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Igualdad de género desde el campo boyacense

La equidad de género y las actividades agrícolas no son premisas mutuamente excluyentes. A través de la educación, es posible empoderar a las mujeres del campo.

Marzo 6, 2016

La consecución de la igualdad entre los sexos en los sistemas educativos es una lucha de muchos años. Diferentes actores sociales han aunado esfuerzos para consolidar frentes, que utilizan como poderoso argumento los derechos humanos y el trabajo, para conseguir que la educación para todas y todos priorice la igualdad entre los géneros.

Si consideramos esta temática desde el contexto educativo, las acciones tomadas deben ir enfocadas a apoyar la igualdad y combatir la discriminación derivada de prácticas sociales y malas condiciones económicas, pero debe ser incluyente y desarrollada en todos los contextos: urbanos, rurales, indígenas, etc.

Hace un par de semanas estuve en el departamento de Boyacá, conociendo un par de experiencias enfocadas a este tema e implementadas en el sector rural. Para contextualizarnos, el departamento de Boyacá está ubicado en el centro oriente del país a sólo 149.7 kilómetros de Bogotá. Es uno de los departamentos con una alta participación en el abastecimiento alimentario de Bogotá, ya que cuenta con 23.189 km² de superficie y una población de 1’405.112 habitantes.

A esto habría que añadir que, en muchas zonas del país, las mujeres del campo han sido las mayores víctimas del conflicto armado, tanto por el despojo, como por la violencia simbólica, política o sexual que ha provocado que les falten oportunidades para la realización de un proyecto de vida, aunque muchas de ellas hayan logrado niveles de educación a veces más altos que los de los mismos hombres de sus sectores.

A esto habría que añadir que, en muchas zonas del país, las mujeres del campo han sido las mayores víctimas del conflicto armado, tanto por el despojo, como por la violencia simbólica, política o sexual que ha provocado que les falten oportunidades para la realización de un proyecto de vida, aunque muchas de ellas hayan logrado niveles de educación a veces más altos que los de los mismos hombres de sus sectores.

Es por esto que, entidades como OXFAM, Planeta Paz y la Fundación San Isidro, llevan años promoviendo los derechos de las mujeres para que se constituyan en un eje transversal de todo el trabajo realizado y que se ha caracterizado por espacios de capacitación en temas de género y familia, con actividades tan simples, pero tan significativas como encuentros de parejas con el objetivo de transformar el machismo y los roles tradicionales de género.

Una de las estrategias desarrolladas en el marco de la promoción de derechos de las mujeres, ha sido énfasis en el empoderamiento económico de la mujer desde la participación por medio de la organización y la realización de los Mercados Campesinos, con el interés de promover el ingreso propio de las mujeres, así como impulsar y/o fortalecer procesos organizativos de las productoras.  Este trabajo se multiplica en las instituciones educativas de los municipios donde se desarrolla esta propuesta con talleres y espacios de formación artística y cultural.

De allí, que muchas de estas mujeres hayan logrado romper mitos machistas y sean quienes lideren muchos de los procesos agrícolas de sus regiones, marcadas en esta época, por los problemas y falencias de agua, convirtiéndose en ejemplo para muchas de sus hijas y sobretodo en cuidadoras de las tradiciones y defensoras de sus territorios. “Soñamos que la gente de la región no se vaya para las ciudades grandes”.

La segunda experiencia es liderada por jóvenes estudiantes de los colegios oficiales de Tuta (Boyacá), quienes han conformado un movimiento juvenil que está buscando abrirse espacios en su comunidad como constructores de paz y agentes de cambio positivo en el medio ambiente. La gran mayoría viven cerca a la vereda El Alizal, en el municipio de Tuta, Boyacá, donde está ubicada una de las sedes de la institución educativa El Cruce. Ahí, cada 15 días se encuentran con un profesor que los orienta en como diseñar y proponer soluciones ambientales que beneficien a la comunidad, políticas que beneficien a los jóvenes (en las elecciones de octubre pasado participaron en varios foros con los candidatos a la alcaldía de su municipio), así como buscar espacios de formación que no los desligue de sus raíces ni de sus tradiciones.

De allí, que muchas de estas mujeres hayan logrado romper mitos machistas y sean quienes lideren muchos de los procesos agrícolas de sus regiones, marcadas en esta época, por los problemas y falencias de agua, convirtiéndose en ejemplo para muchas de sus hijas y sobretodo en cuidadoras de las tradiciones y defensoras de sus territorios. “Soñamos que la gente de la región no se vaya para las ciudades grandes”.

Lo hacen simplemente por servicio, como una forma de devolverles algo a esas personas que “los enseñaron a hablar” y, sobre todo, con las ganas de no irse del campo y dejar perder un espacio tan rico en vida, enseñanzas y experiencias significativas. 

Luego de conocer estas experiencias no dejo de sentir lástima  por nosotros los autollamados “citadinos”, porque muchas veces por vivir pegados a un teléfono o un chat, pensando en la moda y tantas bobadas que no son tan trascendentales, nos olvidamos de la gente que hace mucho por nosotros, no cuidamos el medio ambiente  y sin querer queriendo estamos afectando a muchos y sobretodo porque de una u otra forma empujamos a la gente a venirse al espejismo de la ciudad.

Hace un par de días leí algo que me llamo mucho la atención: “en la zona cafetera rifan motos entre quienes se inscriban para la cosecha, así vuelven al campo”. En hora buena por esas mujeres y jóvenes rurales.

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Aurora Garay
Rectora Ilustre 2016
Solo cuando nos arriesgamos a comunicar nuestra experiencia y a socializar nuestros saberes estamos visibilizando el universo de dificultades, logros y riquezas que se gestan en nuestra realidad