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Un grito de auxilio por los estudiantes de universidades privadas

“Hoy hago un llamado a la solidaridad y a la comprensión de todos los maestros y directivos universitarios que me leen, porque los profesionales del mañana están en sus manos”

Mayo 7, 2020

Bien se nos ha dicho hasta el cansancio, desde que somos pequeños, que cuando se tiene una oportunidad hay que aprovecharla. Que debemos emplear nuestro poder para hacer el bien, para transformar nuestro entorno. Hoy decido seguir ese consejo y aprovechar esta oportunidad para dar un grito de auxilio por mis compañeros, los estudiantes de universidades privadas.

Al principio, quizá ese grito puede sonar más como una rabieta. Una pataleta de ‘niños ricos’ que no saben “untarse las manitas” y “guerreársela” por cumplir sus metas; pero, con honestidad y dolor, temo informar que no es así.

La pandemia ha afectado todos los sectores productivos y sociales del país, y la educación no ha sido la excepción. Los maestros, de todos los niveles educativos, han puesto ‘sangre, sudor y lágrimas’ para dar continuidad a los procesos de formación a cada uno de sus alumnos. De igual manera, muchos niños, niñas y adolescentes han quedado desescolarizados.

La siguiente puede parecer una queja absurda comparado con los cientos niños en zonas rurales que no cuentan con un computador o internet para estudiar. Sin embargo, lo cierto es que miles de familias tendrán que elegir, en los próximos días, entre el pago del semestre de sus hijos o la compra de bienes básicos como los alimentos.

A muchos estudiantes de las universidades más costosas del país, mayo los sorprendió con un recibo de matrícula de 8 cifras, con incrementos respecto a su semestre anterior y con penalidades económicas y académicas por no pagar a tiempo. Paradójicamente, universidades con matrículas más asequibles hicieron descuentos del 10%, 15% y hasta el 25%.

Si bien esto podría no suponer ningún problema para los estudiantes de privadas, contrario a lo que se suele creer, no todos son ricos. Y digo no todos porque probablemente varios lo sean, pero no representan una mayoría significativa.

En mi experiencia como estudiante he visto como mis compañeros y sus familias hacen hasta lo imposible para pagar su educación. Venden postres, sandwiches, dulces y hasta almuerzos; hacen turnos de más de 10 horas en un call center donde un extranjero los insulta todo el día por el teléfono; se las ingenian para conseguir trabajos por horas cerca a las universidades para poder ir en sus ‘huecos’; venden bienes familiares y sus padres tienen dos y hasta tres empleos. Esto sin contar que, en Colombia, el 58% de las matrículas universitarias se financian con créditos. Sin embargo, estas medidas, aunque necesarias, son apenas suficientes para cubrir al ras el valor del semestre. La ‘plata’ no alcanza para nada más.

Se las habían ingeniado para poder reunir el dinero necesario cada semestre más los incrementos que nunca faltaban. Cada uno terminaba su carrera pagando casi el 50% más que cuando iniciaron su pregrado. Aún así lo lograban con creces y salían victoriosos al inmenso mar del desempleo.

Sin embargo, en tiempos de pandemia, la situación económica de las familias se tornó complicada y mísera. Muchos perdieron sus empleos, negocios familiares y otras formas de sustento. Si bien en el pasado la matrícula era casi insostenible, con el aislamiento preventivo y la crisis económica pagarla parece, cada vez más, una quimera.

Cuando se apela a la solidaridad de los directivos de las universidades, la respuesta siempre es la misma: “si bajamos matrículas nos vemos obligados a quitar empleos”. Sin embargo, el argumento de los estudiantes es que probablemente el siguiente semestre también será virtual, lo que ahorrará costos de servicios públicos, eventos masivos y otros gastos frecuentes que no necesitarán realizarse. No obstante, la negativa ha sido rotunda.

Ante la situación, miles de estudiantes han contemplado la posibilidad de aplazar el siguiente periodo académico o simplemente dejar de estudiar. Algunos porque no cuentan con los recursos para hacerlo, otros porque no consideran justo pagar por un servicio que no se les está brindando, como los laboratorios, programas, equipos de la universidad y demás beneficios que incluye la matrícula.

La situación empeora en las familias que tienen dos o más hijos cursando la educación superior. Estas se verán en la obligación de escoger cuál de ellos continuará su proceso de formación el siguiente semestre y cuál puede esperar, si es que hay dinero para alguno.

La deserción masiva sería un problema sin precedentes para la educación privada. Si los descuentos en las matrículas, según las directivas universitarias, implicarían despidos masivos, sin el pago de cientos de estudiantes serían insostenibles programas académicos completos. Los maestros de hora cátedra serían los más afectados, ya que su sueldo depende de la cantidad alumnos que se matriculen y los grupos y horarios que se formen a partir de estos. Además se perderían recursos valiosos que podrían ser destinados para investigación y acreditación.

La propuesta de las directivas es que los estudiantes acudan al ICETEX, pero no hace falta decir que, con matrículas que oscilan entre los 10 y los 24 millones de pesos, las entidades vampiro no son una opción favorable. Una tasa de interés del 12%, sumada a la dificultad de encontrar empleo después de graduarse, no es una solución para nadie en estos momentos de crisis.

Otras dificultades han salido a la luz en este proceso: ausencia de recursos tecnológicos para la educación desde casa, problemas de conectividad, falta de comprensión de los maestros ante la situación de los estudiantes, poca claridad en los procesos de grado y, la más importante, baja calidad en la educación superior.

Hoy, con el beneficio que poseo al escribir en este medio, y sin querer tomar vocería por mis compañeros estudiantes, hago un llamado a la solidaridad y a la comprensión de todos los maestros y directivos universitarios que me leen, porque los profesionales del mañana están en sus manos. De ustedes depende que este grito de auxilio sea escuchado.

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Imagen Tim Gouw on Unsplash
*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Escrito por
Estudiante de Lenguas Modernas de la Universidad EAN
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Luis Fernando Burgos
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