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Evaluación y convivencia: cuando el lápiz y el tono del profesor enseñan

La convivencia es uno de los grandes temas sobre los que la sociedad llama la atención al sector educativo

Septiembre 27, 2012
Evaluación y convivencia: cuando el lápiz y el tono del profesor enseñanEl primero de esos principios es que las personas cho que aportar al logro de una sociedad debemos hacer nuestras propias conexiones mentales democrática, participativa y pluralista. En para comprender los fenómenos que estudiamos.
 
Este sentido, puede enseñar el arte de vivir con otros si proceso individual ocurre en la mente de cada uno y, hace lo que mejor sabe hacer: identificar qué se debe aunque es estimulado por la interacción con otros, aprender, diseñar maneras de lograrlo y verificar su avance en ello. Por esta razón los docentes debemos emprender importantes reflexiones, estudios y análisis, para argumentar como interlocutores válidos en un diálogo que nos concierne de manera directa. Para este caso, se trata de llevar a que a sus miembros aprendan a construir una comunidad fundada en el respeto a la dignidad humana. desde luego, hay muchas cosas que se pueden aprender de los textos escolares, pero lo que nuestros niños deben descubrir mediante su experiencia diaria es que cuando las acciones que emprendemos con otros y hacia otros tienen como fin el respeto de dicha dignidad, nuestra calidad de vida mejora ostensiblemente. Los maestros estamos en capacidad de ofrecerles a los niños otras maneras de relacionarse –entre ellos y con nosotros– para que vivan esa experiencia.
 
Este texto es fruto de haber vivido en mi práctica docente lo que otros autores y colegas han dicho acerca de cómo aprendemos las personas. Esta convicción se basa en diversas disciplinas y agrupa varios principios, pero enunciaré solo dos de ellos que nos permitirán reflexionar sobre el papel de la evaluación y relacionar este ejercicio pedagógico con la convivencia escolar. La reflexión presenta como ejemplo final una manera, entre muchas posibles, que los docentes no somos el juez que determina quién sabe y quién no sabe, sino el garante de que todos aprendan, pues el derecho a la difícilmente alguien está en capacidad de hacer las conexiones que otro le indica. Sabemos que cada persona debe asimilar las experiencias nuevas de manera que tengan sentido para ella.
 
El segundo principio se basa en que hacer conexiones a partir de enfrentarnos a los temas más complejos y más centrales a las disciplinas es mucho más divertido e inspirador. Cuando partimos de nuestras propias ideas e intereses y las relacionamos con ideas nuevas que surgen de los retos, las conexiones son más estimulantes y permanecen con nosotros a lo largo de nuestras vidas. Pero entonces, ¿cuál es el papel de la evaluación si cada individuo debe construir su propio conocimiento? desde luego, se trata de que todos aprendamos con dichas conexiones aquello que en su momento las disciplinas consideren el saber válido o pertinente. No estamos hablando de que cada cual pueda construir el conocimiento que quiera porque sí, sino de que cada uno tenga el derecho de aprender lo que es aceptado como lo “correcto” en el ámbito académico, artístico, humanístico y científico. Por supuesto, la evaluación debe demostrar que dicho derecho es ejercido por cada uno de nuestros estudiantes en reconocimiento a su dignidad. Esto nos lleva de vuelta a tener presente que el conocimiento es una creación de sentido individual, estimulada por la interacción con otros y con el entorno, y que esa creación ocurre mejor cuando se trata con temas complejos, profundos y centrales.
 
Crear las condiciones para que cada uno pueda explorar y poner a prueba sus propias ideas al enfrentarse a fenómenos complejos de la manera en que lo hacen quienes generan saberes importantes en sus disciplinas, exige examinar nuestro rol de profesor y asumir la evaluación como eje del aprendizaje. Asimismo significa, claro, revisar los currículos para que estos no sean una lista de chequeo de contenidos simplificados de modo que la evaluación no se limite a un juicio sobre cuántos de esos contenidos sabe un estudiante. También, implica que la función del docente no sea la de emitir veredictos sobre quién es mal estudiante y quién es bueno, sino la de diseñar formas variadas de evaluación que conviertan el diálogo entre profesores y alumnos en una oportunidad de aprendizaje.

