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El amor al oficio y a la soledad

Mozart, Bob Dylan, la poesía inglesa, Virginia Woolf, Marcel Proust, lord Byron,  los picnics en el campo; en definitiva, factores que caracterizaron una forma de enseñar sin enseñar, en la que el lazo de la admiración mutua e ingenua  fortalecieron, en Luis Luna Matiz, el amor a lo bello,el respeto por el oficio y el respeto por la soledad.

Mayo 6, 2015

Si Freda Sargent leyera esto, seguramente diría: “How ridiculous”, respondiendo a ese carácter austero, poco indulgente y a veces demasiado autocrítico que la caracteriza.

Pero, paradójicamente, debo decir que la mejor maestra que he tenido ha sido ella, si por maestra hablamos de esa persona que enseña por su estilo de vida.  Digo maestra, de manera contradictoria, porque nunca recuerdo haber tomado una clase formal con ella. Lo nuestro era más bien una amistad  con mezcla de admiración ingenua, en los tiempos en que yo era estudiante de medicina y ella una pintora respetada por un selecto grupo de intelectuales y  pintores (Manolo Vellojín, Carlos Granada, Feliza Bursztyn, Alicia Baráibar, Alonso Garcés), quienes me llevaron a escucharla sobre su amor por Mozart, Bob Dylan, la poesía inglesa, Virginia Woolf, Marcel Proust, lord Byron,  los picnics en el campo, su gusto por la comida mediterránea y su juicio sobre la gente. Ella tenía un universo de ideas y opiniones que me enseñaron los valores de lo cotidiano, lo austero, el amor por la naturaleza, la fascinación por las cosas en las que nadie más se fija.

Con ella intercambiamos  conocimientos de psicoanálisis (vía Simón Brainsky)  con los libros que le enviaban de Inglaterra sobre arte y psicoanálisis de Peter Fuller, y otros temas que borraban las fronteras entre el  arte y la vida.  Con ella aprendí a  nunca tomar muy en serio los éxitos. Habiendo estado rodeada de gente como sir Kenneth Clark, Lucien Freud, Yoko Ono, Cornelius Cardew, su marido Alejandro Obregón y el grupo de Barranquilla, siempre tenía una actitud muy inglesa de  ambivalencia, de desapego y altivez,  de desprecio y, al mismo tiempo, de fascinación por la fama y el reconocimiento social.

Todo la remitía finalmente a su intimidad, que es lo que más valoraba en la época en que la conocí; a sus muebles pintados por ella misma, comprados con orgullo en el pasaje Rivas;  a la chimenea, a los vinos chilenos y a los Pielroja que prendía con una estaca encendida en la  fogata. A Freda le debo el amor a lo bello, en el sentido amplio y vital de la palabra, el respeto por el oficio y el respeto por la soledad.

Luis Luna

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Henry Alberto Berrio Zapata
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