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La música tiene un gran maestro 2008, Gustavo González Palencia

Los estudiantes aprenden a interpretar diversos instrumentos como la guitarra, el violín, la gaita y los tambores, entre otros.

Enero 16, 2011
Por primera vez en la historia del Premio Compartir al Maestro se otorga el máximo galardón a un maestro de música. Gustavo González Palencia fue el primero y así debía serlo: todo un pedagogo que vibra con ella y ha construido un camino que le abre la puerta a ese maravilloso mundo y todas sus potencialidades a estudiantes de una institución pública en Bogotá.
 
Palabra Maestra: ¿Músico o profesor?
 
Gustavo González: Músico pedagogo.
P. M.: Qué quiere decir “músico pedagogo”.

G. G. Que busco un equilibrio entre lo que es la acción pedagógica y el ser músico; ni el músico va por encima de la pedagogía, ni la pedagogía encima de la música.

P. M.: Qué se gestó primero, el músico o el pedagogo.

G. G. En mi adolescencia lo que me interesaba realmente era la música, pero a los quince años ya dictaba clases de guitarra, es decir que empecé pronto a arañar esos espacios de la pedagogía, sin embargo me potencié en la Universidad Pedagógica donde estudié la carrera y fui descubriendo muchas cosas. Bueno, uno se gradúa y después empieza a moldearse como pedagogo, porque el pedagogo puede tener una visión y una metodología, pero no puede ser tan radical, se debe ir acomodando al espacio de los chicos.

P. M.: En la ceremonia de premiación, usted hizo un reconocimiento a su padre…

G. G. Sí, yo de niño escuchaba muchas cosas de la música de mi papá. La música ha existido en mí desde siempre. Creo que desde el vientre materno debe haber pasado algo. En el pueblo donde vivíamos, San Antonio, Huila, mi papá daba muchas serenatas y mi mamá lo acompañaba. Todo eso fue llenando mi espíritu como persona, como ser humano representativo del arte de la música, y crecí en ese ambiente de las serenatas, de los tríos, de las fiestas. Inicié con la guitarra de manera muy empírica.

P. M.: ¿A qué edad?

G. G. Como a los doce años comencé a curiosear la guitarra. Y es que mi aprendizaje y mi acercamiento a la música han sido más por la curiosidad. Ha sido como la miel, la música me busca. Recuerdo que en noveno grado entré a un colegio en Soacha y aunque había dos grupos, entré justamente a aquel donde estaban todos los músicos del colegio; meses más tarde intentaron cambiarme de salón, pero yo no me dejé. Desde esa época muchas cosas fueron apareciendo. Yo digo que la música me lo ha dado todo. Terminado noveno tuve la necesidad de trabajar porque mi familia no tenía presupuesto para ayudarme, así que tenía que estudiar en nocturna, pero no había cupos, así que duré cuatro meses entrando al salón de asistente y a veces me sacaban; me sacaban por la puerta y yo me metía por la ventana. Hasta que el Día del Maestro canté “El rey” y allí estaban el rector, el coordinador, mis profes; recuerdo que el coordinador me escuchó y me dijo: “puede pasar por su orden de matrícula”.

P. M.: ¿Por qué escogió estudiar pedagogía musical y no música?

G. G. Inicialmente sí pensé más en la música, de hecho tenía mi grupo y el sueño del adolescente de subirme a la tarima y ser un artista, pero eso se me fue derrumbando con los años, porque fui encontrando otras cosas que realmente eran más significativas. A la universidad entré con esa expectativa, pero en el correr de los tiempos fui descubriendo la pedagogía. Hacia cuarto semestre tuve la posibilidad de involucrarme con unas horas en la Secretaría de Educación, empecé a practicar con los chicos y aparte de las clases, iba por mi propia cuenta los sábados a trabajar con ellos, armamos grupos, coros, además jugábamos. Todo esto me parecía muy chévere, los chicos, la pedagogía, la gente agradable, los grupos. Creo que ahí fui aclarando el proyecto de vida específico de la pedagogía, me fui fortaleciendo dentro de la misma carrera porque tuve la posibilidad de encontrarme con la gente.