Lo anterior permite que nos convirtamos en constructores de currículo, estimula nuestra creatividad y honra nuestra profesión, pues apela al saber pedagógico y disciplinar para diseñar retos y situaciones difíciles –pero logrables por nuestros estudiantes–, y encontrar formas de retroalimentación significativa para ellos. Nuestro reto como docentes es verificar si las técnicas y estrategias pedagógicas que implementamos en distintos contextos conducen al aprendizaje real de nuestros estudiantes. Para esto, podemos reflexionar constantemente sobre lo que nos proponemos alcanzar –ocasionar ese aprendizaje– y lo que hacemos con ese fin. En la medida en que consigamos identificar aquello que efectivamente logra el desarrollo de nuestros estudiantes, alcanzamos nuestro desarrollo profesional, cualquiera que sea nuestro campo de acción.

Formas de evaluación diferentes a la individual y sumativa (veredicto al final del proceso de cada cual) pueden ser más acordes a esos principios, pueden promover el aprendizaje, enseñar a valorar las diferencias y fomentar la convivencia. Aprender las disciplinas, de la manera en que lo hacen quienes generan saberes trascendentes en ellas, quiere decir estar abierto a las ideas, a todas las ideas, por más que parezcan contrarias a la intuición o al saber convencional, y examinarlas de manera profunda todas, propias y ajenas, nuevas y viejas.

Estas dos actitudes clave requieren de experimentos, observaciones e indagaciones; necesitan el análisis crítico, el razonamiento a partir de evidencias y conceptos, la argumentación sólida y la comunicación efectiva. Estas habilidades demandan orientación del docente y práctica constante del estudiante.

Para desarrollar esas actitudes y habilidades en los estudiantes y promover aprendizajes complejos, los profesores podemos recurrir a variadas maneras de evaluar. Por ejemplo, el profesor diseña y controla –sí, controla– un ambiente en el que los estudiantes puedan sopesar las respuestas o soluciones que otros estudiantes dan a un problema; valorar si sus compañeros formulan preguntas importantes, con claridad y precisión; estimar si la información que reúnen es relevante para el caso y si las ideas que usan para interpretar esa información son pertinentes. Un ambiente en el que puedan poner a prueba sus conclusiones y las de los otros sometiéndolas a criterios relevantes establecidos previamente entre todos. Uno en el que también puedan reconocer y proponer alternativas, evaluar sus consecuencias prácticas y en el que, de manera muy particular, puedan decidir si el medio que usan para comunicar sus ideas es efectivo. Es decir, diseñar y controlar un ambiente en el que la exploración, el diálogo –oral y escrito– y la retroalimentación sean constantes y estén centradas en el proceso de los estudiantes. Cuando esto pasa, ellos profundizan en temas complejos, aprenden a valorar las ideas de otros –incluyendo las del profesor– y comprueban cómo estas y aquellas ensanchan las propias y los obligan a ser flexibles para poder asimilar diversas perspectivas y elaborar comprensiones más sofisticadas.

El análisis crítico, el razonamiento a partir de evidencias, la argumentación sólida y la comunicación efectiva, ocurren y son necesarios en todas las áreas del conocimiento. Existen muchos tipos de productos, tanto materiales como conceptuales, que pueden verificar el desarrollo de dichas habilidades en nuestros estudiantes. debido a que la comunicación y el lenguaje son trasversales a todas esas áreas, la escritura de textos expositivos y argumentativos se convierte en una herramienta ideal y en uno de esos productos, uno muy especial, para comprobar los aprendizajes. Por estas razones tomé la producción textual como un ejemplo, entre muchos, para ver posibilidades de evaluación formativa que le aporten a la convivencia. En el recuadro el lector encontrará otras maneras de evaluar que, además de las anteriores, quizás les ayuden a construir una comunidad incluyente, fundada en el respeto a la dignidad humana.

Como allí se expone, para que los estudiantes se sientan motivados por los mecanismos de verificación del proceso, es decir por la evaluación, tienen que percibir que esta no es arbitraria. La retroalimentación significativa –de carácter formativo– implica comentar y valorar los textos de los estudiantes a partir de criterios claros que el estudiante conozca de antemano. de hecho, es muy deseable que él haya participado en su diseño. de esta forma el docente lo reconoce como un sujeto de derechos corresponsable de su proceso de aprendizaje.

 
 
 

*Fotografía: Pablo Andrés Carvajal
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Martial Heriberto Rosado Acosta
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Sembré una semilla en la tierra de cada estudiante para que florecieran los frutos del trabajo campesino en el campo que los vio nacer