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Una voz entre la confusión

Como alumna aventajada de las lecciones de la historia, la Iglesia aparece como la servidora de todos y como diligente samaritana dedicada a la curación de las heridas que la guerra ha dejado en la sociedad.

Noviembre 16, 2016

El documento de la Conferencia Episcopal sobre el proceso de paz responde a una urgencia nacional de reflexión y de propuestas que vayan más allá de las iniciativas y criterios partidistas.

Ya se ha comprobado la precariedad de los criterios que animaron las campañas del SÍ y del NO y que tras la jornada del dos de octubre dejaron al país en un estado de perplejidad, como si los esfuerzos de los últimos cuatro años hubieran sido inútiles y el país quedara condenado a reiniciar, a partir de cero, su proceso para llegar a vivir en paz.

La voz del episcopado se propone volver las voluntades al objetivo superior de la paz al interpretar los más elevados y realistas pensamientos de cuantos iniciaron la búsqueda y el reclamo de un acuerdo nacional.

Fue esta una lúcida reacción con la que se quiere dejar atrás la vieja práctica partidista que ha hecho del país un campo de batalla con dos ejércitos destinados al enfrentamiento interminable y estéril.

A ese enfrentamiento tan irracional como inútil contribuyó en el pasado la Iglesia con su adhesión al Partido Conservador y su rechazo del liberalismo, bajo una endeble apariencia doctrinal.

Hoy, como alumna aventajada de las lecciones de la historia, la Iglesia en Colombia aparece como la servidora de todos y como diligente samaritana dedicada, prioritariamente, a la curación de las heridas que la guerra ha dejado en la sociedad. Así ha ocurrido durante ese proceso: discreta y eficaz ha aplicado su actividad y recursos a la ayuda de las víctimas y a la creación de un ambiente propicio para la reconciliación.

Fiel al espíritu renovador del papa Francisco ha abierto las puertas de los templos, no tanto para invitar a los que están afuera sin para salir en su ayuda. Se ha convertido en una Iglesia en salida, que es la que hoy se prepara en las regiones designadas como zonas de concentración de los guerrilleros, para hacer sus tareas de acogida y de intermediación. Como esta, las tareas mencionadas en el documento episcopal son aportes necesarios para una sociedad que en medio del desconcierto insiste y persiste en su búsqueda de la paz, “un derecho, un deber y necesidad de todos”.

La lectura del documento muestra una Iglesia que escucha a las víctimas, que pide en nombre de todos el cese definitivo del fuego, que se compromete, que solicita y que demanda del Gobierno y del pueblo colombiano centrarse en los asuntos que tocan con la paz: la unidad de los colombianos, puesta en riesgo por el plebiscito que dividió por una causa que debía unir; pide centrarse en la defensa de la vida, de la participación política, de la solidez de la democracia, con las víctimas del narcotráfico y de la corrupción; alrededor de la crisis de la justicia y contra la impunidad.

No resulta clara, en cambio, la conexión que hace el documento episcopal de un tema como la identidad de género y la paz. El propio presidente de la Conferencia Episcopal, monseñor Augusto Castro, calificó de confuso el tema y, dijo, “no existe dentro de los acuerdos de paz”. “La ideología de género, agregó, no tiene nada que ver” (El Tiempo 16-1016, p.2). Opinión que ratificó el propio jefe negociador Humberto de la Calle, quien, al examinar el texto de los acuerdos explicó que esa conexión de la ideología de género con los acuerdos “es una maniobra para atacar el acuerdo como un todo”.

En efecto, fue evidente que esta polémica fue convertida en bandera partidista a la que pareció unirse la Iglesia, y que arrojó sobre ella la sombra de la sospecha de su regreso a la vieja equivocación partidista. Y, en este momento, cualquier sospecha de esa naturaleza le resta la credibilidad y el peso moral que la Iglesia necesita para sostener y robustecer la vocación de paz de los colombianos.

Después de la confusión y situación de limbo creada por los políticos del SÍ y del NO, la voz de los obispos aporta la serenidad, orientación y estímulo que se estaban esperando.

*Las opiniones expresadas en esta columna son responsabilidad estricta del autor.
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Diego Fernando Barragán Giraldo
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Invitó a sus estudiantes a armar pieza por pieza un rompecabezas mental cuya imagen final dejaba ver la realidad del país.