P. M.: ¿Cuándo comienza a gestarse la propuesta que lo hizo merecedor del premio como Gran Maestro?

G. G. Creo que se dio recién graduado cuando trabajaba en un colegio de religiososas. Empecé a chocar, hubo una crisis cuando descubrí que las metodologías tradicionales de la clase de música no generaban ningún tipo de expectativa en mis estudiantes, se aburrían, entonces dije, “no, por este lado no es”.

P. M.: Llegó a la práctica a hacer lo que le habían enseñado y…

G. G. Exacto. Hay cosas, por ejemplo, de teoría de la música, de historia, que no son llamativas para los jóvenes. El primer año fue un caos, entonces hice mi crisis y me di cuenta de que tenía que ir por otro lado. Me dije, esto debe ser como el fútbol: si le das al niño un balón el comienza a hacer 21 y feliz corre con el balón, después enséñale la teoría del fútbol. Lo importante en la música es el sonido. Por ese entonces empecé a hacer instrumentos, comencé a viajar por los pueblos, grababa, recogía, sistematizaba y empecé a trabajar con las niñas de este colegio vi que les gustaba y sonaban y todo el mundo la pasaba bueno.

P. M.: ¿Cómo se concreta la propuesta?

G. G. En 1995 tuve la oportunidad de vincularme a la Secretaría de Educación de Bogotá y dije, aquí hay que hacer lo mismo: trabajo lúdico, de acercamiento, de exploración, de folclor; ya estaba convencido de que el folclor era lo máximo. Lo único que había era un órgano viejo con tres teclas que le servían, y unas guitarras todas toteadas. Yo tenía un Fiat 147 y ahí llevaba mis tambores, mi clarinete, un parlante. Así comencé a trabajar. Un día sonamos por ahí con un bullerengue, se asomó la maestra de danza dijo “qué bonito, ¡bailemos!” Entonces comenzamos a darle más vida y la institución adquirió otra dinámica. Los papás, los niños, todos empezaron a meterse. Los chiquitos tocaban flauta, los otros tamboras, así por todo lado, eso se volvió como un alud de nieve. Y bueno, eso fue en el 95 y 96; luego fui madurando cada vez más la propuesta y buscando más materiales. Tuve la suerte de encontrar colegas que hacían resistencia, digo suerte porque cuando a uno le hacen resistencia, uno como que es más terco con las cosas; también tuve otros que me apoyaron e hicieron campañas para conseguir más materiales, porque ya habían visto resultados.

P. M.: ¿Cómo lograr que una institución educativa pública cuente con tantos instrumentos, de tal variedad y calidad?

G. G. En el 97 dijimos “esto hay que grabarlo”; monté un mezclador de 16 canales y grabé en vivo. Ahí el proyecto fue cogiendo más fuerza. Empezamos a producir impacto. En el 98 el Idep hizo una convocatoria de proyectos de investigación e innovación al que me presenté; aprobaron el mío y empezamos a crecer. Ahí empezó la gestión de instrumentos, cada vez necesitábamos más. Todo fue tocando puertas, no es que den fácil lo que uno pide, hay que mostrar resultados y hacer mucha gestión y tener mucha paciencia. El año pasado la Secretaría de Educación dio más material; tenemos instrumentos para todos los géneros: folclor, rock, música andina, conjuntos típicos que ya han ido al festival en Ovejas, Sucre, tenemos orquesta tropical que es la que ameniza los eventos de la Secretaría de Educación. Es un proyecto que viene de abajo y terminamos manejando Protools, que es el software estándar que usan los estudios profesionales a escala mundial. Tenemos buenas producciones, los chicos ya hacen toda la grabación y yo obviamente superviso y hago asesoría en la mezcla, pero el trabajo es de ellos.

P. M.: Es evidente que esta es una propuesta pedagógica recogida, sistematizada, reflexionada y organizada conceptualmente. ¿Cómo se fue dando esa construcción conceptual?

