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Un tema abierto a la polémica: los aportes de la investigación a la práctica educativa

No se concibe la transformación educativa sin la acción comprometida de los docentes a través de la investigación.

Noviembre 1, 2017

Durante el siglo XX ha predominado en nuestro país, una concepción epistemológica de la investigación centrada en aportes teóricos. Para esta tendencia, los investigadores elaboran reglas para la acción que, aplicadas por los docentes, pueden transformar la educación y brindarle mayor calidad.

En oposición a esta perspectiva, el desarrollo de la investigación acción incorpora a los practicantes en la indagación de los problemas de la realidad educativa. Los mismos parten de una reflexión retrospectiva sobre alguna situación problemática, originando un Plan que es prospectivo respecto a la acción y retrospectivo respecto a la reflexión inicial.

La crisis actual, nos convoca a la investigación, no como expertos que miran desde afuera las problemáticas educativas, sino incorporados en culturas docentes colaborativas que desde la reflexión sobre sus propias teorías, puedan elaborar planes de acción para la transformación y la mejora.

La simple pregunta sobre cuáles son los aportes de la investigación a la práctica educativa presenta una arista polémica porque al dejar por sentado que la investigación realiza contribuciones a la realidad estaría partiendo de dos supuestos: a) que existe la investigación educativa teórica al margen de la práctica educativa; y b) que esa investigación teórica puede realizar aportes a la práctica en forma de normas para la acción.

Nosotros vamos a desestimar estos dos supuestos a partir de un análisis de los paradigmas de la investigación educativa, para luego proponer posibilidades a la transformación y el cambio que la realidad educativa está necesitando.

Desde la Historia: La práctica se transforma desde los prácticos En la mirada histórica, ya aparecía en Dewey (1938), a principios del siglo XX, esta polémica encuadrada en una problemática más amplia. El autor discute, en pleno auge del positivismo, dos cuestiones esenciales para la Ciencia de la Educación.

En primer lugar, disiente con aquellos que no la consideran ciencia, señalando -entre otros argumentos- que muchos educadores de excelencia no han necesitado aprender pedagogía para inaugurar cambios originales.

El autor no desconoce su existencia, sin embargo, marca las limitaciones que estos talentos individuales traen aparejados para la ciudadanía común porque, al no seguir ningún sistema de registros -propios de la investigación científica-, condenan sus prácticas al individualismo, sin que nadie pueda beneficiarse posteriormente de lo que han descubierto.

Sus Éxitos nacen y mueren con ellos. Sólo el aporte de la ciencia da eficacia común a las experiencias de los genios. Las capacidades de un Newton no se destruyeron por la existencia de la ciencia; gracias a ella sus aportes se socializaron, se divulgaron y son aún reconocidos.

Argumentada la necesidad de una Ciencia de la Educación, Dewey se concentra en develar las relaciones entre los descubrimientos científicos y su posible transformación en reglas de acción para la práctica educativa.

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* Publicado bajo licencia Creative Commons-Reconocimiento-No comercial-4.0 International (CC BY-NC 4.0). 

 

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Publicación cuatrimestral del Instituto de Ciencias de la Educación para la Investigación Interdisciplinaria de la Facultad de Ciencias Humanas, UNLPam, que integra el Núcleo Básico de Revistas Científicas Argentinas.
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