el saber argumentar y validar (entiéndase relacionado con valorar) lo que se argumenta. Creo que si no se tienen argumentos, si no tengo argumentos para presentar, para proponer y sugerir determinado actuar estoy condenado a asumir lo que el otro con la fuerza de su argumento determina en la ruta de mi vida. He ahí el meollo de la justificación del saber ético en la vida y por tanto en la escuela: aprender a argumentar mi actuar. Llenar de “logos” mi cotidianidad. Estoy convencido y eso predico que la vida tiene sentido por mis convicciones, mi respeto hacia los otros se ofrece por el argumento incontrovertible que representa la palabra o la presencia del otro, mi futuro tiene escenarios en tanto tengo las motivaciones-razones que alcanzar en el escenario de lo que no existe aún, y el camino de la verdad me pertenece o lo poseo en tanto es el trofeo en una lucha, que se hace testimonio, contra todo lo que es bajeza y miseria vital.

Pasan modelos, pasan programas tanto como pasan ministros y técnicos de currículo por las oficinas de las ciencias sociales; ya que las competencias ciudadanas, ya que formación en valores, la formación para la democracia, en otra ocasión fue la rectitud moral, vendrá quizás la paz, el post conflicto, el ciudadano universal y quien sabe que otro programa, pero en el fondo el viejo Kant seguirá tozudamente repitiendo en las aulas de ética “sapere aude”.

Ese he descubierto es el norte del trabajo de un maestro de ética en la escuela: propiciar la autonomía moral la cual no es otra cosa que tener razones para plantarse ante los tutores que pretenden arrebatar el control de su existencia. Es ayudar a que el joven pueda consolidar lo que llamo los principios éticos, que va más allá de esa entelequia que suponemos que vienen de la familia. Esa que como una especie de ficción es el producto de la decantación de normas y reglas de padres y adultos, una decantación de valores sociales y culturales que destilan al final como caramelos en esas profundas convicciones que solemos saborear y expresar con el pecho hinchado con frases como: “primero encarcelado que mentiroso”, “por nada de la vida mataría a otro ser” o “mi honor por encima de cualquier moneda”, entre otras. Fabricarles solo en el silencioso encuentro de mí conmigo mismo, y que no es común entre la gente, por el contrario tal como lo plateaba Kohlberg en sus estudios, la mayoría no alcanzamos si no a regirnos por las convenciones que nos propone la sociedad y la comunidad. No es fácil formar una persona con criterio y carácter que sea capaz de pararse y decir “Si, yo he dicho esto y es porque pienso” .¡Y créanme que no es fácil!

Definido el qué de la ética, hay que emprender el cotidiano trabajo del cómo hacerlo, el de la didáctica y aquí creo que he alcanzado a hacer de mi trabajo algo significativo al recurrir a la vida hecha relato. A poner espejos en las tramas existenciales del vivir, el convivir, el decidir y proyectar la existencia.  Releo mis guías y me da risa de las historias ficticias que he inventado para que a modo de atrapa-sueños ellos descubran la clave de un proyecto honesto, de una relación sincera, de un juicio crítico y de un horizonte personal y social feliz. Con las historias les hurgo su alma, les toco las fibras más íntimas de sus intencionalidades y les pongo en sus pupitres para que se vean reflejadas con sus éxitos y fracasos allí. En nuestras discusiones de argumentos los acorralo con sus respuestas, imito a Sócrates y su mayéutica, y veo como tímidamente se esconden en un “pues yo pienso así, no sé” y le exijo que siga argumentando, que no pare, pues definitivamente quien no tiene argumentos para defender sus posiciones está condenado a callar y obedecer en su proyecto vital las razones que los poderosos le imponen. Los confrontó en su vivir con los personajes y con los criterios de un perfil ético, les exijo razonar mis pensamientos y los pensamientos de los grandes pensadores de la ética, en últimas les empujo a que sean ellos.

La ética es ese saber-hacer que mantiene la condición humana de los humanos. Y en el centro del quehacer ético está el saber argumentar y validar (entiéndase relacionado con valorar) lo que se argumenta. Creo que si no se tienen argumentos, si no tengo argumentos para presentar, para proponer y sugerir determinado actuar estoy condenado a asumir lo que el otro con la fuerza de su argumento determina en la ruta de mi vida.

Y tercamente sigo asistiendo al ágora del aula porque estoy convencido que si logro que se empoderen en su discurso, en sus convicciones no serán la presa fácil de políticos, empresarios, ideólogos, periodistas y mercaderes que los quieren callados y ciudadanos políticamente alineados consumiendo la chatarra que les entrega como alimento de unas vidas sisíficas. Por eso me encanta lo que, no sé exactamente quien de la Fundación Compartir, escribió de mí al presentar en el 2013, la segunda ocasión mi trabajo: “Con la convicción de ofrecer una formación ética dialogante, discursiva y argumentativa, este maestro ha diseñado una estrategia apoyada en el análisis sistemático de dilemas morales construidos por él mismo referidos a situaciones que suelen vivir sus estudiantes.

Así cada quien avanza en el desarrollo de su ser ético al dirimir estos conflictos hipotéticos por los que atraviesan sus semejantes, gracias a preguntas cuidadosamente pensadas y puestas en las guías de trabajo elaboradas por el profesor Silva y a las intervenciones que este hace para orientar los análisis riguroso de sus estudiantes. Los compromisos de vivir, convivir, decidir y proyectarse están siempre presentes toda vez que estos hacen parte de la malla curricular que soporta la planeación de sus actuaciones docentes. Los jóvenes destacan por su nivel de argumentación y su capacidad para analizar situaciones” (Palabras del video de presentación).

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
Escrito por
Maestro
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Belkis Briceño Ruíz
Maestra del Colegio Antonio Nariño IED
Cuando uno quiere enseñarle algo a alguien, el que aprende es uno. Eso sucede en la escuela. Eso es lo que buscamos los maestros a diario