G. G. No soy fanático de los esquemas ni de los referentes conceptuales, he tomado algunos elementos de los pedagogos europeos pero he sido más vivencial, más del encuentro con la tradición oral. Aunque soy de la academia, mi práctica pedagógica se ha enriquecido fundamentalmente con la pedagogía de las regiones; de los maestros de la gaita, del maestro del acordeón, del maestro del folclor. Toda esa sabiduría que les dan a los niños, que no es solamente lo musical, sino en valores. Entonces en lugar de haber estado sumido en los libros, he estado más sumido en la vivencia. Obviamente tuve mi formación académica y tengo mis referentes y conozco las tesis de los pedagogos: Bilemes, Martenof, Orff, Alcros; todos los que le han hecho aportes a la pedagogía en su contexto, en Europa, por ejemplo. Lo que he hecho es tomar algunos conceptos, revaluarlos para fortalecer mi discurso, pero a mí realmente lo que me ha llenado y me ha guiado para la construcción de este proyecto ha sido la vivencia, han sido los mismos niños, ha sido la cotidianidad, ha sido la cultura. Porque todos estos pedagogos que han hecho aportes y documentos interesantes lo hacen porque viven su cultura, la evalúan, la transcriben y generan una experiencia. Desafortunadamente lo que nos pasa es que traemos el documento y no lo acoplamos sino que tratamos de vivenciarlo como si nuestra cultura fuera igual.

P. M.: Por qué tanto énfasis en el folclor

G. G. Yo pienso que el folclor es la esencia del trabajo musical, y lo es, las rondas y las rítmicas forman musicalmente y en valores. Por ejemplo, un niño de una región es más musical que un niño de conservatorio. Tú pones un niño que toque una gaita, un tambor, un acordeón, un arpa, que ha sido producto de esa cultura, al lado de un niño que está aprendiendo en el conservatorio violín desde chiquitico y ¿quién tiene más rítmica y más goce? El niño de la región, eso es indiscutible. De hecho pienso que esa es una de las dinámicas que falla la escuela de formación digamos en cuanto a los instrumentos clásicos, porque los niños son muy inexpresivos. A mí el trabajo y el tiempo me han enseñado que si uno presenta la música de una manera lúdica genera acercamiento de los niños hacia esto, genera criterios, proyectos de vida, afecto, amistad, goce de la música.

P. M.: ¿Cuál es ese proceso que sigue? Va a las regiones, recoge y…

G. G. Sí, yo voy a los festivales, en unos he participado, a otros voy como espectador y vivo los festivales, pero también saco mis espacios para recopilar lo de los niños directamente, la metodología, cómo les enseñan, cómo tocan, cuál es el repertorio. Grabo, traigo esos materiales, videos, grabaciones, y me siento a transcribir las rítmicas; luego me pongo a mirar cómo puedo enseñar eso más fácil, porque nuestros niños tienen otra dinámica. Por ejemplo, yo no puedo trabajar como lo hacen con los niños de la Costa porque ellos tienen otra vivencia, tienen otro contexto, por ejemplo la cumbia para nosotros es complicada porque es el manejo del contratiempo, es lo atravesado, nosotros no sentimos eso, los del interior estamos acostumbrados a una cosa más marcada. Lo que yo hago entonces es traer eso, sistematizarlo, buscarle una forma muy básica y ver cómo hacerlo digerible para nuestros niños. Con las rondas hago lo mismo, las recopilo, saco el texto y luego busco la manera de contextualizarla, de buscarle la forma para trabajarla aquí con mis niños del altiplano, pienso qué le meto, la palma, el pie aquí, el giro aquí, el giro allá...

