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Mis verdaderos maestros

fueron sus padres quienes con amor y paciencia no solo la educaron bien, sino que además la llenaron de valores fundamentales que le permitieron, más adelante, convertirse en una persona que ha luchado incansablemente por el bienestar de muchos colombianos.

Mayo 15, 2015

Los mejores recuerdos de mi niñez y adolescencia están ligados a mi hogar y al Colegio de la Presentación de las Hermanas de la Caridad de Neiva, ciudad donde nací y crecí.

De mis primeros años de colegio recuerdo con especial afecto a la hermana Teresa del Niño Jesús y a la madre Abigaíl, quienes con amorosa paciencia nos enseñaban, y las tardes en que mi madre o mi padre me ayudaban con las tareas.

Al reflexionar  e intentar escribir sobre el maestro que hubiera dejado huella en mi vida, veo claramente que mis verdaderos maestros fueron mi padre y mi madre. Mis maestros en todo el sentido y significado de la palabra.

Con mis padres aprendí el amor a la lectura, leyendo cuentos infantiles, aprendiendo versos que recitábamos juntos y dibujando después lo que más me gustaba del cuento.  Con verdadero énfasis mi padre me inculcaba la ortografía, con ejemplos, con redacción, haciendo planas.  Con él repetía cantando las tablas de aritmética.  Me enseñó mis primeras nociones de historia y a localizar en los mapas los países, las ciudades, los ríos, las montañas.  Y aprendí a escuchar a Mozart, a Beethoven, a Chopin, a Chaikovski.

Y lo más importante: cada día me daban ejemplo de amor y servicio a los pobres. Visitábamos el hospital y les llevabamos regalos a los enfermos. Obsequiábamos mercaditos a personas necesitadas.  Me hacían regalar a niños pobres la ropa y los juguetes que yo misma usaba.

Mi madre me enseñaba a curar y cuidar a los niños con alguna lesión, y a tratar con afecto y respeto a los mayores. Ella me enseñó a coser, haciéndoles vestiditos a las muñecas. Me enseñó a cuidar el aseo y el orden en la casa.  A disfrutar de preparar las comidas.  En Navidad, elaborábamos juntas un gran pesebre, construyendo las casitas, los árboles, las cercas, y cantábamos villancicos y coplas.  Rezábamos el rosario.

Todas esas pequeñas y amorosas enseñanzas dejan marcas indelebles. Sin lugar a dudas, los padres pueden y deben ser los mejores maestros de sus hijos, fundamentalmente sembrando y afianzando en ellos valores que determinen su mejor futuro y los orienten a servir al país y a la comunidad.

Nydia Quintero De Balcázar

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