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Un acto de unión

Una maravillosa oportunidad para apoyar una organización que le está mostrando un camino al país para reconocer y fomentar la labor de los docentes.

Octubre 26, 2014

Ser jurado del Premio Compartir al Maestro ha sido un gran honor. Ha representado, también, una maravillosa oportunidad para apoyar una organización que le está mostrando un camino al país para reconocer y fomentar la labor de los docentes, así como para conocer seres humanos valiosísimos, que diariamente hacen enormes esfuerzos por mejorar la vida de los niños y jóvenes del país.

Como el proceso de selección de la Fundación Compartir es bueno, largo y riguroso, las propuestas que pasaron los filtros y llegaron a la última fase estaban todas en un nivel muy alto, de modo que la elección de una propuesta entre las ocho finalistas fue realmente difícil. De hecho, la unificación de criterios entre los miembros del jurado de cara a una decisión final fue un proceso doloroso. En el grupo -todas personas interesantes, expertas y conocedoras- habríamos querido premiar y apoyar a cada uno de esos profesores por sus fantásticas labores, pero lamentablemente debimos escoger un único ganador. En verdad, cada uno de los proyectos que escuché -en sus campos de acción, en sus áreas de saber y en sus contextos respectivos- merecía el premio. Tanto así, que todavía recuerdo todos y cada uno de ellos, con sus fortalezas, con las dificultades que enfrentan y con aún más por hacer.

Por ejemplo, el proyecto educativo de Yesid Torres, el ganador, es sorprendente. Desde aquel páramo, donde cualquiera pensaría que la educación más pertinente es aprender sobre agricultura y ganadería, este profesor le da la vuelta al destino de estos chicos y les enseña a construir robots pensados para necesidades que los estudiantes identifican. Esta es una clara reafirmación de que la educación es una oportunidad de transformar la vida de las personas y las comunidades. Pero, él no fue el único con propuestas educativas sorprendentes.

El profesor Fabio Rafael ha elaborado su propio material pedagógico para enseñar física a través de situaciones de la vida real. Dilia Mejía, de la Normal Superior de San Juan Nepomuceno (Bolívar) propone un modelo educativo para la paz y posconflicto que debería ser conocido y divulgado en todo el país. Por su parte, la profesora de Medellín, Patricia Álvarez, crea espacios de lenguaje entre el ser y el cuerpo que aportan inmensamente al desarrollo ético y las relaciones entre las personas. La huerta urbana, de Martha Cecilia Betancur, debería ser una alternativa en todas las instituciones educativas de los grandes municipios.

El profesor Alejandro Benítez, de La Mesa, enseña ciencias de una manera que debería reproducirse en otras instituciones. Él deja a un lado el modelo tradicional, en el que la ciencia se entiende como un cúmulo de conocimientos y, en cambio, los estudiantes aplican su método crítico para interrogar la realidad, revisando, reafirmando o refutando las creencias populares de la gente.

Cabe resaltar que además de estos grandes aportes en el nivel pedagógico, pude ver cómo los finalistas fueron construyendo y desarrollando una pequeña comunidad solidaria. En vez de estar compitiendo, se les veía orgullosos de estar compartiendo la final. De hecho, en el momento en que fuimos a deliberar, se juntaron y acompañaron. El día de la ceremonia los vi apoyándose, pues entre ellos casi tácitamente habían decidido que cualquiera que ganara los hacía ganadores a todos. Estar ahí me enseñó una faceta maravillosa de los educadores de nuestro país: más que una competencia fue un acto de unión en torno a la profesión.

Esta experiencia me reafirmó algo que he sabido durante años gracias a mi trabajo: que a pesar de todas las dificultades del contexto colombiano y de todas las adversidades del ejercicio profesional de la docencia, en toda Colombia, en cada uno de sus rincones, en las grandes ciudades y en los lugares más apartados, siempre habrá alguna persona poniendo su vida y su corazón para sacar la educación de los niños y los jóvenes adelante.

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Sandra Cecilia Suárez García
Gran Maestra Premio Compartir 2013
El cuerpo habla y la danza puede ser el camino para la exploración del ser y el medio para liberar las palabras que se encuentran encadenadas.