P. M.: En pocas palabras, ¿en qué consiste tu propuesta pedagógica?

G. G. Consiste en recrear ambientes folclóricos de nuestras regiones en el aula de clase; rescatar tradiciones culturales, tradiciones orales, generar un ambiente de tradición oral donde los mismos niños se retroalimenten. Esa es la parte inicial, la exploración en el aula donde trabajamos rítmica, ronda, flauta, movimiento corporal, canto… De esa exploración pasamos en cuarto y quinto a una proyección con aquellos niños a quienes uno les ve cierto interés, no importa que no tengan facilidad, lo importante es el que les guste. Entonces, de esa primera fase de exploración, de juego con la música de las regiones, pasamos a una segunda etapa que es la potenciación, a través de unos talleres donde trabajamos otra dinámica: instrumentos urbanos. Ahí se exploran otros elementos sonoros: violines, guitarras, batería, metalófonos y vamos a un semillero.

P. M.: ¿Semilleros? ¿Es decir colectivos?

G. G. Sí. De cuarto y quinto empiezan a salir semilleros de orquestas, y ya en sexto tenemos una minisinfónica. Aunque aclaro que en tercero, que es la fase de exploración, también surgen ensambles, hay colectivos, porque lo que buscamos precisamente es colectivizar todo lo que se pueda. En cuarto también hay colectivos a su nivel.

P. M.: ¿Qué pasa de sexto en adelante?

G. G. En sexto ya hay minisinfónica que es la fase fuerte porque son los montajes depurados, porque hay más nivel, porque los niños ya están listos para las presentaciones, para las puestas en escena. Claro, hacemos puestas también de lo otro, pero los que salen del colegio son los de quinto y sexto. Ahí, comienza otra etapa donde salen también otros grupos: de música andina, los de folclor, ya es séptimo, octavo; pequeños grupos de rock también. Todo es muy lúdico; no hay pentagramas, todo es sensorial, de una manera muy libre, pero obviamente con unos parámetros, ellos saben que si en el taller de exploración van bien, pasan al otro, o si no siguen ahí. Llegamos a décimo y undécimo, donde ya hay unos chicos que tienen tan buen nivel que hacen parte la orquesta tropical, que tocan salsa, merengue, ritmos más complejos, que participan en festivales, son los que ponen la cara por la institución, y ahí empieza la producción, se meten en el estudio y empiezan a producir; hay unos que ya componen. Las niñas del ciclo complementario, por ejemplo, están grabando rondas que ya nos han compuesto y esas rondas van para tercero otra vez.

P. M.: ¿Todos los niños, todos los años tienen música?

G. G. Mi trabajo piloto es tercero, cuarto y quinto. Tercero es un trabajo del año completo con todos los niños, y en cuarto y quinto ya van los que quieren. Y de ahí para arriba los que quieren y ya hemos superado la tensión de la evaluación. Los niños hacen música no por una nota sino porque les gusta. Entonces digamos que lo obligatorio sería tercero, ahí descubrimos y potenciamos.

P. M.: ¿Cómo trabajar con tantos grupos y en grados de desarrollo diverso?

G. G. La propuesta la desarrollo con quienes fueron alumnos míos. Ellos tienen un buen nivel musical y ahora están haciendo las prácticas docentes. Entonces yo lo que hago es organizar distintos grupos por afinidades, desarrollos similares, en fin, y los voy pasando de un lado para otro. Por ejemplo, unos chiquitos que hicieron los ejercicios bien van para allá, para un grupo donde pueden potenciar sus capacidades en uno u otro asunto. Esos se los paso a mis estudiantes y yo me quedo con los flojos trabajando, esperando a ver en qué momento van a reventar, o de pronto no, porque también pasa que no arrancan, igual no todos pueden ser músicos, o disfrutar de esto, de pronto quieren es bailar o actuar o hacer otra cosa. Pero entonces el espacio está dado para que exploren.

P. M.: ¿Por qué la música en los seres humanos?

G. G. Porque es la primera cosa con la que nos estimulamos y reconocemos en el vientre materno y lo último que escuchamos cuando morimos. Hay experiencias que indican cómo personas con muerte clínica escuchan música; el oído es el último sentido que se pierde. Nos alimentamos de música; la música nos ayuda a enamorar; la música es una herramienta educativa impresionante, lo que pasa es que no lo hemos descubierto aquí en Colombia, pero en Europa sí y los japoneses saben el valor de la música, le enseñan música a los niños de preescolar que es tan importante, no para que sean músicos sino para que desarrollen el cerebro. Está comprobado que la música desarrolla el cerebro.

