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Construir en la diferencia

Gracias a su padre pudo descubrir, a muy temprana edad, que las diferencias son la materia prima para la construcción de ideas.

Mayo 25, 2015

Mis primeros recuerdos de las cátedras “de a pie”  son de cuando tenía seis años. Era un maestro peripatético. Nos enseñó mientras caminaba, como los viejos filósofos del Areópago.  Hablaba de historia, de personajes de la comarca, de las guerras mundiales, de Inglaterra y de Francia, de los celtas y de los incas, de los árabes, los chinos, los judíos  y los griegos.  Él convertía un teorema geométrico en una aventura. Llenaba una lección de geografía con exploradores europeos, comerciantes, piratas y filibusteros. Recorrimos así las montañas que miran a Cali, hablando de aritmética y gramática, de mujeres impactantes y músicos audaces, de los amigos honestos que creían en Dios y del primo  Ramiro Guerrero,  que no creía, y era inmensamente honesto.

Pensaba que el problema colombiano era la educación y que nada había más grande que lo que hacían los maestros. Y convirtió su casa en la primera escuela de sus cinco hijos y sus dos hijas,  y de los primos y de los amigos y amigas que llegaban de paso.

La mesa del comedor, durante el almuerzo, era su salón de clase. La plataforma cotidiana de los debates de todas las ideas. Él había terminado por establecer, casi imperceptiblemente, unas reglas de juego para este ejercicio pedagógico: el respeto por la opinión del otro, la exclusión del chisme, la seriedad en datos e interpretaciones, y la consistencia de cada uno con su conciencia. Se hablaba de todo. De deporte y de salud, de cine y de música, de países lejanos y corregimientos vecinos, de libros científicos y de novelas, de teología y filosofía, del origen del mundo y de la composición de la materia, de física y de genética, de política y economía, de religión y de espiritualidad,  de las cosas que traían los periódicos, y de los logros y problemas familiares. Los diálogos estaban mezclados con anécdotas, consejos y, de pronto con cuentos de humor.

A veces el debate alcanzaba confrontaciones tenaces y choques emocionales. Él nos mantuvo unidos, para construir en la diferencia. Un día lo confronté  a fondo, delante de amigos que habían llegado a la discusión de la mesa. Cuando todos se fueron, me acerqué a pedirle perdón por haberlo contradicho. Me dijo con una paz impresionante  que había hecho bien en defender mi punto de vista frente al suyo.

Por eso, al escribir sobre los maestros que me marcaron en la vida tengo que empezar por él, mi profesor de a pie, el mejor compañero de mi aventura ética e intelectual: Gustavo de Roux, mi padre. 

Francisco De Roux

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Fabián Moisés Padilla De la Cerda
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