P. M.: ¿Por qué desarrolla el cerebro?

G. G. Hay estudios que demuestran que le ayuda al cerebro a madurar. Cuando haces ritmo, el cerebro conecta los dos hemisferios, todas las neuronas. Si un niño es tocado por la música desde chiquito su cerebro va a crecer con más posibilidades en la parte de su estructura y en su autoestima. La música es maravillosa. Construye seres humanos, fíjense cómo incluso marca las formas de ser de las personas, un metalero, por ejemplo, se viste de determinada manera, habla de cierta forma, actúa en el mundo distinto a otro, por ejemplo a uno que escucha reggae, a otro que escucha hardcore.

P. M.: ¿Para qué ser gran maestro?

G. G. Para mí es el reconocimiento a muchos años de trabajo. He sido una persona apasionada, convencida de que lo que estaba haciendo estaba bien, pero este Premio le permite ver a uno que sí, que va por el camino que es. Pero es también la oportunidad de que el arte sea reconocido. Compartir mi experiencia a escala nacional es, para mí, compartir un sueño, abrir una ventana para a ver si mejoran en Colombia las políticas de educación artística. Tuve la posibilidad de estar en el Plan Sectorial de Educación y sí, está muy bueno, pero el arte queda por allá escondido. La educación artística tiene que ganar protagonismo y yo espero que este premio sirva para eso: para que vuelva la música al preescolar y que en los colegios oficiales vuelva el maestro de música que en primaria ya no hay; en primaria es vital el maestro de música. Y si yo puedo hablar para que esto cambie, si mi palabra sirve para que esto de pronto se abra, pues lo seguiré haciendo.


Música con disfrute y sentido

Luz Helena Peñaranda López

Maestra Ilustre 2005
Docente de música en Centrabilitar, Bucaramanga

Gustavo González Palencia, Gran Maestro 2008, ha sabido conjugar el goce y la disciplina en el trabajo musical que desarrolla. Para él, un aplauso de mi parte y un agradecimiento grande por representar a todos aquellos docentes que hemos encontrado en la música y en la pedagogía de esta la razón de nuestro existir.

Como dijera Willems, el inicio de la educación musical debe partir de la sensorialidad del ser humano “tocado por la música”. Y es que el estudiante será lo que escuche y descubra a través de su vivencia, por eso el mejor ambiente para introducirse en el mundo de la música, es aquel enriquecido por un proyecto donde puede conocer, manipular, tocar su cuerpo como un primer instrumento que le servirá para continuar con otros. Este proceso le llevará a un segundo nivel: “la afectividad auditiva”, porque solamente puede interesarnos, gustarnos, aquello de lo que tenemos conciencia; solo es posible elegir de una manera honesta cuando hemos podido conocer una gama de posibilidades. De aquí hasta llegar al tercer campo, el de la inteligencia auditiva, se habrá recorrido un camino lleno de sentido. Entonces, sistematizar todo lo que tenemos dentro, será un proceso natural.

Muchos de los elementos de la propuesta de nuestro Gran Maestro 2008 apuntan a esto, a realizar una práctica donde el goce personal de hacer música sea siempre el centro de la actividad, donde proceso y montaje musical siempre van de la mano, donde el estudiante siempre encuentra sentido y aplicación al trabajo realizado en cada clase, en cada ensayo. Solamente así podrá ser realidad aquello que afirma el mismo Gustavo: "La música crea disciplina, edifica y forma, y eso se extiende a todas las áreas del aprendizaje”.Gracias Gustavo, gracias Gran Maestro 2008.

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Martial Heriberto Rosado Acosta
Gran Maestro Premio Compartir 2004
Sembré una semilla en la tierra de cada estudiante para que florecieran los frutos del trabajo campesino en el campo que los vio nacer